Es prácticamente imposible atravesar días difíciles, inciertos o dolorosos sin que algo en nuestro interior se remueva. Y, de hecho, si nada nos afectara, quizás sería una señal preocupante de que algo no está funcionando como debería en nuestro corazón.
Cada persona enfrenta las crisis de manera distinta. Algunos reaccionan desde lo práctico, buscando soluciones inmediatas. Otros se aferran a sus convicciones espirituales, intentando entender el propósito mayor en medio del caos.
Algunos miran la historia para encontrar sentido, mientras que otros se vuelcan en cuidar y sostener a quienes sufren.
Y precisamente ahí quiero detenerme. Porque hay quienes no solo están procesando el dolor… sino acompañándolo de cerca.
Personalmente, estoy pasando unos días francamente difíciles al estar al lado de un ser querido que padece una enfermedad grave, aparentemente incurable ( sólo Dios conoce los destinos).
Acompañar a alguien que, humanamente hablando, tiene los días contados, remueve todo: produce angustia, inseguridad, tristeza… y una sensación constante de fragilidad que cuesta describir con palabras.
En esos momentos, uno entiende que no hay teoría que valga. Que no todo se puede explicar. Que hay dolores que simplemente se atraviesan… y se lloran.
Y, aun así, seguimos adelante. Porque, aunque respondamos de formas diferentes al sufrimiento, hay algo que todos compartimos: nadie es inmune al impacto interior que provocan estos tiempos. Nadie sale intacto.
Sin embargo, vivimos en una cultura que muchas veces nos empuja a aparentar que estamos bien. A fingir que no pasa nada…
Hemos aprendido —erróneamente— que mostrar vulnerabilidad es debilidad, que expresar tristeza es falta de fe o de carácter. Pero eso no es verdad. Negar lo que sentimos no nos hace más fuertes, nos hace menos humanos.
Quizás una de las cosas más sanadoras que podemos hacer hoy es esta: ser honestos.
Honestos con nuestro dolor, con nuestras dudas, con nuestras preguntas sin respuesta. Porque lo más probable es que las personas que nos rodean estén luchando con lo mismo… en silencio.
Y están esperando que alguien abra la puerta a la autenticidad para abrirse ellos también y dejar de fingir.
Ahí es donde empieza la verdadera comunidad. Ahí es donde el amor se vuelve tangible.
Aprender a decir “no estoy bien” no es rendirse. Es, en realidad, un acto de valentía. Es reconocer que necesitamos a otros… y que, sobre todo, necesitamos a un Dios cercano, renovador y trascendente, como nos describe la Biblia.
Y en medio de todo esto, hay una esperanza que no depende de nuestras emociones cambiantes. La Palabra de Dios nos recuerda: “Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu.” (Salmo 34:18)
Esa es nuestra ancla. Dios no se aleja en el dolor. Se acerca. Permanece. Sostiene. Perdona. Redime. Abraza y sana el dolor.
Aunque no estemos bien… no estamos solos.
Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.
