Crecí en una sociedad profundamente marcada por el nacionalcatolicismo, donde cultura y religiosidad estaban estrechamente ligadas a la influencia política del franquismo.
En ese contexto, la diversidad religiosa era prácticamente inexistente en el ámbito educativo y social. Durante mis años escolares, al menos en mi clase, fui el único alumno protestante. Es decir, el diferente.
Para un niño en proceso de formación emocional y de construcción de identidad, esa diferencia no es un detalle menor. Supone, por un lado, una experiencia de exclusión y, por otro, una lucha constante por encontrar un lugar propio.
En mi caso, ese desafío se vio parcialmente compensado por un entorno familiar sólido. Mis padres y abuelos crearon un espacio de aceptación y afecto que resultó decisivo.
Gracias a ellos, crecí con la convicción de que ser protestante no me hacía menos cristiano, sino distinto.
En medio de un entorno social y religioso poco receptivo, hubo excepciones. Pocas, pero significativas. Algunos docentes mostraron una actitud abierta y comprensiva hacia mi situación.
Entre ellos destaca especialmente un profesor de mediados de los años sesenta del siglo pasado, José, quien impartía “Formación del Espíritu Nacional” —una asignatura clave en la educación ideológica de la época— además de Educación Física.
Más allá de los contenidos que enseñaba, su verdadero valor residía en su trato humano. José supo ver más allá de etiquetas y diferencias. Su actitud hacia mí fue inclusiva, respetuosa y cercana, algo poco habitual en aquel contexto.
No se limitó a tolerar mi singularidad; la integró con naturalidad. Su forma de relacionarse, basada en la empatía y el respeto, tuvo un impacto profundo en un adolescente que buscaba su lugar.
Esa influencia no se limitó al ámbito escolar. Años después, durante el servicio militar obligatorio, habiendo terminado mis estudios de teología, volvió a mostrar su apoyo en un momento en el que fui cuestionado de nuevo, por mi condición religiosa.
Su respaldo entonces confirmó que su compromiso no era circunstancial, sino genuino.
Historias como esta ponen de relieve el papel fundamental que pueden desempeñar los educadores.
Más allá de los programas académicos o los discursos institucionales, son las actitudes y los gestos concretos los que dejan huella. Un profesor puede contribuir a la exclusión o, por el contrario, convertirse en un referente que acompañe y fortalezca.
Hoy, en un contexto social distinto pero polarizado, la necesidad de figuras que promuevan el respeto, la tolerancia y la convivencia sigue siendo urgente.
La influencia positiva —discreta pero firme— continúa siendo una herramienta poderosa para contrarrestar la división y fomentar sociedades más inclusivas en la diversidad.
En este punto, la experiencia personal y la convicción espiritual terminan encontrándose. Porque cuando hablamos de influencia, de ejemplo y de vida coherente, inevitablemente surge una referencia que ha marcado a millones de personas a lo largo de la historia: Jesús.
Para quienes nos identificamos como cristianos, su forma de vivir —centrada en el respeto, la dignidad y el amor hacia los demás— no es solo una idea, sino una guía práctica.
Desde esa perspectiva, figuras como mi profesor José adquieren aún más valor.
Sin discursos grandilocuentes, sin necesidad de imponer, encarnó en lo cotidiano muchos de esos principios: respeto al diferente, cercanía real y compromiso auténtico. Su vida fue, en pequeño, un reflejo de esa influencia mayor que sigue inspirando a tantos.
José, aquel maestro de mi adolescencia, que todavía tengo contacto, dejó en mí una huella imborrable. Su manera de actuar, incluso a contracorriente del contexto en el que vivía, fue una lección práctica de coherencia y humanidad.
Hoy, aunque el escenario social es muy distinto, la polarización sigue siendo una realidad evidente.
Quizá por eso, más que nunca, hacen falta personas que acompañen, orienten y aporten esperanza. Mentores capaces de escuchar, de comprender y de ayudar a otros a encontrar sentido en medio de la incertidumbre.
Porque, al final, todos —en mayor o menor medida— buscamos lo mismo: saber quiénes somos, por qué estamos aquí y cómo podemos vivir de una manera que tenga sentido el mensaje cristiano tan valioso que tenemos.
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