Cuando el poder quiere ser dios

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

Cuando el poder quiere ser dios
Cuando el poder quiere ser dios

Por encima de la propaganda, la solemnidad y la estética del poder, la libertad de un ciudadano empieza donde termina la genuflexión.

La tentación del ser humano de ocupar el lugar de Dios no pertenece solo al ámbito religioso. Es una constante histórica, política y cultural.

Desde el relato del Génesis —cuando la serpiente promete al hombre que «será como Dios»— hasta los modernos cultos a la personalidad, la pulsión es la misma: elevarse por encima de todos, reclamar una autoridad sin límites y presentarse como elegido, vaya el nuevo Mesías.

Ni la cultura, ni la inteligencia, ni los avances tecnológicos nos han hecho necesariamente mejores personas. En demasiadas ocasiones solo han perfeccionado nuestros mecanismos de vanidad.

La tecnología no ha corregido la soberbia: la ha amplificado, la ha estetizado y la ha puesto al servicio de nuevas liturgias del ego.

Esta semana volví a comprobarlo al ver una imagen generada por inteligencia artificial que rozaba la blasfemia social, política y religiosa : una especie de fresco seudobarroco, recargado de una estética religiosa y kitsch, donde un presidente aparecía vestido con túnica roja y blanca, con la mano resplandeciente apoyada sobre la frente de un hombre afligido, rodeado de figuras en actitud reverencial y coronado por una luz radiante que sugería aprobación divina.

La escena no retrataba fe, sino propaganda. No evocaba trascendencia, sino narcisismo. Era la representación visual de un viejo delirio humano: el deseo de ser venerado.

Quienes se creen mesías suelen despertar, antes o después, la reacción más saludable de una sociedad libre: la mofa, el sarcasmo, la risa. Y no es casual.

El narcisismo del poder necesita adoración porque busca usurpar un espacio sagrado. La reverencia es su savia; los elogios, el aire que respira. No tolera que nadie le contradiga, no admite la tos de la crítica, exige asentimiento permanente.

Sin embargo, tras esa fachada de confianza suele esconderse una fragilidad inmensa. El líder que se presenta como invulnerable depende, en realidad, de una dieta continua de aplausos. Vive de la adulación.

Cuando no la recibe, se frustra; cuando la crítica irrumpe, responde con ira; cuando la burla se extiende, se descompone.

Por eso el ridículo es su kryptonita. No hay mecanismo más práctico y eficaz para desactivar la escenografía del narcisista que la risa pública.

El autoritario vive de la solemnidad, del gesto grandioso, de la imagen diseñada para provocar temor y fascinación.

El humor lo devuelve a la escala humana. Le arranca el disfraz de semidiós y lo muestra en su desnudez más vulnerable: la de alguien que necesita ser admirado para sostenerse.

En términos prácticos, ridiculizar el narcisismo del poder significa no colaborar con su teatro. No repetir sus consignas como dogmas.

No compartir su iconografía como si fuera sagrada. No participar en la liturgia de la reverencia. Una viñeta, una caricatura, un comentario irónico o una carcajada colectiva pueden hacer más por la salud democrática que cien discursos inflamados.

La historia demuestra que quienes han pretendido ser dioses rara vez se conforman con servir a la sociedad , sino quieren ser servidos de ella.

Organizan guerras, desatan conflictos y buscan dejar su nombre grabado en la piedra de la historia, para bien o para mal.

Algunos llegaron a decir : “la historia me juzgará”, convencidos de representar un destino superior. Más de uno se creyó un elegido y se entregó al espejismo de pensar que el juicio de la posteridad justificaría sus excesos de poder.

Frente a esas figuras —sean líderes mundiales o pequeñas tiranías domésticas— conviene recordar una forma elemental de resistencia: negarse a besar el anillo, a la genuflexión.

No inclinarse ante el nuevo César. No obedecer órdenes que exigen sumisión moral, emocional o espiritual.

La enseñanza sigue siendo vigente, incluso en clave secular: “No se puede servir a dos señores”. Toda democracia sana obliga a elegir entre la conciencia y el culto al líder.

Y junto a ello permanece otra frontera decisiva: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Traducido a nuestro tiempo: el poder político administra, pero no salva; gobierna, pero no redime; dirige, pero no merece adoración.

La única forma digna de plantar cara, como ciudadanos de a pie, a quienes quieren ocupar el lugar de Dios es conservar la lucidez y la alegría.

Seguir riendo, seguir desmontando la solemnidad impostada, seguir señalando el artificio. Porque mientras una sociedad conserve la libertad de reírse del poder, ese poder jamás debe de ser absoluto.

Ahí reside una de las formas más profundas de la libertad humana que Dios nos ha dado: la alegría serena de quien no se arrodilla ante los dioses actuales y solo reconoce la soberanía del Eterno.

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