Hace muchos años comenzó la auténtica Pascua, cuando Jesús se encaminó con decisión y tensión hacia el Gólgota. Mientras subía a Jerusalén con sus pocos discípulos, llegó la hora de la verdad.
Aquellos que le acompañaban no entendían nada de lo que estaba pasando. Esa subida, ese viaje, es símbolo de nuestros propios recorridos: un modelo de cómo es el camino de la vida.
Ninguno de los que le acompañaban podía imaginar que sus palabras proféticas, pronunciadas tiempo atrás, se harían ahora realidad.
Como nosotros, que a menudo no entendemos el misterio de la vida ni el alcance de las palabras y la obra de Jesús en días tan marcados por la violencia en el mundo.
Mirar hacia la Semana de Pasión puede provocar una sensación de orfandad. Al recordar aquel acontecimiento de hace dos mil años y contrastarlo con lo que hoy hacemos del mensaje de Jesús en el cristianismo, cualquier parecido con aquella historia resulta, cuanto menos, extraño.
Este es un camino peligroso de transitar y un terreno difícil de pisar. La mala noticia es que no hay respuestas fáciles si uno se sitúa ante la Semana de Pasión sin saber qué hacer o qué creer; no hay soluciones mágicas que disipen de golpe las dudas, la confusión o la mezcla de influencias que a veces desdibujan el mensaje original de Jesús.
La buena noticia es que la única respuesta posible es comenzar este tiempo tal y como uno es: sin fingimientos, sin filtros, entendiendo que la sinceridad es suficiente.
Este camino de búsqueda de sentido, vivido con transparencia, puede llevar de nuevo a un lugar de autenticidad y de conexión con la persona del crucificado.
Y para encontrar esa conexión no es necesario ser más religioso ni adoptar ritos que nunca formaron parte de la propia vida. Basta con ser uno mismo, incluso en la intimidad del anonimato, en un espacio de silencio, de reflexión o de oración.
Sin escenografías, sin ruido, sin artificios.Esto no va de apariencias, sino de autenticidad; no de representar un papel ni de ofrecer una versión idealizada de uno mismo, sino de asumir la propia verdad con honestidad.
Se trata de confiar en que Dios es lo bastante grande como para acoger esa verdad.
Dios sigue siendo Dios, incluso cuando no somos capaces de percibirlo; del mismo modo que confiamos en que el sol sigue brillando en su lugar, aunque todo parezca oscuro.
Descansar en esa idea puede ofrecer consuelo, sea cual sea la situación personal, las dudas o las pérdidas que acompañan este camino hacia la Pascua.
Por eso, más allá de fórmulas o tradiciones, quizá el gesto más honesto en Semana de Pasión sea detenerse y expresar lo que realmente hay dentro: preguntas sin respuestas, reconocer lo que duele y valorar lo que se tiene y aceptar la miseria que llevamos dentro.
Hacer de la honestidad el acto más profundo puede ser, en sí mismo, el inicio de algo nuevo en esta Pascua cercana .
Y, como en cualquier tramo del camino, ser genuino y auténtico —sin postureo ni artificio— puede ser suficiente. Para muchos, esa sencillez sigue encontrando en Jesús de Nazaret la referencia de vida, de consuelo, de sentido, de salvación .
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