Me pregunto si soy yo, o si es este país, la sociedad, Europa, Occidente, quienes hemos perdido la cabeza. Si la COVID nos ha afectado a todos de forma irreversible y ni siquiera nos damos cuenta de la deriva que estamos tomando.
En cuanto al mundo, se ha roto el orden mundial que durante décadas mantenía cierto equilibrio. Pero también se ha roto a nivel personal, en proporciones descomunales, y esta ruptura individual trae como consecuencia que las decisiones en los niveles más elevados también queden afectadas.
Últimamente siento que algo se ha quebrado en el ser humano, algo mucho más profundo que la contradicción entre el bien y el mal.
Pensaba —iluso de mí— que la ciencia, la tecnología y la religión nos cambiarían , pero ninguna de las tres lo está consiguiendo.
Vamos de mal en peor… más violencia de género, más maldad, más racismo, más mentiras y más engaño, comenzando por los cercanos y terminando por los lejanos.
Cada día tengo que dejar conversaciones con personas en las que antes confiaba para recibir sabiduría, compasión y consejo cabal, y ahora no las reconozco. Es más, dudo de mí mismo.
Este desorden personal me aparta de supuestos amigos, compañeros, familiares y vecinos con quienes compartía cierta afinidad, que me hacían sentir en casa, y ahora me siento como un marciano.
Observo el desfile interminable de horrores y decisiones que se toman a pequeña, mediana o gran escala mundial, mientras leo los periódicos y escucho noticias desde que despierto antes de tiempo hasta los largos momentos nocturnos, preguntándome si todo lo que estamos viviendo es real.
Por otra parte, hay tantas personas que parecen no inmutarse en absoluto y viven como si todo esto que nos pasa fuera normal; personas que parecen ignorar por completo la tormenta de proporciones catastróficas que está entrando en el panorama personal, nacional e internacional.
Al mismo tiempo hay una pregunta que da vueltas en mi mente cientos de veces al día: ¿soy yo, eres tú o es gran parte de la humanidad la que está perdiendo la cabeza? No eres tú, ni soy yo.
El hecho de ver lo podrido que está todo significa que las facultades están intactas, que la mente está sana y que el corazón funciona como debe.
Es la confirmación de que el alma sigue cumpliendo su propósito: mantenernos humanos en tiempos inhumanos. Mantener viva la inquietud sagrada de la conciencia en el centro del ser nos hace resistir la marea entumecedora de apatía que nos amenaza.
Esta semana, cuando el mundo cristiano está en la Cuaresma, el recuerdo del camino de Jesús hacia el Calvario, pienso que más que nunca necesitamos el modelo de un nuevo estilo de vida, no religioso sino vigoroso y real, porque la religión no ha sido metamórfica.
La relación con el Maestro y Salvador es la que convence de que no estás loco, ni vives una paranoia, ni tampoco exageras, ni eres estúpido, y además no estás solo.
Conocer a Jesús no de forma cultural o litúrgica, sino por medio de una experiencia personal de caminar con Él, te lleva a un cambio de paradigma real.
Mary Oliver pregunta: “Dime, ¿qué planeas hacer con tu única y salvaje vida?”. En este tiempo de locos, nos iría bien hacernos una pregunta similar: “¿Qué deseas hacer con la preciosa vida de Jesús?”.
Tienes una vida única que vivir y una historia que elegir, nueva, un capítulo que puedes comenzar a escribir. Elijamos la historia de la vida.
“Señor, en medio del ruido y la confusión, guarda mi mente lúcida y mi corazón despierto. Cuando el caos quiera arrastrarme a la apatía o al miedo, afírmame en tu verdad. Dame discernimiento para reconocer el bien, valentía para practicarlo y humildad para caminar cada día contigo. Que mi vida refleje tu luz en tiempos oscuros.”
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