“Estuve desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí…De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” Evangelio de Mateo (25, 36-40)
La medicina más curativa en mi enfermedad de cáncer fue la cercanía de mi esposa.
Sus desvelos, las miradas apropiadas en los momentos oportunos, los silencios necesarios cargados de cariño, las lágrimas disimuladas que intuía habían corrido por su rostro, las palabras justas que daban ánimo en las profundidades de mi ser, las caricias con su mano suave que me hacían sentir valioso y aceptado, e incluso las ausencias necesarias para tomar aire fresco y respirar fuera del ambiente de enfermedad en el que estábamos sumergidos.
Hizo realidad, una vez más, la promesa de estar conmigo “en la salud y en la enfermedad”. Es una belleza indescriptible.
El complemento perfecto a su cuidado fue tener a mis hijos, Eunice y Ximo, a mi lado: vivir su cercanía, sentir su amor, escuchar sus palabras, recibir cada día tiempo de calidad y en cantidad.
Los paseos junto al mar, en la montaña o simplemente la capacidad de distraerme de todo lo que implicaba el proceso de la enfermedad y los tratamientos agresivos fueron para mi espíritu una fuente de energía, alivio en la tristeza y ungüento sanador para mis heridas.
Mis hijos, junto a sus cónyuges Vero y Hugo, dieron todo lo que tenían para hacer más fácil la travesía por el valle, añadiendo además el regalo de mis nietos. Supremo amor hecho realidad.
Tampoco puedo olvidar a un pequeño grupo de personas cercanas que sabían darme la dosis adecuada para animar a mi espíritu decaído. Fueron viento fresco en las largas noches de insomnio y confirmaron el valor de la amistad verdadera, que se puede contar con los dedos de una mano.
Recuerdo el abrazo entre lágrimas de un amigo, sin una palabra. Ese gesto fue más potente que todos los discursos del mundo.
Saber estar al lado de un enfermo es un arte. Reconozco que no todas las visitas eran de mi agrado. Las que ofrecían recetas perfectas o soluciones mágicas me hundían en la tristeza.
Quienes relataban su propio cáncer o enfermedad sin sensibilidad no aportaban empatía. Incluso algunas oraciones sonaban vacías y me hacían sentir parte de una religión más que de una relación viva con el Dios en quien confiaba.
No puedo dejar de mencionar el acompañamiento de médicos cercanos y humanos, cuyas palabras, miradas y gestos me fortalecían incluso cuando no traían buenas noticias.
Tampoco al personal sanitario, cuya profesionalidad y ternura transmitían algo que hoy se denomina “buenas vibraciones”, y que no es más que la percepción del espíritu con el que cada persona entra en una habitación.
Reconozco que no es nada fácil acompañar a alguien que sufre una enfermedad larga. El enfermo, por lo general, tiende a sentirse una carga para quienes le rodean.
Por eso, los cuidadores también deben ser atendidos y cuidados, para sostener un estado de ánimo que les será imprescindible. La presencia de un ser humano junto a otro es necesaria.
Estar con quien está enfermo, cuidarle no solo físicamente sino también emocional y espiritualmente, es una expresión profunda de humanidad. Para quienes creen, es además seguir los pasos de Jesús, que buscaba a los enfermos, estaba con ellos y los sanaba.
Ese ejemplo es motivación suficiente para transmitir confianza, ánimo y espiritualidad a quienes atraviesan la enfermedad. Cuidar al enfermo es, de algún modo, cargar con la cruz: no solo como signo de sacrificio, sino como proclamación de que la muerte no tiene la última palabra y que siempre hay horizonte de alba.
La dedicación sana; el cuidado renueva; el amor transforma. Todo desde la propia fragilidad humana, sabiendo que nadie es perfecto.
Reconocer nuestra fragilidad y reconciliarnos con ella —después de años luchando por aparentar fuerza, perfección y control— nos hace más auténticos. Volver cada día a la cruz, mirarla sin evasiones, es recordar que la vulnerabilidad compartida puede convertirse en esperanza.
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