Entre el dolor y la fe

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Entre el dolor y la fe
Entre el dolor y la fe

El 4 de febrero se celebró el día internacional del cáncer.

Para los que esta enfermedad no les ha tocado de cerca, ven lejano el resultado del azote. Para los que hemos sufrido las consecuencias del cáncer en nuestras propias carnes y lo hemos superado, cada jornada es una gran celebración de victoria sobre el cáncer. Para los que han sufrido recientemente la muerte de familiares y amigos, es un duelo difícil de gestionar.

Estas últimas semanas varias personas cercanas a mí han muerto jóvenes de esta enfermedad , otros están luchando aliándose con los tratamientos, y una amiga recién termina de saber de que su enfermedad es cáncer.

¿Qué diremos ante estas cosas que nos suceden? ¿Cómo respondemos ante el dolor? Es necesario hablar de lo que nos pasa y es malo, porque la enfermedad y la muerte amenazan la salud física y la salud espiritual: la fe en el amor y el poder de Dios.

La oración, la confianza en Su voluntad y la esperanza en la vida eterna son recursos que fortalecen el corazón y la mente cuando todo parece perdido.

La enfermedad forma parte de la experiencia humana y para muchos es incomprensible; es más, dicen que es injusta. Y puedo comprender esta actitud, cuando la vida es solamente una experiencia de supervivencia en el aquí y ahora y no tiene trascendencia de eternidad espiritual.

Pero cuando la mirada se eleva hacia Dios, incluso el sufrimiento adquiere un sentido profundo, porque cada incomprensión puede acercarnos más a Él.

El cáncer y otras crisis amenazan nuestra existencia, e incluso la fe en Dios. En mi experiencia personal con ocho años de sufrimiento, jamás me pregunté “¿por qué?”, sino “¿para qué?”.

Y es cierto que no quería sufrir, que me sentí devastado con los largos tratamientos de quimio e inmunoterapia, que el dolor era insoportable por las noches, que perdí sensibilidad en las piernas, manos y labios; pero a pesar de las circunstancias, la mirada la tuve en el cielo, más allá de las estrellas, al final del firmamento, y en el trayecto de esa mirada, Dios estaba y está presente.

La fe nos enseña que Él está con nosotros en cada momento, incluso cuando no podemos verlo ni entenderlo.

La fe verdadera en Dios no espera a tener problemas para buscarle. Tampoco espera resultados visibles, ni soluciones inmediatas. La fe conoce el carácter de Dios, conoce al autor de la fe, habla con Él, se enfada con Él, llora y ríe y camina sabiendo que le importo a Dios.

La oración constante, la meditación en Su Palabra son medios para sostener esta fe, incluso en los momentos más oscuros.

Muchos esperan milagritos, soluciones rápidas en la familia, en la salud, en las finanzas, en los problemas diarios y no llega la respuesta, porque eso no es fe ni esperanza; es creencia de feria, de tómbola, de suerte.

Hay pensadores que escriben que hoy vivimos una noche oscura colectiva, que ya no es posible creer en Dios, que el silencio de Dios es una señal clara de su inexistencia. El silencio de Dios es la gran incógnita. La pregunta del mal y la enfermedad sigue sin respuesta.

Pero eso no significa que Él se desentienda, sino más bien —y eso es la fe— que nos mira silenciosa y amorosamente, sosteniendo nuestro dolor y dándonos fuerzas para continuar.

Como dijo C.S. Lewis: “Dios nos da la dificultad para que descubramos la fuerza que no sabíamos que teníamos.”

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