Hay días que la realidad nos sacude sin pedir permiso. La conmoción y la tristeza nos embargan el alma.
Más de cuarenta personas han perdido la vida y cientos han resultado heridas tras el choque de dos trenes de alta velocidad ocurridohace unos días en las cercanías de Adamuz, Córdoba. Historias reales truncadas de golpe. Ilusiones rotas. Vidas que ya no volverán a ser las mismas.
La tragedia adquiere un tinte casi simbólico cuando recordamos que, hace exactamente 49 años, otro accidente ferroviario en Granville (Australia) se cobró la vida de 84 personas en un mismo 18 de enero .
Y, apenas dos días después, Cataluña vuelve a sufrir otro siniestro ferroviario provocado por lluvias torrenciales, con al menos dos víctimas mortales. El dolor parece viajar sin fronteras y es como si la fragilidad humana nos recordara, una vez más, que todos nuestros planes se rompen en segundos.
En medio del desastre, el pueblo de Adamuz ha dado una lección inolvidable de humanidad y de entre los escombros han sacado fuerzas.
Sin dudarlo, sus vecinos se volcaron en ayudar a los heridos y a los equipos de emergencia. Historias de solidaridad, empatía y servicio desinteresado han aflorado con fuerza.
En la necesidad, muchas veces, sacamos lo mejor de nosotros mismos: dejamos a un lado prejuicios, divisiones y enfrentamientos para mostrar una cara más humana, cercana y generosa. La pregunta incómoda es por qué no lo hacemos también en los días normales.
Mientras se investigan las causas del siniestro, ya comienzan a surgir ataques políticos que intentan sacar rédito incluso del dolor ajeno.
Tal vez sea momento de algo más elemental y sencillo: enterrar a los muertos con dignidad, cuidar a los vivos y acompañar a quienes están en shock, esperando noticias de los desaparecidos y tratando de recomponer una vida que ha quedado hecha añicos.
También aparecen reacciones espirituales muy distintas. Algunos, en su rabia, atacan la fe cristiana y cuestionan a Dios. Otros se enfadan con Él. Y, sin embargo, confieso que solo desde una visión trascendente, con propósito y esperanza, se puede comprender la vida en su totalidad.
Es difícil ver la acción de Dios en medio de la tragedia, sobre todo si nunca se le ha conocido o si se vive una fe superficial, más cultural que viva.
Yo sé que sin una mirada y vivencia trascendente la experiencia humana se vuelve absurda y más cuando llega el golpe. La Fe Cristiana no explica todas nuestras preguntas, pero sostiene cuando todo descarrila.
Hay muchas aplicaciones que podemos aprender de esta desgracia y voy a extraer solamente algunas.
Primera de este choque de trenes la aprendí de uno de los supervivientes que lo dijo mejor que nadie : “Hay que disfrutar de las pequeñas cosas de cada día, porque nunca sabes cuándo llegará tu último día”. Jesús ya lo dijo con sencillez y profundidad: “No os afanéis por vuestra vida… basta a cada día su propio afán”. Vivir hoy. Amar hoy. Perdonar hoy. Construir hoy. Bendecir hoy.
La segunda lección es sencilla y al mismo tiempo exigente; practicar la bondad en lo cotidiano, no solo en las grandes catástrofes hay que ser humano .
La solidaridad que hemos visto en Adamuz —como en la DANA de Valencia— debería ser una actitud permanente. Vivamos la parte más amable de nosotros mismos y dejemos a un lado la acidez, la sospecha y el desprecio.
Como escribió Pablo: “Todo lo verdadero, todo lo justo, todo lo amable… en esto pensad”. Adamuz nos ha dado una lección que deberíamos de aprender sin necesidad de grandes tragedias.
La tercera lección es que todos, en algún momento, vivimos nuestro propio “choque de trenes”: un conflicto familiar, una ruptura, una enfermedad, una pérdida, una crisis económica o emocional. No será noticia, no sale en los telediarios pero lo vivimos como tal y nos deja muy heridos.
Saber gestionar el día a día es esencial, porque —como dice Jesús— “en el mundo tendréis aflicción”. Vivir con sentido es la única forma de atravesar esos momentos sin rompernos del todo.
Cuando se vive una fe sólida y no una mera tradición religiosa, las crisis, los desgarros, las enfermedades e incluso la muerte adquieren una perspectiva de eternidad. No eliminan el dolor, pero lo iluminan con esperanza.
Como escribió C. S. Lewis:“Dios nos susurra en el placer, nos habla en la conciencia y nos grita en el dolor: es su megáfono para despertar a un mundo sordo”.
Quizás esta tragedia nos esté pidiendo eso: que despertemos. Que no vivamos sedados.
Que esta tragedia no solo nos deje lágrimas, sino también humanidad, fe viva y compromiso con el bien. Que no esperemos al próximo choque de trenes para ser mejores personas o para reaccionar . Porque la pregunta no es si habrá más descarrilamientos, la pregunta es cómo quiero vivir antes de que llegue el mío.
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