Han pasado 25 años desde el comienzo del milenio dos mil; llenos de progreso y desafíos, de avances y retrocesos, de ciencia y tradición, de reflexión y ruido, de fe y secularización, de guerra y paz.
En este cuarto de siglo, la humanidad ha sido testigo de transformaciones profundas. Hemos visto la expansión de Internet y la digitalización de la vida cotidiana; la llegada de los smartphones y la revolución de las redes sociales; avances médicos extraordinarios, terapias innovadoras contra el cáncer, incluida la inmunoterápia que personalmente me salvó la vida, y vacunas históricas como la desarrollada contra la COVID-19 en tiempo récord, aunque muchos todavía se resistan a aceptarlas.
Se ha explorado los confines del universo y de nuestro propio planeta: rovers en Marte, telescopios espaciales revelando galaxias lejanas, y descubrimientos de exoplanetas que nos hacen replantear nuestro lugar en el cosmos.
Pensamos que somos los reyes del mambo, pero en realidad no somos absolutamente nada, y al mismo tiempo, somos mucho: seres capaces de admirar la grandeza de la Creación, de amar, de aprender y de transformar el mundo con nuestra fe y nuestras acciones.
En el ámbito social y político, hemos sido testigos de cambios significativos: movimientos por los derechos humanos y la igualdad, debates intensos sobre el cambio climático y la transición hacia energías renovables —una tarea que aún enfrenta desafíos—, así como conflictos que nos recuerdan la fragilidad de la paz mundial y la paz familiar .
A pesar de los avances, la humanidad sigue enfrentando conflictos antiguos: desigualdad, migraciones, guerras y dilemas éticos sobre los límites de la ciencia.
Ciencia, tecnología y cultura avanzan, pero los valores y la fe continúan siendo nuestra brújula.
Veinticinco años de un viaje entre la fe y la razón, entre la pasión y la reflexión. Nos han enseñado que el futuro no es una línea recta, sino un camino lleno de giros inesperados.
Nuestra tarea, como personas de fe, es mirar hacia adelante con valentía, compasión y sabiduría, construyendo sociedades donde la humanidad y la ciencia caminen de la mano mirando al cielo .
Este cuarto de siglo nos recuerda que cada descubrimiento, cada deseo y cada gesto cuentan. Que lo más importante es no perder nunca la esperanza ni la capacidad de maravillarnos ante el misterio de la vida tan preciosa.
En medio de la incertidumbre de cada día, recordamos que Dios guía nuestros pasos. Los desafíos, logros y caídas forman parte de un plan maestro admirable, que invita a confiar, a seguir adelante con fe y a vivir con propósito, conscientes de que nuestra vida trasciende lo inmediato.
Que estos 25 años nos inspiren a ser portadores de reconciliación , llamados a amar, servir y dejar una huella de bondad en cada acción.
Al entrar en 2026, nos encontramos ante un año lleno de sorpresas y oportunidades con sus retos. Es un momento para mantener la ilusión, confiar en nuestras capacidades y acompañarnos mutuamente unos a los otros dejando las espadas en la vaina.
Una invitación a cuidar nuestro planeta, actuar con responsabilidad y apoyar todos los seres humanos sin discriminación , a quienes más lo necesitan, fomentando la justicia y la solidaridad.
Que cada día sea una oportunidad para crecer como personas, vivir con intención y gratitud, y enfrentar el día a día con valentía y confianza. Que podamos acercarnos a los demás, generar entendimiento y aportar respuestas a nuestras vidas y en las de quienes nos rodean.
En este 2026, recuerda que cada gesto, palabra o decisión marca la diferencia. Con apertura y compromiso, puedes transformar los obstáculos en oportunidades y la rutina diaria en un espacio de progreso maravilloso de alegría.
Y lo que cuenta no es hacer grades cosas en la vida, sino pequeñas acciones pero sinceras y llenas de verdad con un corazón agradecido. “La verdadera vida es aquella que se siente.” — Pablo d’Ors.
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