La luz no se celebra: se enciende

La luz no se celebra: se enciende
La luz no se celebra: se enciende

Las calles del corazón de la ciudad se han engalanado para celebrar el Día de la Luz. Con exquisitez y buen gusto, la decoración con velas sobre las aceras y la iluminación tenue han creado un ambiente entrañable.

Cientos de pequeñas llamas brillan en medio de la penumbra. Miles de personas caminan sonrientes en una noche de invierno que invita a disfrutar del bello ambiente navideño.

En la Glorieta, un grupo de visitantes angloparlantes canta a pesar de su avanzada edad, llevando un rayo de luz en la oscuridad de la noche. Sobre ellos, la luna se levanta ufana en medio de la bocana del puerto y hace un guiño a quienes alzan la vista.

La plaza, coronada por un impresionante árbol adornado con pequeñas bombillas, ilumina los muros del castillo y la historia que estos guardan. Un piano en el centro no deja de sonar, acompañado por muchas manos que esta noche también regalan luz a quienes se agrupan para escuchar cada una de las piezas.

Como colofón, Vicent interpreta el “Vell Montgó” de forma magistral y entrañable, creando un espacio inclusivo.

Luz delante de la casa del pueblo, luz frente a la iglesia, luz en el rincón escondido, en el mercado central, en el callejón, luz ante la historia, en los comercios… pequeñas llamas por todas partes.

Pero todas están afuera, cuando quizá la necesitamos dentro: en las personas, en las instituciones, en las oscuridades de la vida .

En el mercadillo y en las calles, los saludos amistosos invitaban a sonreír a cercanos y lejanos, un reencuentro lleno de afecto, de sonrisas y también de preocupaciones. Una invitación a decirnos mutuamente: felices fiestas, Bon Nadal.

Me fijé en el túnel del refugio de la guerra, tan cerca de todo el bullicio iluminado y, sin embargo, tan oscuro. Parecía un símbolo de lo que ocurre en quienes buscan refugio en mensajes profundos de esperanza y los encuentran apagados, convertidos en zonas áridas.

Reconozco que el espíritu de la Navidad parece lejos de estas celebraciones seculares, incluso de toda esta luz, y que el mensaje y la figura de Jesús no se perciben ya en las calles de mi ciudad ni en muchas otras del mundo.

Tal vez sea porque quienes nos consideramos cristianos —y lo confesamos con sana alegría— somos cada vez menos. Tal vez porque la luz de Jesús la hemos apagado ante la sociedad y se vive solo en la intimidad, volviéndose algo irrelevante.

Tal vez quienes nos llamamos cristianos somos responsables de que se celebre una Navidad sin Dios, porque hemos reducido un mensaje poderoso a una experiencia insípida, emocional, eclesiástica pero no práctica ni transformadora.

Sin embargo, la Navidad enseña que ha llegado el tiempo de dejar los lamentos y entrar en la esperanza; salir de las quejas, porque también hay júbilo; de cesar la guerra y recorrer el camino de la paz; de huir de la división y convertirnos en portadores de unidad; de no promover más confusión y proclamar salvación.

Aquel niño de Belén , pobre, emigrante, humano y divino, fue Maestro, Salvador y Señor, y culminó su propósito: ser luz para las gente que camina en el túnel de la oscuridad. No de forma meramente simbólica , sino real, porque iluminó con perdón, amabilidad, cercanía, sanación, restauración y una mirada profunda comprometida hacia el alma herida.

La luz no se celebra: se enciende. Y cada persona decide si la deja fuera, o quiere tenerla dentro.

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