Mundo Violento. Pasar a los enemigos a la edad de la piedra

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

Mundo Violento. Pasar a los enemigos a la edad de la piedra
Mundo Violento. Pasar a los enemigos a la edad de la piedra

En un mundo con tanta violencia, la apuesta de los cristianos por la paz debe ser radical.

Nos ha tocado vivir en un mundo, en una época en nuestro aquí y nuestro ahora, época en la que, ya pasado la primera cuarta parte del Siglo XXI, en el que podemos observar guerras que no solo se muestran en las contiendas de Irán o de Ucrania, sino que, en nuestro planeta hoy, se oyen voces de muchos que aluden o prevén la hipótesis de una nueva guerra mundial —en donde se alude también al miedo del mundo a las armas nucleares — que Dios quiera que no llegue nunca a realizarse —.

Trump ha hablado incluso de pasar a sus enemigos de contienda a la “edad de la piedra”, y, realmente, en una catástrofe nuclear mundial muchos países podrán caer en situaciones tan trágicas como a la que alude esa maldita frase amenazante.

El mundo sería un desastre en donde predominara la muerte, el miedo, el hambre y la miseria. Por tanto, cristiano, apuesta por la paz. En nuestro mundo, en nuestro aquí y nuestro ahora.

Muchos cristianos, a veces, refugiados en nuestras iglesias y cómodos con una espiritualidad poco comprometida con las problemáticas y violencias del mundo, preferimos pensar en la paz espiritual quizás siguiendo la preciosa frase de Jesús “mi paz os dejo, mi paz os doy”, pero, sin duda alguna, la construcción de la paz en el mundo es también tarea del hombre como colaborador del mismo Dios, sin dejar de valorar la paz de Dios en nuestras vidas.

Así es, hermanos. No podemos estar disfrutando de cierta paz interior insolidaria en la iglesia mientras damos la espalda a la paz concreta en el mundo que los creyentes, junto al resto de la humanidad, debemos estar construyendo como consecuencia del amor al prójimo. Construir la paz es un deber de projimidad.

Sí. Un deber de projimidad que está muy en relación con el mandamiento de buscar justicia para los oprimidos y vulnerables, porque un mundo sin justicia es siempre un mundo sin paz.

El deber de projimidad nos lleva a hacer justicia a los agraviados y excluidos del mundo y, a su vez, a la búsqueda de justicia. Esto ya es una colaboración en busca de la paz en el mundo.

La injusticia: un potente freno para la paz en nuestra tierra, un fuerte stop para la paz entre los hombres. Si el hombre optara siempre por lo justo, la paz se abriría camino en el mundo.

Pregunta: ¿Qué es lo que genera la injusticia como semilla de violencia? La injusticia genera pobreza, desequilibrios económicos y un desigual y terrible desigual reparto de las riquezas del mundo que debería ser para todos en un plano de cierta igualdad.

La injusticia genera odios entre los pueblos, torturas, terrorismos, opresiones, despojos de los más débiles, guerras, exclusión de los vulnerables y conculcaciones de los más elementales derechos humanos.

La injusticia impide la reconciliación entre los hombres. Los hombres, los pueblos y las naciones que trabajan por la justicia, están trabajando también por la paz en el mundo, por la reconciliación entre las personas.

La Biblia clama por justicia, pero muchas veces une la justicia a la misericordia, dando como resultado una justicia misericordiosa que debería reinar en un mundo en paz.

La búsqueda de la justicia y la paz en el mundo dan como resultado la reconciliación entre los hombres, pero también se puede decir a la inversa: la reconciliación genera justicia y paz. Por eso yo creo que los cristianos pueden ser agentes del Reino para acercar la paz, la justicia y la reconciliación en un mundo injusto, desigual y cruel.

La voz de los cristianos buscando y promoviendo estos conceptos podrían ser un gran revulsivo para el mundo. Quizás, entonces, la paz que nos deja el Señor, la paz que Él nos da, podría comenzar a sentirse con más fuerza en nuestros corazones.

No se puede tener la paz del Señor en nuestras vidas si damos la espalda al prójimo sufriente, a los que sufren violencias, opresiones, guerras y hambres.

El corazón del creyente tiene que ser sensible a todas estas situaciones y eso debe cambiar sus estilos de vida y sus prioridades siguiendo las líneas bíblicas en compromiso total con el prójimo sufriente.

Entonces, ¿cuál es el origen de las guerras y de los odios entre los hombres? ¿Por qué no deberíamos pensar en pasar a un pueblo a la edad de la piedra?

La Biblia tiene la respuesta. Cuando en nuestras mentes resuena la afirmación bíblica de que antes de todo, incluso antes de ollar los atrios de los templos, nos reconciliemos con nuestro hermano, pensemos en ello.

Sin embargo, el odio, la falta de reconciliación, las guerras y las contiendas vienen cuando en nuestras mentes surgen las ideas cainitas: “No sé. ¿Soy yo, acaso, el guarda de mi hermano?”.

Por tanto, la paz también está en relación con el concepto de projimidad, con la idea clave en la Biblia y en la enseñanza de Jesús de amar al prójimo como a nosotros mismos.

Nunca debemos dar la espalda al hermano que sufre, al prójimo que sufre violencia. Ahí estaría la ausencia tanto de paz espiritual como de paz en el mundo.

No claméis por la paz si estáis lejos de la práctica de la projimidad, si vuestras vidas están alejadas de la idea bíblica de buscar justicia y misericordia, si estáis de espaldas al dolor de los hombres buscando solamente los goces espirituales.

Estos goces no van a llegar hasta que nos demos cuenta del gran compromiso que la espiritualidad cristiana exige de aquellos que dicen seguir al Maestro, a Jesús, que anduvo por la tierra haciendo bienes.

Hay que imitar al Dios de paz que se refleja en la figura de Jesús quien siempre apuesta claramente por las ideas de justicia, reconciliación entre los hombres y por una fe activa que trabaja incansablemente a través del amor.

La paz en el mundo también depende de ti y de mi con la ayuda y compañía del Señor, con la compañía de los valores bíblicos. Antes de crear violencia contra alguien hasta pensar en mandar un pueblo a la edad de la piedra, pensemos en la posibilidad de crear un mundo justo como semilla de una tierra en paz.

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