El pecado de los orgullos eclesiales

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El pecado de los orgullos eclesiales
El pecado de los orgullos eclesiales

Insistimos sobre la oración del desprecio y es que muchas veces, cuando tenemos que relacionarnos con cristianos de diferentes confesiones religiosas para escuchar algunos de sus discursos, de sus vivencias de la espiritualidad cristiana o de sus experiencias de vida en el servicio o en defensa de la justicia en el mudo o de otros tremas como pueden ser los oprimidos o los apaleados de la historia a quienes nosotros estamos dando la espalda a su grito, podemos caer en el orgullo eclesial de que eso ocurre porque no tienen las alturas espirituales que nosotros tenemos e, incluso, podemos decir “gracias, Señor, porque yo no soy como ellos”.

La oración del desprecio, tema que ya he escrito a veces sobre ello.

El problema puede agudizarse aún más cuando el otro, el que creemos que es diferentes e inferior a nosotros que practicamos una espiritualidad más alta, se da también con hermanos de la misma confesión religiosa a los que creemos un tanto errados porque ni siquiera oran con la fuerza espiritual con la que nosotros oramos.

Al final está el riesgo: El del pecado de los orgullos espirituales que nos enaltecen hasta el punto de dar gracias a Dios por nuestro estado espiritual más alto y supremo. No somos como los otros que viven en una oscuridad superior a la nuestra.

El ejemplo máximo en la Biblia se da entre dos personas orantes: el fariseo y el publicano. Dos oraciones que si se analizan pueden transmitirnos unas enseñanzas que podrían derribar todo tipo de orgullo espiritual que acaba en el desprecio al hermano.

El caso de la oración el fariseo se puede dar en aquellos que sienten un especial orgullo de pertenencia a una iglesia que no solo la creen envidiable, sino la mejor, la perfecta. ¡Cuidado!

Como cristianos debemos tener mucho cuidado al compararnos con otros, no sea que se vaya a dar una oración de juicio al otro, una apreciación muy negativa y casi condenatoria del que consideramos espiritualmente inferior a nosotros aunque intente seguir al Maestro.

Sin embargo, la oración del publicano es la oración del pecador que se siente despreciado, humillado ante Dios reconociendo su vulnerabilidad y su pequeñez, reconociendo que no es digno y llegando a darse golpes en el pecho pidiendo piedad ante su Señor que es perdonador.

Aunque este hombre humillado está en la línea espiritual correcta, a veces tiene que aguantar el que alguien que se considera más puro que él espiritualmente le restriegue en pleno rostro la oración del desprecio: “Gracias, Señor como no soy como éste”.

Debemos tener cuidado, porque hay veces en las que no llegamos a pronunciar la oración del desprecio, pero quizás la llevamos impresa en nuestros corazones.

A lo largo de la historia de la humanidad y, lógicamente, a lo largo de la historia de las religiones, incluido el tiempo de Jesús, siempre han existido religiosos que creyéndose en líneas de espiritualidad de mayor pureza, considerándose más puros de forma impropia, han manchado las iglesias y las han cubierto de un manto negro de impureza inigualable.

No creo que en nuestros días esto sea una excepción y hay que estar llamando continuamente a ser cuidadosos con el juicio que hagamos al hermano, aunque éste sea de otra confesión religiosa o de otra iglesia a la que consideramos menos pura que la nuestra.

La oración del desprecio a veces nos ronda despiadadamente y es usada por Satanás para avergonzarnos y expulsarnos del camino del amor cristiano.

Hay veces que, desde nuestra supuesta pureza, queremos sumergir al otro en un negro túnel o foco de oscuridad en el que mora el pecado.

No nos corresponde a nosotros los cristianos ese juicio y, menos aún, ese tipo de castigo que emana del orgullo que hay en el fondo de nuestros corazones.

Tengamos mucho cuidado al construir nuestros círculos de pureza si es que se hacen de forma excluyente y despectiva del otro, del que no solo consideramos diferente sino errado, hereje, farsante u otros adjetivos que quizás ni hemos pensado ni hemos valorado desde la humildad.

Jesús rechazó a muchos que creyéndose sanos y puros pensaban que ellos no necesitaban médico, ni siquiera al médico divino.

El cristiano siempre debe optar por el amor incluso al diferente, a la vez que debe pensar que el prójimo que ama a Dios y que es capaz de golpearse el pecho, reconociendo ante Dios que es pecador, no es siempre menos puro que otros que se autojustifican dando la espalda al hermano y que, aunque miremos al cielo con ansias de victoria, aunque, a veces, nuestras oraciones no pasen del techo de nuestras iglesias.

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