Pregunta: ¿En cuánto pensaría hoy el profeta Amós que se pueden vender a los descalzos del mundo? ¡Qué curioso! En su momento él dijo que se vendían por un par de zapatos.
Sin duda que hoy hay pobres en el mundo sin zapatos arrastrando sus pies cubiertos con cualquier suciedad o, simplemente, con los pies desnudos y con callos en las plantas de sus pies. ¿Por cuánto se venden?
¿Hay descalzos en España? ¿Hay personas tan empobrecidas e injustamente tratadas en nuestros entornos que los integrados enriquecidos los venderían hoy por un par de zapatos?
Estamos acostumbrados a ver a políticos, empresarios, hombres de negocios, no sé si también jueces o magistrados que se venden, pero no por un par de zapatos. Sus precios son más altos.
El poder ser vendido por los integrados y enriquecidos de este mundo por un par de zapatos es un “privilegio” de los empobrecidos y abusados de la tierra.
Triste mundo, mundo desigual en donde muchos venden a los pobres, los explotan y a muchísimos los dejan en la total exclusión social en donde ya ni siquiera tienen el privilegio de encontrar un trabajo en el que lo exploten para dar de comer s sus hijos.
Son los excluidos de los bienes de la tierra. ¡Terribles desigualdades ayer y hoy en el mundo en donde muchos llamados cristianos permanecen mudos sin clamar por justicia y si practicar la misericordia!
Vender a los pobres por un par de zapatos era una triste realidad en los tiempos del profeta Amós. Hoy, pasado tanto tiempo, esto no es nada nuevo. Estas ventas indignas se unen al llanto de Amós.
El mundo no ha cambiado tanto. Hay muchos con los pies helados, magullados, enfermos y heridos, mientras que otros poseen en sus vestidores zapatos, botas, sandalias de lujo hasta extremos llamativos e insolidarios para con los descalzos de la tierra.
Clamor del profeta Amós: “Vendieron al pobre por un par de zapatos”. ¡Hay tantas formas de poder vender a un pobre para beneficio de los poderosos de la tierra! Tiempos bíblicos, tiempos actuales. Qué poco ha cambiado el mundo.
Pregunta: ¿Serían capaces nuestros pastores o líderes de hacer hoy denuncias tan fuertes como las hizo el profeta Amós y, sin duda, el resto de los profetas? ¿Es que hemos destruido por comodidad y búsqueda de goces celestiales todas las líneas proféticas a las que se une Jesús también con su misión profética?
Hoy escasean desde nuestros púlpitos los mensajes duros y radicales al estilo bíblico y en contra de los que, además de abusar de los pobres de la tierra y venderlos indignamente, poseen múltiples zapatos, usando este término zapato en este caso como parte de tantos y tantos artículos de lujo que algunos tienen, mientras se pasean ante los descalzos de la tierra.
¡Bien por los profetas! ¡Bien por el texto bíblico! ¡Bien para los creyentes comprometidos que no pueden dar la espalda ante el grito de los descalzos de nuestra historia!
¡Qué pena que hay tan pocos mensajes y tan pocas voces evangelizadoras que se unen a la protesta, a la denuncia y a la radicalidad bíblica! ¿Qué hemos del cristianismo con respecto al prójimo, con respecto a la idea de projimidad que se muestra en toda la Biblia y que culmina con la enseñanza de Jesús de amar al prójimo como a nosotros mismos y en semejanza con el amor al mismo Dios?
¡Cuántos vendidos a favor de los enriquecidos de la tierra! ¡Qué poca pasión por la búsqueda de la justicia y por la práctica de la misericordia en nuestras iglesias, en el mundo!
¡Cómo van a llegar nuestras alabanzas al cielo con tanta carga de indignidad en un mundo cruel en la que muchos creyentes no apuestan por ser las manos, los pies y la voz de Jesús en medio de un mundo de dolor!
¿Cómo sería hoy el hecho de oír predicaciones con la radicalidad y el compromiso bíblico sobre textos como éstos? Textos que escuchamos poco: “Vendieron al pobre por un par de zapatos”. “Pisotean en el polvo de la tierra las cabezas de los desvalidos, y tuercen el camino de los humildes”. “Sé que afligís al justo, y recibís cohecho, y en los tribunales hacéis perder la causa de los pobres”.
¿Sonaría bien el mensaje comprometido con los descalzos de nuestro mundo desde nuestros púlpitos hoy? ¿Podríamos aceptar esa radicalidad en el seguimiento al Maestro que anduvo por la tierra haciendo bienes? ¿Miraríamos nosotros para otro lado para no escuchar el grito de los sufrientes de la tierra?
Ojalá que la iglesia pueda denunciar a los que venden a los pobres por un par de zapatos, de los que venden a los descalzos, a los de los pies fríos y machacados por la dureza de los caminos de injusticia a los que se ven lanzados.
¡Qué difícil es ser una iglesia o un creyente que denuncia a los opresores, a los injustamente enriquecidos, a los que de forma indigna venden a los pobres!
Sí, es duro. Pero recordemos las palabras del Maestro que dice a los que le siguen en compromiso: “Mi yugo es fácil y ligera mi carga”.
No descafeinemos al cristianismo. No solo lo consideremos un camino para recibir prebendas y bendiciones. La espiritualidad cristiana demanda algo más y hay que vivirla en servicio y compromiso total.
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