Hoy, sin duda, tanto los cristianos en su ámbito individual, como la iglesia como institución, están siendo provocados por muy grandes desafíos en el mundo ante el cual no deberían estar silentes.
Es verdad que es más cómodo sentirse bien y estar cómodo con la acogida que tenemos de la iglesia en donde decimos recibir grandes bendiciones que comprometerse con el mundo y analizar sus ámbitos y estructuras de maldad para alzar nuestra voz profética, aunque sea enfrentándonos y protestando contra el mundo.
Yo creo que, a pesar de ciertas dificultades e incomodidades, los cristianos estamos llamados a ser la voz profética en medio de un mundo injusto.
Siempre es mejor estar activo clamando contra los desafíos de un mundo opresor que estar cómodamente aburrido ocupando un asiento de una iglesia sin que seamos llamados al compromiso de denuncia contra toda injusticia, opresión, desigualdad, racismo, el desigual reparto de los bienes del planeta, así como trabajar y elevar nuestra voz a favor de la reducción de la pobreza en el mundo en donde hay tantos millones de hambrientos y de pobreza severa.
Mejor enfrentarse y protestar que estar absorbiendo insolidariamente lo que creemos bendiciones del Altísimo por cumplir con una ética del ritual cúltico de espaldas a los desafíos del mundo que nos muestran tanto grito, tanto dolor, tanto sufrimiento y tanta falta de misericordia y de justicia.
Mejor enfrentarse y protestar que estar gozosamente adormilado nutriéndonos de seguridades y bendiciones que nunca nos lanzan a ser las manos, la voz y los pies del Señor en medio de un mundo de dolor.
Es más. Quizás los creyentes comprometidos con el prójimo deberían también enfrentarse y protestar ante tantos y tantos religiosos que asumen la responsabilidad cristiana y el Evangelio como un frescor de gozo y bienaventuranza que nos lleva a un bienestar y tranquilidad quizás falsa cuando somos irresponsables y no nos comprometemos ni con el mundo ni con el prójimo sufriente.
El Evangelio es mucho más que una ética light de cumplimientos religiosos que no nos lanzan al mundo como manos tendidas de ayuda y como voz comprometida de denuncia.
Hay que protestar y denunciar desde los valores del Reino quizás por un hecho o un pecado muy importante en la Biblia: El pecado de omisión de la ayuda al prójimo apaleado y abusado por las estructuras malignas de pecado o económicas injustas.
Poco hemos aprendido de los profetas. ¿Acaso no es competencia del mandato de projimidad el estar atentos al sufrimiento del hermano sometido a la exclusión social, a grandes desigualdades y abusos sin fin?
¿No es, acaso, una falta contra el prójimo esa especie de silencio cómplice que se da entre muchos creyentes que se gozan en los servicios religiosos, pero que miran para otro lado ante el grito de los marginados, oprimidos y abusados de la tierra? ¿Podemos sestear tranquilos ante esos escándalos de la humanidad a los que damos la espalda?
Los profetas no dieron la espalda a estos desafíos, a estas problemáticas, a estos horrores. Jesús tampoco y la Biblia nos llama continuamente a una vida comprometida con el prójimo, de un amor al prójimo que alcanza niveles tan altos que nos llega a asustar porque no podemos cumplirlos sin la ayuda de Dios.
Sin duda que es más evangélico y está más de acuerdo con la espiritualidad cristiana llegar a la denuncia profética y a la lucha por la justicia, así como el enfrentamiento ante los desafíos que afectan al prójimo y al mundo que adormilar nuestras conciencias para que no moleste con su voz.
Apagar los gritos de la conciencia ante estos desafíos es, de alguna manera, dar la espalda a Dios.
La tranquilidad, el gozo insolidario, la seguridad egoísta que algunas veces podemos sentir, aunque sea acallando la conciencia por dar la espalda al prójimo, no es la consecuencia de la vivencia de una espiritualidad cristiana viva, activa y que sea las manos y los pies del Señor en medio de un mundo de dolor.
Muchas veces se ha afirmado que creer es comprometerse, que hay que llevar una vida de servicio y de preocupación por el prójimo y por el mundo.
La conversión tiene que afectar, necesariamente, a toda nuestra vida social y espiritual haciéndonos agentes del Reino en medio de un mundo de dolor.
El cristiano no debe caer nunca en el placer irresponsable de la inactividad y de la despreocupación por la situación del prójimo ante los desafíos tan graves en un mundo opresor.
Cristiano: No tengas miedo de protestar, denunciar y enfrentarte solidariamente contra los desafíos de un mundo injusto y cruel.
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