Desgraciadamente, en el mundo hoy hay muchas personas que van por la vida como un “sin Dios”.
Unas veces porque son personas ateas que ni se plantean la existencia de Dios y, si lo hacen, es para negar su existencia, pero otras también pueden ser personas religiosas, creyentes en algo, pero que lo que llevan con ellos es un dios a su medida al que quieren manipular y usarlo para su propio bienestar o beneficio, pero eliminando todo compromiso con los valores del Reino, los de projimidad y los de preocupación por el sufrimiento en el mundo.
Yo creo que en ambos casos puede adjudicarse la categoría de hombres que caminan pro el mundo como un “sin Dios”.
¡Cuántos hombres y mujeres han roto hoy todo tipo de lazo con lo sagrado! ¡Cuántos se revuelcan en lo profano cayendo en una especie de materialismo que les vuelve a llevar a la consabida frase histórica de que “el hombre es lo que come”!
Hoy, entre muchos de nuestros contemporáneos, creo que la mayoría, predomina un secularismo profano que hace aparecer en los ojos de muchos hombres que son unos “sin Dios”.
Se habla hoy de que, en algunos ambientes, fundamentalmente juveniles, está volviendo algún tipo de espiritualidad que se refleja en canciones u otros fenómenos, pero ya veremos si es algo que se estabiliza así o es simplemente algo del momento, pero la realidad es que hay muchísimos jóvenes que llevan ese cartel en sus vidas. Los “sin Dios”.
El hombre del siglo XXI, en su generalidad, está dando la espalda a lo trascendente, a lo sagrado, al Padre, al mismo Dios.
Hoy, en este ambiente de hombres “sin Dios” se minusvalora lo religioso, se pasa del auténtico cristianismo, hay discriminaciones por motivos confesionales, se les puede ver a los creyentes como personas débiles que buscan apoyo a sus carencias psicológicas o sociales.
Quizás hoy, en muchos ambientes, el decir que uno es cristiano o, simplemente, religioso, corre el peligro de que lo ubiquen en lo atrasado, en lo irreal, en lo caduco, en lo poco inteligente, en lo simplemente ingenuo. Son las opiniones de los “sin Dios”.
¡Cuántos hombres se han vaciado de la auténtica espiritualidad cristiana! Esto se puede dar incluso en las iglesias en las que, en muchos casos, se predica una espiritualidad de autoconsumo para recibir recompensar de lo alto, pero sin el auténtico compromiso que debe tener la verdadera espiritualidad cristiana en toda su dimensión de compromiso, de servicio y rescate para tantos y tantos sufrientes de la historia.
El cristianismo que se predica en muchos casos, no comprometido con las problemáticas del mundo, con el hambre y tantas otras carencias sociales, no desemboca nunca en la auténtica vivencia de la espiritualidad cristiana que tiene a Dios y al prójimo en relación de semejanza en cuanto al amor y al servicio.
Muchos religiosos también pueden clasificarse entre los “sin Dios”, pues buscan a un dios hecho a su medida, a medida de los disfrutes religiosos o recompensas que se quieran tener sin comprometerse con los valores bíblicos.
¡Cuántos “sin Dios” permanecen en una soledad inaguantable que tienen que intentar eliminar con dioses falsos, con dioses sociales de autoconsumo para llenar estos vacíos intentando dar un sentido a la vida que siempre será errado!
Hombres y mujeres separados de Dios, caídos en una orfandad divina que les deja desvalidos y vulnerables en busca de un sentido vital que no encuentran. Es la existencia delos “sin Dios”.
Muchos coetáneos nuestros han enterrado lo sacro, lo han sepultado como si ellos fueran los enterradores de la divinidad. Con ese acto, de alguna manera, se han enterrado también ellos y caminan por el mundo como zombis, como criaturas desprotegidas que quieren arrancar sorbos a la vida con entretenimientos vacíos que les dejan desnudos sus corazones.
Han perdido la dimensión espiritual y viven como los que no tienen esperanza. ¡Qué diferente y alicortado es el hombre que ha roto los lazos con lo trascendente!
Muchos han perdido el sentido de lo que da sustento y arraigo al verdadero ser humano. Los “sin Dios” han quedado perdidos entre las marañas de la vida y no saben encontrar el camino para salir de ella.
De ahí la responsabilidad de los que han encontrado a Dios en sus vidas, responsabilidad que no solamente debe mostrarse con palabras, sino con estilos de vida comprometidos con el prójimo, dando a conocer las auténticas prioridades, sirviendo y siendo las manos, los pies y la voz del Señor en medio de un mundo en donde, desgraciadamente, hay tantos “sin Dios”.
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