Ni deshumanizarnos ni divinizarnos

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

Ni deshumanizarnos ni divinizarnos
Ni deshumanizarnos ni divinizarnos

Jesús fue humano, muy humano y nos dio ejemplo de humanidad. Jesús miró mucho al cielo y mantuvo la relación con su Padre Celestial en todo momento y en toda circunstancia, pero si miramos la declaración programática de Jesús en el Evangelio de Lucas 4:18-19, nos daremos cuenta de que su programa era totalmente humano y humanitario sin dejar por ello de ser una respuesta divina.

Este era su programa: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor”.

Si tenemos en cuenta el Programa de Jesús y, además, la propia vida del Maestro con sus prioridades y estilos de vida mientras anduvo por el mundo, podríamos decir con el apoyo bíblico: No intentemos divinizarnos tanto hasta el punto de deshumanizarnos. Podría ser alguno de los errores de muchos religiosos.

Hay una llamada de Jesús a ser humanos como Él nos enseñó. El mandamiento que nos deja Maestro, mandamiento de amor al prójimo en semejanza con el amor al mismo Dios, nos da una llamada de atención cuando hacemos un distanciamiento tan grande entre el hombre y Dios que en algunos llamados cristianos se puede ver como realidades antagónicas.

Podemos deshumanizarnos ante un Dios que en su hijo Jesús fue humano y muy humano. Por tanto, cuidado con los falsos misticismos y religiosidades vanas porque existe el riesgo de que muchos, en su deseo desmedido de espiritualidad, deseen alejarse del hombre para ser cada vez más un ser celeste, una especie de ángel que solo aspira a lo divino.

Con esto, quizás uno no se diviniza, sino que se aleja de lo humano mutilando la auténtica vivencia de la espiritualidad cristiana. Así, desgraciadamente, cuando se da la espalda al hombre, al prójimo, se hiere de muerte la realidad evangélica.

Se deshumanizan y, a su vez, creo que también se descristianizan, pues no han entendido la realidad integral del Evangelio.

Se puede caer en miradas unidireccionales insolidarias con el prójimo y que solo miran hacia arriba esperando la liberación del cuerpo para el disfrute de las realidades espirituales. Vivencia alicortada del cristianismo.

Quizás, la trampa satánica para deshumanizarnos sea hacernos caer en el antiguo pecado de querer ser como dioses, argucia tramposa que se da desde los inicios de la humanidad.

¿A qué nos conduce todo esto, este deseo de estar pendientes exclusivamente de lo celeste, de alabanzas, oraciones y ritos insolidarios que tantas y tantas veces los hacemos de espaldas al hombre que sufre?

Si uno pierde la visión del prójimo apaleado y tirado al lado del camino, se deshumaniza. Si uno pierde la visión del prójimo sufriente, no se diviniza por mucho que alabe y mire hacia arriba buscando ser de naturaleza celeste.

Esta búsqueda de espiritualidad desencarnada nos deshumaniza y tiende a recluirnos en el templo, puede ensordecernos ante el grito del hombre ante la injusticia, ante la opresión, ante la marginación, el abuso del débil, el desigual reparto de los bienes del planeta tierra. Nos deshumaniza. Esto no sería la experiencia de vivir el auténtico Evangelio.

Ni deshumanizarnos ni divinizarnos. El cristiano que aspira a ser una especie de ser celeste y que desea solo mirar hacia arriba de forma desencarnada con una fe no arraigada y comprometida en su aquí y su ahora, da la espalda a la espiritualidad cristiana auténtica. Da la espalda al prójimo sufriente.

El que se deshumaniza al vivir el cristianismo de forma insolidaria para con el prójimo y cae en el engaño maldito de vivir el cristianismo de forma cómoda y de espaldas al grito de los sufrientes de la tierra, caen en una treta de Satanás para apartarnos del cristianismo vivido en compromiso con Dios y con el hombre.

La vivencia de un cristianismo que es, a su vez, humano y divino como dos realidades coimplicadas e imposibles de separar a no ser que sea simplemente a efectos didácticos para entendernos entre los humanos.

Hay que vivir la verticalidad y la horizontalidad del Evangelio. Arraiguemos nuestra fe en el mundo.

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