Nos podríamos preguntar que cómo comunicamos nuestra fe y mostramos nuestro compromiso con Dios y con el prójimo en un mundo secularizado y, en gran parte, de espaldas al Dios de la vida.
¿Cómo comunicamos nuestra fe en medio de este raigambre de actitudes que miran hacia otro lado cuando se les habla de Dios? ¿Cómo podemos comunicar nuestro compromiso cristiano en un mundo en el que hasta las iglesias, en el ámbito interconfesional, van perdiendo feligreses?
¿Cómo enfocar la evangelización desde los colectivos pastorales cuando sabemos que en muchos contextos secularizados se da un cierto rechazo del profesional de la religión?
Son muchas preguntas que nos retan a pensar en cómo ser cristianos y cómo mostrar nuestra fe en un mundo secularizado y de espaldas a Dios. ¿Tienen más facilidad de dar mensajes evangelizadores los laicos que los profesionales de la religión?
Si algo de esto se diera, la primera cuestión a tratar sería la importancia que tiene la concienciación de los laicos, los miembros de a pie de las iglesias para la evangelización en una sociedad secularizada.
La sociedad cuestiona cada vez más los discursos religiosos de los profesionales de las diferentes religiones o confesiones religiosas.
Pregunta: ¿De quién es la culpa? Yo sé que muchas veces tendemos a culpar al oyente de estos mensajes, al receptor. Tienen un corazón duro para el Evangelio, solemos decir.
Sin embargo nos podríamos preguntar también si los mensajeros cristianos también tienen cierta culpa por lanzar discursos que en muchos casos parecen abstractos para el receptor quizás porque no ve coherencia entre el mensaje verbalizado y la forma de vida poco comprometida de los cristianos con el mundo y con sus problemáticas.
Otra pregunta: ¿Inculturamos nuestros mensajes? Muchas veces los mensajes tampoco están inculturados en la sociedad en la que vivimos y nuestro discurso religioso no contacta ni hace frente a las problemáticas del hombre actual inmerso en la ciudad secular.
Muchas veces usamos conceptos no acordes con las necesidades que tiene el hombre de nuestro aquí y nuestro ahora.
¿Estamos al día en la forma en la que se comunica el hombre de hoy? Muchas veces caemos en una unilateralidad que hace que usemos mucho la palabra en un mundo en el que nos comunicamos mucho con imágenes, con signos, con comportamientos, con estilos de vida y prioridades.
Además, hoy en día nuestros contemporáneos no aceptan un discurso que en gran parte esté de espaldas al dolor de los hombres, de espaldas al grito de los pobres y oprimidos del mundo, de espaldas a la práctica de la justicia y sin prestar una atención especial a los vulnerables, a los sufrientes de la historia.
Eso es vital tanto para la vivencia de la espiritualidad cristiana como para el testimonio de los creyentes en el mundo.
La salvación no solo es escatológica sino que comienza ya en nuestro aquí y nuestro ahora en forma de liberación de las estructuras de maldad e injustas que gobiernan el mundo.
El seguidor de Jesús tiene que mancharse las manos como buenos samaritanos que son capaces de dar su vida y hacienda a favor del prójimo necesitado.
Esto nos podría llevar a una conclusión de cómo ser cristiano en un mundo secular. La conclusión es ésta: La misión cristiana y la vivencia del cristianismo como discípulos de Jesús no se encuentra solamente intramuros de las iglesias, no se encuentra solamente en el ritual que se da entre las sombras de sus muros, no se da en largas oraciones que poca repercusión tienen en la sociedad secular y que, en muchos casos, no pasan de los techos de las iglesias.
La misión cristiana se puede dar de una forma especial fuera de los muros de las iglesia, en los lugares de nuestras sociedades que están mostrando dónde está el conflicto social y el sufrimiento humano, allí donde se están mostrando las inquietudes del hombre de hoy, donde se dan las mayores fracturas sociales.
El campo de misión está en una gran extensión en las ciudades, en los mercados, en los barrios pobres, allí donde sufren las personas y necesitan que los cristianos sean las manos y los pies del Señor en medio de un mundo de dolor.
Allí es donde, quizás, el creyente laico entrenado en la iglesia puede tener una gran influencia, una gran ventaja y ser un agente de liberación del Reino de Dios en este mundo, un Reino que se nos dice que ya está entre nosotros.
Nuestra misión cristiana, nuestra acción amorosa de cara al prójimo que nos necesita se debe mostrar de forma muy especial allí donde están los focos de conflicto donde se mueven y sufren aquellas personas que como cristianos debemos servir y comunicar mensajes que transmitan que hay esperanza para ellos.
Hay que unificar en estos foros tanto el anuncio del Evangelio con palabras, como la denuncia y nunca olvidar la acción social evangelizadora que busca restauración y justicia para con los apaleados de la historia.
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