En muchos casos, y en relación con los inmigrantes que están dentro de nuestras puertas, tenemos la sensación de que los inmigrantes tienen su mundo y nosotros, los nacionales del país, tenemos el nuestro.
Esto hace que se formen compartimentos sociales estancos en los que las relaciones culturales, sociales y otras son solamente muy esporádicas y no se da un enriquecimiento de nuestra cultura.
Así, teniendo la oportunidad de estar bebiendo otros valores culturales con los que puede estar en relación, se forman estructuras culturales cerradas en las que no se da esa transmisión de valores que deberían estar enriqueciendo nuestra cultura y que, sin embargo, la estamos empobreciendo al permanecer cerrados a esas otras culturas que están llegando a nuestro país a las que permanecemos cerrados.
Esto lo hacemos quizás pensando que nuestra cultura es superior y nos enclaustramos en una especie de compartimento cultural estanco que empobrece neciamente nuestra cultura.
Las culturas que no se abren a las otras acaban empobreciéndose y deteriorándose.
Esta situación debe cambiar si introducimos un nuevo concepto que elimina esa sensación de que los inmigrantes deben estar en su mundo y nosotros en el nuestro.
Es el concepto de interculturalidad.
Se trataría de potenciar una relación entre nacionales y nuevos ciudadanos procedentes de allende las fronteras y los mares, una relación que debería ser paritaria e igualitaria entre las culturas eliminando todo tipo de prepotencia por parte de la cultura de los ciudadanos o países de acogida.
Las culturas todas deben abrirse para favorecerse de un enriquecimiento mutuo que de otra manera no se da y perdemos riquezas culturales sin fin. El encuentro abierto y sin prepotencias entre humanos de diferentes razas, culturas, países y lenguas siempre es enriquecedor.
Sin duda alguna que la interculturalidad se debe practicar también en las iglesias y en todo grupo humano. Que nadie forme guetos por su procedencia, raza o cultura. Eso es una patada a los valores culturales de la humanidad.
Tenemos que trabajar por culturas abiertas al diálogo en acogida sin prepotencias ni soberanismos de ningún tipo para que estas se enriquezcan y no se vuelvan añejas con viejos valores incapaces de asumir las novedades del otro.
Un diálogo basado en una interrelación basada en el respeto al otro ser humano, en el respeto al diferente.
¿Podemos vivir una interculturalidad abierta al diálogo, a la diversidad y al respeto mutuo? Apertura en igualdad hacia lo humano. ¿Es, acaso, que pensáis que hay jerarquías entre razas y culturas? Ese sería el fundamento del racismo y del soberanismo que divide al mundo creando guetos indignos.
Muchos prejuicios y estereotipos deben romperse, caer en el olvido hechos pedazos que se pierdan en el tiempo y que no renazcan nunca jamás. ¡Abajo las fobias a los grupos étnicos! Todos iguales en el respeto a las diferencias.
La tarea no es fácil porque la interculturalidad, la relación abierta entre las personas de diferentes grupos sociales y culturales, tiene que contar con que las personas que llegan a nosotros en busca de acogida en igualdad y respeto llegan a nuestro país con un mundo vital construido, con sus religiones y costumbres, con una cosmovisión ya formada y una identidad y unos valores que hemos de respetar.
La interculturalidad está basada en el respeto al diferente y al hecho de que en la relación entre grupos culturales diferentes es siempre enriquecedora.
El nuevo ciudadano que llega a nosotros de allende las fronteras tiene derecho a conservar su identidad de cultura y religión. No se pide una asimilación cultural de los inmigrantes para que acepten ciegamente nuestros patrones culturales como si debieran adaptarse a los nuestros por ser superiores, sino una interrelación enriquecedora entre las culturas. La interculturalidad siempre ha de darse en base del concepto de que todos debemos ser iguales y libres.
Las comunidades cristianas deben practicar la interculturalidad apoyadas también en el concepto de projimidad que nos dejó Jesús.
Ser manos tendidas que respetan las diferencias y a los diferentes teniendo también en cuenta los Derechos Humanos respetando las culturas e identidades que se dan entre los humanos en medio de comunidades de hombres basadas en que todos somos iguales y libres.
No debe haber nunca prepotencias de razas o culturas. Caminaremos así hacia un mundo cada vez más libre, más enriquecido culturalmente, más igualitario, más justo y mucho más humano.
Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.
