Es un hecho que hay mucha intolerancia en torno a los colectivos de migrantes en el mundo, muchas intolerancias que se pueden mezclar con violencias, injusticias y robos, incluidos los robos de dignidad.
También, muchos otros en el mundo reclaman una mayor tolerancia, cuestión que es importante. Se necesitan personas tolerantes en el mundo y en torno a los procesos migratorios.
A pesar de todo, en torno al concepto de tolerancia, se podrían mostrar dos tipos de personas que la practican: Los que practican una tolerancia pasiva y la de aquellos que, movidos por el deseo de ayuda o, desde el punto de vista cristiano, motivados por el concepto d projimidad que nos dejó Jesús, por el amor al prójimo, se lanzan a una tolerancia activa que pone en marcha sus deseos de servicio y de rescate del prójimo en necesidad.
Estas últimas líneas de comportamiento serían las de una tolerancia activa.
La tolerancia pasiva es extremadamente cómoda. Es la de aquellos que no se meten en problemáticas ajenas, no adoptan posicionamientos de desprecio hacia los migrantes, no los rechazan ni piden sus expulsiones del país, no son de los que protestan porque vienen a quitarnos los trabajos y a saturar las ayudas públicas ni les importan sus creencias religiosas o sus características culturales.
Simplemente ven a los inmigrantes como grupos, quizás no deseados pero que tienen que saber coexistir junto a ellos, culturas yuxtapuestas a las suyas, pero que no tienen ninguna interacción con ellas y no se enriquecen culturalmente en la apertura cultural hacia el diferente.
No rechazan su presencia, pero tampoco son manos tendidas de ayuda u orientación para ese colectivo de allende nuestras fronteras. Simplemente coexisten ante estas realidades sociales e históricas.
Yo creo que la tolerancia pasiva no es suficiente. Es vivir con indiferencia la presencia del otro que, si nos necesita, podemos hacer oídos sordos ante su grito de auxilio o angustia.
Está un poco en la línea del pecado de omisión que se condena en la Biblia de una forma radical.
Por otro lado, podemos contemplar a personas en tolerancia activa. Aquí hay un gran paso hacia adelante en la línea de la projimidad de la que nos habló Jesús.
Aquí ya no se trata de la simple coexistencia o de la idea de culturas yuxtapuestas sin ninguna interacción, sino de sino de la asunción de comportamientos comprometidos en la línea activa de defensa de personas con la que nos hemos de comprometer cuando sea necesario tanto en la defensa de los derechos civiles, de las libertades, de la igualdad entre personas y la defensa de la dignidad de los más débiles.
En la tolerancia activa debe darse lo que llamamos la interculturalidad, la relación entre culturas que va a enriquecer tanto a la autóctona como a las demás culturas que emergen en nuestros entornos por la presencia de inmigrantes, de nuevos ciudadanos de allende los mares y las fronteras.
La tolerancia activa asume compromisos beligerantes a favor de los inmigrantes desprotegidos, al deseo de que se apliquen y de que se cumplan los derechos humanos en relación con estos grupos de nuevos ciudadanos que emergen en nuestros entornos, especialmente el derecho al trabajo, a la sanidad, a la enseñanza y capacitación y a todos aquellos derechos que muchas veces se conculcan en relación con estos colectivos.
Por tanto, la tolerancia activa va mucho más allá del hecho de no practicar el racismo o ser simplemente tolerantes ante su presencia, sino en mancharnos las manos en ayuda y la de ser, para los creyentes, las manos y los pies del Señor e medio de un mundo de dolor.
Toda la tolerancia activa está en la línea de huir conscientemente de esa mancha pecaminosa que implica practicar el pecado de omisión.
No basta con huir de discriminaciones negativas, sino de implicarse en la ayuda y rescate del otro ofreciéndole salvación en su aquí y su ahora en forma de liberación integral y justa.
Involucrarnos en actos solidarios tendentes a la igualdad de los seres humanos, de su dignificación e integración con normalidad en nuestros entornos.
Cuando practicamos la tolerancia activa nos damos cuenta de que en el mundo hay muchas injusticias, mucha opresión, mucha pobreza y muchas estructuras sociales pecaminosas y opresoras contra las que hemos de practicar la denuncia profética y la acción en una estructuración de una labor social que puede acabar siendo evangelizadora.
El otro, el diferente no es solamente alguien que coexiste a mi lado, sino que puede llegar a ser un vecino amigo, alguien de quien puedo aprender en las relaciones culturales, una criatura de Dios que se ha puesto en mi camino no como un extraño, sino como un hermano.
La tolerancia pasiva no se entiende en el cristianismo ni se debe dar en la vivencia de la auténtica espiritualidad cristiana.
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