Es normal y muy frecuente que los cristianos que conocen la Biblia usen para apoyar y defender el concepto de dignidad el texto del Génesis 1:26-27 en donde se dice: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. Ser “imagen de” y, en este caso, de Dios mismo.
En los tiempos bíblicos esta idea de ser imagen de algo era algo impactante que trascendía a muchos otros conceptos, un concepto que transmitía la idea de que en ese ser que era imagen era como si habitara en él ya la presencia del original.
Por esto, ser imagen de Dios era como estar impregnado de la presencia divina, como si el original pusiera su mano sobre sus criaturas. Ser “imagen de” podría equivaler a que el original, en esta caso Dios, nos dijera: Mi presencia irá contigo.
Si la dignidad humana emana de esto que acabamos de comentar, hemos de tener presente que en toda persona, en todo hombre o mujer, independientemente de su situación económica, social, religiosa, de raza o de lengua, está presente la presencia de Dios por ser imagen de Él.
Se podría decir: ¡Cuidado! Dios está en todo ser humano mostrando su presencia. Esto le da al hombre y a la mujer un valor infinito, un valor que es inviolable, una cualidad que en todo hombre es irrenunciable.
Por eso, cuando vemos a personas que son diferentes a nosotros, personas que quizás han sido empobrecidas por el afán de lucro de otros, personas de otras culturas, de otras razas, extranjeros o inmigrantes, negros o blancos hemos de tener mucho cuidado al enjuiciarlos. La presencia de Dios también está en ellos, todos somos imagen y semejanza del Creador.
A nadie se le puede quitar su dignidad, pero a veces decimos que hay personas a las que se les ha robado por las injusticias, el despojo de tantos y tantos pobres de a tierra —más de media humanidad—. Y lo decimos porque así podemos exigir que se devuelva la dignidad robada al diferente, al explotado, al oprimido, al robado y empobrecido por el egoísmo de muchos humanos que acumulan desmedidamente dejando a tantos y tantos tirados al lado del camino.
Por tanto, el pedir que se les devuelva la dignidad robada, no es porque la presencia de Dios se pueda anular en el hombre, sino que lo hacemos a efectos sociales y didácticos para exigir el respeto y atención debida a todo hombre independientemente de su situación.
Todos somos igualmente dignos, tenemos dignidad todos y la presencia de Dios está con todo hombre y mujer por el hecho de ser seres humanos hechos a imagen y semejanza del Creador.
La dignidad humana es lo que le da un valor especial a todo ser humano y le hace inviolable ante todos. Una dignidad que no se puede quitar, que no se puede robar, que no se puede comprar ni se puede vender.
La clave es ésta: La dignidad es igual para todos y, ante este valor tan supremo el hombre que abusa u oprime a otro ser humano está pecando contra la creación, contra el mismo Dios que es el garante de esa dignidad.
Los ricos y poderosos del mundo podrán despojar al pobre de sus riquezas, le podrá robar, torturar o marginar, pero la dignidad humana es inherente a ese hombre al que hay que mirar desde otra perspectiva, la de un ser inviolable que clama por justicia y restauración.
Si el concepto de dignidad se entendiera bien en el mundo habría más respeto a todo ser humano independientemente de su situación social, económica, cultural o religiosa.
Así, también se puede decir que ningún enfermo puede perder dignidad y que un profesor de Universidad no es más digno que un analfabeto.
El gran fallo de nuestros valores es el considerar a los ricos como si fueran superiores en dignidad, la riqueza como prestigio en una sociedad que valora lo material y que da más importancia al ser que al tener.
Si queremos una sociedad justa, respetuosa con el diferente y que no sea depredadora de sus semejantes más débiles, debemos de tener muy en cuenta, estudiar y valorar el concepto de dignidad basado siempre en lo ya comentado: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”.
Ser “imagen de” Dios es lo que nos transmite ese valor infinito, pues la presencia de Dios va siempre con todo hombre.
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