En las últimas semanas han vuelto a aparecer en las noticias temas que sacuden la conciencia: los nuevos documentos relacionados con el caso Epstein, que vuelven a revelar redes de abuso y poder oculto; la guerra en Ucrania, Gaza e Irán, que siguen dejando miles de víctimas y una espiral de violencia difícil de detener; o los asesinatos de mujeres a manos de hombres que, una y otra vez, nos recuerdan hasta qué punto la violencia puede habitar en el corazón humano.
Cada una de estas noticias provoca indignación, tristeza o desconcierto. Nos preguntamos cómo es posible que ocurran estas cosas en un mundo tan avanzado tecnológicamente, en sociedades que hablan tanto de progreso, derechos y civilización.
Y, sin embargo, siguen ocurriendo.
Cuando nos enfrentamos a estas realidades, solemos buscar explicaciones políticas, psicológicas o sociales. Y muchas de esas explicaciones son necesarias. Pero hay una pregunta más profunda que a menudo evitamos: ¿qué revela todo esto sobre el corazón humano y sobre la realidad del mal?
Cuando hoy se habla del diablo o del mal espiritual, mucha gente sonríe. Para muchos jóvenes del siglo XXI, estos temas suenan a historias antiguas, a mitología o a películas. Parece algo lejano, algo que no tiene mucho que ver con nuestra vida diaria.
Pero antes de reírnos o descartarlo rápidamente, quizá merece la pena detenernos un momento y pensar con calma qué significa realmente el mal.
La Biblia enseña que existe una realidad espiritual. Dios es la fuente de todo lo bueno, de la vida, de la verdad y del amor. Pero también existe un enemigo que se opone a Él. La Escritura lo llama Satanás: el acusador, el engañador, el que busca destruir lo que Dios ama.
Durante siglos, las personas han intentado explicar esta lucha entre el bien y el mal de muchas maneras. A veces se han cometido grandes errores, incluso injusticias terribles, como cuando en épocas pasadas se acusaba a personas de brujería sin fundamento. Eso nos recuerda algo importante: cuando el ser humano intenta entender el mal sin sabiduría ni compasión, puede causar todavía más sufrimiento.
Pero reconocer esos errores no significa negar que el mal exista
Si miramos con sinceridad a nuestro alrededor, vemos que el mal sigue presente: injusticias, abusos, corrupción, violencia, manipulación, desprecio por la dignidad humana. Y muchas veces el mal no aparece con una apariencia oscura o espectacular. No siempre se presenta como algo claramente monstruoso.
A menudo aparece disfrazado de normalidad.
Aquí es donde una reflexión muy importante del siglo XX puede ayudarnos. La filósofa Hannah Arendt habló de algo que llamó “la banalidad del mal”. Ella observó que algunos de los grandes crímenes de la historia no fueron cometidos necesariamente por personas que parecían monstruos, sino por personas aparentemente normales que simplemente dejaron de pensar moralmente.
Personas que obedecían órdenes.
Personas que se adaptaban al sistema.
Personas que dejaron de preguntarse si lo que hacían era justo o injusto.
El mal, decía Arendt, puede volverse banal cuando las personas dejan de cuestionarlo.
Cuando el mal se vuelve cotidiano.
Cuando se vuelve burocrático.
Cuando se vuelve cómodo.
Esta idea conecta de una manera sorprendente con lo que la Biblia ya advertía sobre el corazón humano. El mal no siempre llega como una gran rebelión visible contra Dios. Muchas veces llega como pequeñas decisiones repetidas: indiferencia, egoísmo, ambición sin límites, silencio ante la injusticia.
El mal se normaliza cuando dejamos de reconocerlo.
Por eso, más que imaginar demonios como criaturas fantásticas, también podemos reconocer que el mal se manifiesta cuando las personas permiten que la codicia, el orgullo o el poder gobiernen sus decisiones.
Cuando el corazón humano se desconecta de Dios, puede empezar a justificar casi cualquier cosa.
Vivimos en una época donde el poder, la influencia y el dinero muchas veces se convierten en lo más importante. Algunas personas actúan como si sus intereses fueran la medida absoluta de lo que está bien o mal.
Y cuando ocurre eso, el resultado suele ser siempre el mismo: se desprecia la verdad, se pierde la belleza de la vida y se debilita el amor al prójimo.
Lo más curioso es que, mientras estas cosas suceden delante de nuestros ojos, muchas personas insisten en decir que el mal espiritual no existe. Que todo es simplemente política, economía o psicología.
Pero negar el mal no hace que desaparezca.
Al contrario: cuando dejamos de reconocer que existe una lucha moral y espiritual, nos volvemos más vulnerables al engaño. Empezamos a justificar lo que antes sabíamos que estaba mal.
También ocurre algo preocupante: quienes hablan de conciencia, de verdad o de valores espirituales a menudo son ridiculizados o tachados de exagerados o conspirativos.
En un mundo que prefiere evitar cualquier conversación sobre el bien y el mal, los que intentan hablar con honestidad a veces quedan marginados.
Sin embargo, la realidad sigue siendo la misma.
El mal existe.
La tentación existe.
La capacidad humana de destruir también existe.
Pero la Biblia no termina ahí. La buena noticia del evangelio es que el mal no tiene la última palabra. Jesucristo vino precisamente para enfrentar el poder del pecado, del engaño y de la oscuridad.
Donde el mal destruye, Cristo restaura.
Donde el mal engaña, Cristo trae verdad.
Donde el mal genera muerte, Cristo ofrece vida.
Por eso, para los cristianos, reconocer que el mal es real no es motivo de miedo, sino de vigilancia y esperanza.
Vigilancia, porque sabemos que el corazón humano puede ser engañado.
Esperanza, porque sabemos que Dios es más poderoso que cualquier oscuridad.
Quizá el mayor peligro de nuestra generación no sea que el mal sea demasiado fuerte, sino que dejemos de tomarlo en serio.
Porque cuando una sociedad deja de distinguir entre la luz y la oscuridad, entre la verdad y la mentira, empieza a caminar sin darse cuenta hacia su propia destrucción.
Pero cada generación tiene una oportunidad.
De volver a buscar la verdad.
De recuperar la conciencia.
De preguntarse qué tipo de mundo queremos construir.
Y ahí es donde el mensaje de Jesús sigue siendo profundamente actual. Él no vino para condenar al mundo, sino para salvarlo.
No vino para alimentar el odio, sino para liberar a las personas del poder del mal.
Y esa invitación sigue abierta hoy, también para nuestra generación.
Porque incluso en un mundo que parece olvidar a Dios, la luz sigue brillando. Y la oscuridad nunca ha podido apagarla.
Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.
