¿Pueden los cristianos sufrir problemas de salud mental?

| Fuente: protestantedigital.com/rss/magacin

¿Pueden los cristianos sufrir problemas de salud mental?
¿Pueden los cristianos sufrir problemas de salud mental?

¡Por supuesto que sí! ¡También somos seres humanos!

Al fin y al cabo, llevamos el tesoro del Evangelio en vasos de barro (2 Corintios 4:7). Somos salvos por la gracia de Cristo, no por nuestros propios méritos ni porque seamos mejores o más sanos que los demás (Efesios 2:8-10). Y la Biblia no teme mostrar la angustia de muchos de sus líderes.

  • Incluso después de lograr notables victorias espirituales, Moisés, Elías y Jonás se angustiaron y le pidieron a Dios que les quitara la vida (Números 11:10-15, 2 Reyes 19:3-4, Jonás 4:3).
  • Los Salmos expresan ante Dios todo tipo de emociones humanas, desde la adoración hasta la confesión de que «solo tengo amistad con las tinieblas» y el clamor: «Tenme compasión, Señor, que estoy angustiado; el dolor debilita mis ojos, mi alma y mi cuerpo» (Salmo 88:18, 31:9).
  • Jesús «se turbó y se conmovió profundamente» ante la muerte de Lázaro, estuvo «angustiado» en Getsemaní y se sintió abandonado por el Padre en la cruz (Juan 11:33, Lucas 22:44, Mateo 27:46).

Estos ejemplos confirman que los cristianos siguen siendo seres humanos. En lugar de pensar que o bien somos creyentes o bien padecemos problemas de salud mental, aprendemos a conciliar estas dos verdades. No se trata de una dicotomía, sino de un espectro en el que todos nos encontramos.

Pero, ¿qué hay de los «hombres y mujeres de Dios» de hoy en día? Si predican con elocuencia y dirigen ministerios impresionantes, seguramente no pueden sufrir problemas de salud mental, ¿verdad?

De hecho, ocurre lo contrario. Los pastores y líderes son aún más vulnerables, ya que soportan una enorme responsabilidad espiritual, trabajan los fines de semana y se preocupan por el sufrimiento de los demás. Por ejemplo, Pablo afirmó: «Y como si fuera poco, cada día pesa sobre mí la preocupación por todas las iglesias. Cuando alguien se siente débil, ¿no comparto yo su debilidad?» (2 Corintios 11:28-29).

Los círculos religiosos pueden incluso justificar rasgos de personalidad poco saludables, como la grandiosidad, el narcisismo y la obsesión, argumentando que, si conducen al éxito ministerial, sus «frutos» demuestran que son «de Dios».

Es humano y habitual tener dificultades con la salud mental, incluso para quienes creen en Dios. Según la guía Mental Health: A Guide for Faith Leaders (Salud mental: una guía para líderes religiosos), publicada por la Asociación Americana de Psiquiatría, el 19 % de la población estadounidense padece algún tipo de enfermedad mental cada año. [1] Un estudio realizado por las universidades de Harvard y Queensland concluye que «la mitad de la población mundial sufrirá un trastorno de salud mental» en algún momento de su vida.

Esto significa que estás rodeado de personas que libran batallas internas. Debemos tener compasión por ellas… ¡y por nosotros mismos!

Esta comprensión nos ayuda a conciliar la espiritualidad con el cuidado de nuestra mente y nuestras emociones. Al igual que la medicina, la nutrición y el ejercicio ayudan a los cristianos a cuidar de sus cuerpos, la psicología, la psiquiatría y otras disciplinas nos ayudan a procesar nuestras emociones y a cuidar de las heridas y enfermedades psicológicas. Buscar ayuda profesional en este ámbito no es señal de falta de fe, sino de un cuidado personal saludable. Al fin y al cabo, Jesús nos enseñó a amar a Dios con toda nuestra mente, espíritu, corazón y fuerzas, y a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mateo 22:37–40).

Los cristianos no estamos exentos del sufrimiento, pero podemos sufrirlo con fe, esperanza y rodeados de personas que nos aman.

Tras la agonía de la cruz, Jesús trajo paz a sus discípulos (Juan 20:19). Isaías profetizó que «por sus heridas somos sanados» (Isaías 53:5). Y Pablo vio el poder redentor de sus sufrimientos dentro del designio de Dios.

«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación, quien nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que, con el mismo consuelo que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos consolar a todos los que sufren» (2 Corintios 1:3-4).

En mis próximos artículos, examinaré el estigma religioso que aún rodea este tema, presentaré recursos cristianos para ayudar al cuidado de nuestra mente y nuestras emociones, propondré criterios bíblicos para evaluar experiencias extraordinarias y recomendaré libros de calidad sobre la intersección entre la fe y la salud mental.

Y concluyo esta breve visión general bíblica con una pregunta: ¿de qué maneras puede tu dolor convertirse en un lugar de encuentro con Dios y en una forma de bendecir a los demás? 

[1] Mental Health: A Guide for Faith Leaders (Asociación Americana de Psiquiatría, 2018), 4.

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