Cada palabra hebrea de los dos primeros capítulos de la Biblia ha sido elegida con absoluta precisión. Se trata de una descripción de la creación muy didáctica y cargada de contenido doctrinal, lo que permite entrever su inspiración divina.
El texto es un todo compacto que no evidencia influencias de otras culturas distintas a la hebrea. Su sobriedad y terminología relativamente abstracta se observa, en primer lugar, en la ausencia de descripciones extensas de ambientes, emociones o detalles secundarios.
El relato concentra la atención en las acciones fundamentales de Dios: crear, separar, ordenar, nombrar, bendecir y establecer.
La narración avanza de manera clara y controlada, sin incorporar elementos decorativos que desvíen la atención del tema principal.
En Génesis 1, la estructura repetitiva contribuye especialmente a esta impresión. Fórmulas como «Dijo Dios», «y fue así», «vio Dios que era bueno» y «fue la tarde y fue la mañana» organizan el relato mediante una secuencia regular.
Esta repetición no busca desarrollar una descripción poética detallada de cada elemento creado, sino presentar el proceso de creación como una serie ordenada de actos divinos. El lenguaje es preciso, equilibrado y funcional.
La terminología puede considerarse relativamente abstracta porque el texto emplea categorías generales como «luz», «tinieblas», «cielos», «tierra», «mares», «seres vivientes» y «toda planta».
En lugar de describir minuciosamente cada especie, paisaje o fenómeno natural, el relato agrupa la realidad en conjuntos amplios y ordenados. También utiliza verbos y conceptos que expresan acciones intelectuales o estructurales, como separar, reunir, ordenar, asignar funciones y establecer límites.
Otro indicio de abstracción es la importancia de las relaciones y funciones. Los astros, por ejemplo, no se presentan principalmente mediante sus características físicas, sino por su función de señalar los tiempos, los días y los años, así como de iluminar la tierra.
Del mismo modo, los animales y el ser humano aparecen dentro de un orden de responsabilidades y bendiciones. El texto se interesa más por el lugar y la finalidad de cada elemento en la creación que por su apariencia concreta.
Génesis 2 mantiene esta sobriedad, aunque presenta una narración más cercana y antropológica. El hombre es formado, colocado en el jardín, recibe una tarea y establece relaciones con los animales y con la mujer.
Aun cuando aparecen imágenes concretas, como el polvo de la tierra, el jardín o el árbol, estas se integran en una exposición concentrada que explica el origen de la vida humana, del trabajo, de la responsabilidad y de la relación entre hombre y mujer.
Por tanto, la sobriedad de Génesis 1 y 2 se evidencia en su economía descriptiva, su estructura ordenada, la repetición de fórmulas, la ausencia de detalles innecesarios y la concentración en acciones y relaciones fundamentales.
Su terminología relativamente abstracta se manifiesta en el empleo de categorías generales, conceptos funcionales y expresiones que organizan la realidad en vez de describirla de manera exhaustiva.
El resultado es un texto de gran densidad teológica, cuya claridad procede precisamente de la sencillez y precisión de su lenguaje. Algo que sólo el Creador de todas las cosas le podía haber revelado al hagiógrafo o escritor del texto bíblico.
El relato de Génesis no tiene carácter mítico ni legendario y su finalidad principal es presentar el universo, la vida y al ser humano como resultado de la acción libre de un Dios omnisciente, omnipotente, personal y misericordioso.
Por tanto, no es correcto interpretar este relato a partir de las figuras mitológicas de los pueblos vecinos a Israel ya que la narración bíblica se halla radicalmente influida por un profundo monoteísmo. Algo que no existía en las demás culturas.
Dios es el único soberano que lo crea todo a partir de la nada y no de ninguna emanación de su propia esencia. Crea mediante su palabra. Es “el otro” que se distingue siempre de su creación.
En sus actos creadores no hay ningún conflicto similar al del combate entre Marduk y Tiamat, del Enuma Elish. No existe ninguna lucha entre dioses. No hay rivalidad dualista entre principios, el del Bien y el del Mal.
El caos de la tierra “desordenada y vacía” no tiene entidad propia ni es el rival de Yahvé. El milagroso acto creador no se describe porque pertenece al carácter misterioso de la actividad divina y, por tanto, el hombre no lo puede comprender.
Al concentrar la creación del mundo en siete días o etapas temporales, el relato bíblico se distingue y diferencia de las demás concepciones míticas de los pueblos periféricos ya que todas se enmarcaban en una concepción atemporal y cíclica de la realidad.
Sin embargo, el relato genesíaco se une y fusiona con la historia del pueblo de Israel.
Es verdad que Génesis 1–2, comparte con otras culturas del antiguo Oriente Próximo la preocupación por explicar el origen del mundo, de la vida y del ser humano.
Sin embargo, tal como se señala, se distingue de las cosmogonías de Egipto, Mesopotamia, Canaán y otras culturas vecinas por su concepción de Dios, de la naturaleza y de la dignidad humana. De manera que las principales diferencias son:
1. Monoteísmo frente a pluralidad de dioses
La diferencia más importante es que el relato bíblico afirma la existencia de un único Dios creador. Yahvé no forma parte del universo ni nace de otros dioses; es anterior y superior a toda la realidad creada.
En cambio, muchas cosmogonías antiguas presentan una sucesión de divinidades. En los relatos mesopotámicos, por ejemplo, el mundo surge a partir de conflictos entre dioses primordiales, mientras que en algunas tradiciones egipcias la creación comienza con la aparición de una divinidad creadora dentro de las aguas primordiales.
2. Creación mediante la palabra y no mediante la violencia
En Génesis, Dios crea mediante su palabra: “Dijo Dios: ‘Haya luz’, y hubo luz”. La creación es ordenada, progresiva y eficaz. No necesita combatir contra otra divinidad para establecer el cosmos.
Por el contrario, en el poema babilónico Enuma Elish, el orden del mundo se establece después de una batalla entre dioses. Marduk derrota a Tiamat y utiliza su cuerpo para formar los cielos y la tierra.
El relato bíblico rechaza así la idea de que el universo sea resultado de una lucha divina o de la fragmentación de un ser primordial.
3. La naturaleza no es divina
Las cosmogonías de varias culturas del entorno de Israel divinizaban los astros, el mar, la tierra, la fertilidad y otros elementos naturales. El relato bíblico, en cambio, presenta el sol, la luna y las estrellas como criaturas.
Incluso evita nombrarlos directamente como divinidades y los describe como “lumbreras” destinadas a distinguir el día de la noche y a señalar los tiempos. De este modo, la naturaleza pierde su carácter sagrado autónomo y queda sometida al Dios creador.
4. Un mundo ordenado y declarado bueno
El texto bíblico presenta la creación como una obra estructurada en etapas. Dios separa la luz de las tinieblas, las aguas de la tierra seca y los distintos ámbitos de la realidad.
Al finalizar cada fase, el texto afirma que lo creado es bueno, y al concluir el conjunto declara que era “muy bueno”. Esta valoración positiva contrasta con ciertas visiones míticas en las que el mundo aparece como resultado accidental de enfrentamientos, como una realidad ambigua o como un espacio sometido a fuerzas imprevisibles.
5. El ser humano posee una dignidad especial
En muchas cosmogonías antiguas, el ser humano es creado para servir a los dioses, alimentarlos mediante sacrificios o realizar los trabajos que ellos desean evitar.
En el relato bíblico, aunque el ser humano recibe la responsabilidad de cultivar y cuidar la tierra, no aparece como un esclavo de los dioses. Hombre y mujer son creados a imagen y semejanza de Dios, lo que les confiere una dignidad singular.
Además, ambos participan de la bendición divina y reciben una misión común sobre la creación.
6. Igualdad fundamental entre hombre y mujer
El relato de Génesis 1 afirma conjuntamente la creación del hombre y de la mujer a imagen de Dios. Aunque Génesis 2 presenta una narración distinta y más detallada, ambos textos contribuyen a afirmar que la mujer no es un ser menor ni una simple propiedad del varón.
Esta perspectiva contrasta con determinados relatos mitológicos y estructuras sociales antiguas en las que la mujer aparece subordinada de manera absoluta o vinculada principalmente a funciones reproductivas y domésticas.
7. Ausencia de genealogías divinas y de sexualidad entre los dioses
En muchas cosmogonías, el origen del mundo está relacionado con uniones sexuales, nacimientos y genealogías de dioses. El relato bíblico no presenta a Dios engendrando el mundo ni manteniendo relaciones con una consorte divina.
La creación no es una descendencia de Dios, sino el resultado libre de su voluntad. Esta diferencia separa radicalmente la visión bíblica de los mitos en los que la realidad surge mediante procesos biológicos o sexuales atribuidos a las divinidades.
En definitiva, el relato bíblico de la creación se diferencia de las cosmogonías periféricas a Israel por su monoteísmo estricto, su rechazo de la violencia divina, su afirmación de que Dios trasciende el universo y su presentación de la naturaleza como creación, no como divinidad.
También destaca por considerar el mundo bueno y ordenado, y por otorgar al ser humano una dignidad especial al crearlo a imagen de Dios.
Aunque existen semejanzas literarias y temáticas con los relatos del antiguo Oriente Próximo, el mensaje teológico del texto bíblico es diferente: el universo no es fruto del azar, de la rivalidad entre dioses ni de una genealogía divina, sino de la voluntad libre y soberana de un único Creador.
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