Del “ecopecado” a la “ecoteología”

| Fuente: protestantedigital.com/rss/magacin

Del “ecopecado” a la “ecoteología”
Del “ecopecado” a la “ecoteología”

El término “ecopecado” fue propuesto por el teólogo católico italiano Carlo Casalone, en 2019, quien lo definió como “toda acción u omisión contra el entorno natural que provoque daños significativos a la casa común y sus habitantes”. 

Según Casalone, el ecopecado implica una falta ética hacia la creación y hacia el Creador, ya que afecta tanto al medio ambiente como a las personas, especialmente a las más vulnerables.

Esta noción busca incluir el daño ambiental dentro de la reflexión moral y religiosa, subrayando la responsabilidad individual y colectiva en la protección del planeta.

Que la humanidad haya provocado la explosión demográfica; que esté permitiendo la deforestación y desertificación, así como la pérdida de biodiversidad; que contribuya con su desarrollo tecnológico e industrialización al cambio climático, a la contaminación de las aguas, la tierra y el aire, etc., todas estas acciones se pueden cansiderar pecados.

Se trata de actos que rompen la armonía entre el Creador, su creación y la propia humanidad. El hombre usurpa el lugar de Dios al negarse a reconocer que es una criatura limitada. Tal es, por tanto, la raíz del ecopecado que causa buena parte de los actuales desequilibrios y amenazas. 

El peligro ecológico que se cierne hoy sobre el planeta y la humanidad nos manifiesta que vivimos de regalo, de los dones que Dios nos ha concedido gratuitamente.

Es evidente que el ser humano no es autosuficiente ya que no puede crear biosfera, ni atmósfera, ni hidrosfera, ni clima, ni vida. No es capaz de formar ningún otro sistema como la Tierra.

Por tanto, únicamente podemos ser cuidadores o mayordomos del singular ecosistema terrestre. Esto significa que necesitamos a Dios más que nunca ya que sus dones son los que nos permiten vivir.

El Creador se hace hoy presente en su creación y nos recuerda que no podemos ser verdaderamente felices si le damos la espalda. Tal como manifestó en su día el teólogo alemán Jürgen Moltmann: “en vez de dominar la tierra, el género humano debe hacerse ‘socio’ de Dios en la recreación de la vida”.

Este sería el camino que marcaría la dirección de la nueva “ecoteología” a que se refería el gran teólogo protestante.

El deseo divino para el ser humano era que éste trabajara durante seis días y descansara el séptimo. Este trabajo original no era ningún castigo, puesto que aún no se había cometido ningún pecado humano, sino una labor que reflejaba la confianza de Dios puesta en el hombre.

Las palabras divinas: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Gn. 1:28) suponen el trabajo humano querido y diseñado por el Creador.

Sin embargo, después de la rebelión humana y la caída, el trabajo degenera y se convierte en una pesada carga para el hombre. Dios le dice a Adán: “maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Gn. 3: 17-19).

No obstante, a pesar de semejante deterioro de la labor humana provocada por el pecado, el trabajo continúa siendo necesario y querido por Dios. Mediante él se obtiene el sustento diario de la familia. El trabajo forja la sociedad y permite la cultura y el progreso. 

El ser humano, mediante su trabajo, puede contribuir positivamente al mantenimiento de la creación, convirtiéndose así en “colaborador” de Dios. El trabajo respetuoso con el equilibrio ecológico glorifica al Creador.

Cuando el hombre deja de actuar como un explotador de la naturaleza y se comporta como usufructuario de ella, que sólo la usa bien, la disfruta y obtiene sus frutos, pero no la degrada ni estropea irreversiblemente, porque es consciente de que no le pertenece, entonces y sólo entonces está cumpliendo con la voluntad de Dios y, con su actitud, lo está glorificando. 

De la misma manera, la finalidad principal de la economía humana -entendida desde la óptica bíblica- no es sólo el beneficio económico unilateral sino la administración justa y equilibrada de los recursos para obtener de ellos el beneficio que satisfaga las necesidades humanas.

La economía debe estar guiada por los principios éticos y por el respeto a la dignidad del hombre. Esto implica, a su vez, que la consideración de los ecosistemas naturales debe estar contemplada también en una verdadera economía cristiana. Puesto que, si no se hace así, tarde o temprano la explotación irrespetuosa del medio ambiente incide negativamente sobre la economía y tiende a su propia destrucción. 

Es evidente que, en general, el progreso humano ha contribuido a mejorar la vida de las personas al impulsar avances científicos, tecnológicos, sociales y económicos. 

Gracias a estos cambios, muchas actividades cotidianas son más rápidas, seguras y accesibles que en el pasado. Uno de los mayores beneficios del progreso se observa en la medicina.

Las vacunas, los antibióticos, las técnicas quirúrgicas y las herramientas de diagnóstico han permitido prevenir enfermedades, mejorar los tratamientos y aumentar la esperanza de vida.

Además, la investigación médica facilita la detección temprana de diversos problemas de salud. La tecnología ha revolucionado la manera de comunicarse. Internet, los teléfonos móviles y las plataformas digitales permiten contactar con personas de cualquier lugar en pocos segundos. También han ampliado el acceso a la educación, las noticias, los libros y numerosos recursos de aprendizaje.

La automatización y las herramientas digitales han simplificado muchas tareas. En el trabajo, permiten organizar información, colaborar a distancia y realizar procesos con mayor precisión.

En el hogar, los electrodomésticos y otros dispositivos ayudan a ahorrar tiempo y esfuerzo. Los avances en el transporte han reducido las distancias y facilitado los viajes, el comercio y el intercambio cultural.

Las carreteras, los trenes, los aviones y los sistemas de navegación permiten desplazarse con mayor rapidez y conectar regiones antes aisladas.

El progreso no se limita a la tecnología. También incluye avances en los derechos humanos, la educación, la igualdad y la participación ciudadana.

Muchas sociedades han creado leyes e instituciones destinadas a proteger la dignidad de las personas y promover mejores oportunidades.

Sin embargo, el progreso también plantea desafíos, como la desigualdad en el acceso a la tecnología, la contaminación y la dependencia de los dispositivos digitales.

Por ello, debe orientarse hacia un desarrollo sostenible, inclusivo y responsable. En conjunto, el progreso ha mejorado la vida de las personas al ofrecer más oportunidades, conocimientos, seguridad y bienestar, siempre que sus beneficios se distribuyan de manera justa.

A pesar de todo esto, hace tiempo que el mito del progreso indefinido fue desechado. El progreso no siempre ha estado en sintonía con el respeto a la naturaleza ni con las exigencias de la persona humana.

Tanto la primera como la segunda revolución industrial causaron demasiados desastres ecológicos y muchos hombres y mujeres vieron como sus vidas eran vilmente explotadas.

Se puede afirmar que, tanto la derecha como la izquierda, cometieron excesos en este sentido. El capitalismo concibió los recursos naturales y a las propias personas como meros instrumentos de producción, con el fin de obtener mayores beneficios económicos y sin conceder apenas derechos laborales ni dignidad personal.

Por su parte, el mundo socialista y comunista -al subordinar a las personas a los intereses del Estado- contribuyó también a convertirlas en meras piezas de un engranaje estatal, despojadas igualmente de derechos y dignidad.

Los dirigentes vivían como los potentados del capitalismo, mientras que las clases trabajadoras eran asimismo explotadas por los líderes. Ante semejantes excesos, muchos consideran hoy que el ecologismo es incompatible con el progreso humano. Pero ¿lo es realmente?

El ecologismo no es necesariamente incompatible con el progreso humano. La cuestión principal consiste en definir qué se entiende por progreso y qué límites deben respetarse para que el desarrollo económico y tecnológico no destruya las condiciones que hacen posible una vida digna.

Durante mucho tiempo, el progreso se vinculó principalmente con el crecimiento de la producción, la expansión industrial y el aumento del consumo. Este modelo permitió mejorar la esperanza de vida, ampliar el acceso a bienes y servicios y reducir algunas formas de pobreza.

Sin embargo, también provocó contaminación, pérdida de biodiversidad, agotamiento de recursos y alteraciones climáticas que afectan especialmente a las poblaciones más vulnerables.

El ecologismo no tiene por qué significar un rechazo absoluto de la ciencia, la tecnología o la actividad económica. En muchos casos, propone orientar estos instrumentos hacia objetivos más sostenibles.

Las energías renovables, la eficiencia energética, el transporte público, la agricultura responsable y la economía circular muestran que es posible innovar reduciendo el impacto ambiental.

Además, la protección del medio ambiente puede impulsar nuevas oportunidades económicas. La transición ecológica favorece la creación de empleos relacionados con la rehabilitación de edificios, la investigación científica, la gestión de residuos, la movilidad sostenible y la conservación de los ecosistemas.

Desde esta perspectiva, cuidar la naturaleza no constituye un obstáculo para el progreso, sino una forma de garantizarlo a largo plazo.

Existen, no obstante, tensiones reales. Algunas medidas ambientales pueden aumentar temporalmente los costes de ciertos productos o afectar a sectores dependientes de combustibles fósiles. También pueden surgir conflictos entre la construcción de infraestructuras renovables y la protección de determinados paisajes o especies.

Por ello, la transición ecológica debe planificarse con criterios de justicia social, participación ciudadana y apoyo a las comunidades afectadas. El desafío consiste en evitar tanto el inmovilismo como las soluciones simplistas.

Un ecologismo eficaz debe reconocer las necesidades de empleo, vivienda, alimentación, energía y movilidad de la población. A su vez, las políticas de desarrollo deben considerar que los recursos naturales son limitados y que los daños ambientales pueden generar consecuencias económicas y sociales mucho más graves en el futuro.

El ecologismo y el progreso humano solo son incompatibles si se identifica el progreso con el consumo ilimitado y la explotación sin restricciones. Si el progreso se entiende como la capacidad de vivir mejor, con mayor salud, seguridad, igualdad y libertad, entonces la protección ambiental es una condición esencial.

El verdadero reto no es elegir entre desarrollo y naturaleza, sino construir un modelo en el que la innovación, la economía y el bienestar humano respeten los límites ecológicos del planeta.

El ecologismo impregnado de valores morales, que respeta el bienestar del ser humano y el medio ambiente, es querido por Dios ya que es lo que se muestra a lo largo de toda la Escritura. 

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