¿Qué somos?

| Fuente: protestantedigital.com/rss/magacin

¿Qué somos?
¿Qué somos?

Frente a todas las hipótesis existenciales, la Biblia concibe al ser humano como algo diferente al resto de la creación.

Los hombres y las mujeres son personas singulares que constituyen una especie biológica única con dimensiones no solo corporales, sino también anímicas y espirituales.

Ante las típicas cuestiones que, tarde o temprano, se plantea todo hombre o mujer, tales como: ¿quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Existe algo superior a mí? ¿Por qué la vida es tan confusa?

¿En qué me diferencio de los animales? ¿Cómo puedo saber lo que está bien y lo que no? ¿Por qué, a pesar del notable progreso humano, sigue habiendo miseria y guerras en el mundo?

¿Cómo es que, en pleno siglo XXI, continúan produciéndose masacres genocidas, terrorismo, violencia sexual, tráfico de personas, racismo y tantos otros males sociales? ¿Hacia dónde se encamina nuestra sociedad? ¿Hay algún motivo para la esperanza? La Escritura responde de manera realista, pero también optimista y esperanzada.

Veamos, en primer lugar, algunas ideas no bíblicas que proliferan hoy en el mundo, acerca del ser humano, y que, desgraciadamente, son susceptibles de introducirse también en las iglesias o congregaciones cristianas.

1.Un mono desnudo

Según la actual biología naturalista, el Homo sapiens no es más que pura física y química muy evolucionada. El zoólogo británico Desmond Morris -recientemente fallecido- fue quien acuñó, a finales de los 60, la famosa expresión “mono desnudo” para definir al hombre.[1] 

En su opinión, sólo seríamos “un simio sin pelo, de estación vertical y vida animal, con gran capacidad craneal y cerebral, sin hocico, dentadura más bien endeble, olfato mediocre, excelente visión y dotado para hablar”.[2] Nada más.

La mente humana sólo sería el producto de los intercambios electroquímicos que se dan en el cerebro. Nuestra actual cultura occidental -fundamentada sobre la teoría de la evolución no dirigida- concibe a los humanos como animales muy desarrollados que han llegado por azar a dominar la biosfera, convirtiéndose así en la peor y más dañina de las especies.

No obstante, esta concepción reduccionista del ser humano que sólo tiene en cuenta su dimensión física nos empobrece notablemente porque no contempla lo más significativo y singular. Es decir, el alma y el espíritu.

Sin embargo, Cristo les dijo a sus discípulos: “Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Mc. 8:36-37).

2. Un alma atrapada en un cuerpo

Lo más opuesto a la anterior concepción es creer que lo fundamental del ser humano es sólo su espíritu, pero no el cuerpo, por lo que éste tiende a despreciarse.

A lo largo de la historia ha habido diversos movimientos religiosos y filosóficos que han adoptado esta postura. Desde el dualismo del filósofo griego Platón y el gnosticismo de los primeros siglos del cristianismo -contra el que batalló el apóstol Pablo- hasta ciertas tendencias actuales de la Nueva Era.

No se trata de una idea muy popular en las sociedades modernas, pero sí suele darse todavía en algunas comunidades religiosas. El resultado de semejante creencia -tal como se señala- es el menosprecio o incluso el maltrato del cuerpo físico y también la tendencia a quitarle importancia moral a todas aquellas prácticas que pudieran realizarse por medio de él.

No obstante, el apóstol Pablo, refiriéndose a los gnósticos de su tiempo, escribió: “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia, prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad” (1 Tim. 4:1-3).

Y también: “tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne” (Col. 2:23).

3.Un Homo eroticus

Muchos autores, desde Sigmund Freud hasta el británico Richard Firth-Godbehere, han venido definiendo al hombre sobre todo por sus emociones y deseos sexuales.

Según el padre del psicoanálisis, los conflictos psicológicos que manifiestan los humanos surgen generalmente de la frustración de sus deseos sexuales más íntimos. Mientras que el investigador Firth-Godbehere propone que los sentimientos y los deseos han sido el verdadero motor de la historia.[3]

Según estos puntos de vista, lo más significativo del ser humano sería la libido o la tendencia a la satisfacción sexual y la procreación. Esta idea es asumida hoy por todas aquellas empresas que explotan y viven del sexo.

Desde la pornografía hasta la prostitución. Se trata de negocios vejatorios que conciben a los humanos como animales que sólo existen para recibir y dar placer.

Pero, al desvincular la sexualidad del amor conyugal y de los vínculos afectivos familiares, se generan consecuencias emocionales, psicológicas, relacionales y sociales que afectan gravemente a las personas y a la pareja.

Este tipo de sexo produce vacío afectivo, soledad, desconfianza, inseguridad, celos, heridas emocionales y problemas psicológicos. Tal sería el resultado de satisfacer lo que, en el Nuevo Testamento, se llama “los deseos de la carne”.

4. Un Homo economicus

En economía, el concepto de Homo economicus se emplea como una representación idealizada del individuo que busca siempre optimizar racionalmente su dinero o posesiones materiales mediante inversiones o negocios concretos.

Es evidente que esta definición del hombre o la mujer es capaz de deformarse y convertirse en la idea errónea de que el humano se define sobre todo por lo que posee.

Es fácil constatar que nuestra sociedad valora a las personas por lo que tienen y no tanto por lo que son. El apóstol Santiago detectó este error en la iglesia primitiva y lo denunció mediante las siguientes palabras:

“Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas.  Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido andrajoso, y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: Siéntate tú aquí en buen lugar; y decís al pobre: Estate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado; ¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con malos pensamientos? Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman? (Sant. 2:1-5).

Y también el Señor Jesús dijo: “Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.” (Lc. 12:15).

5.Un ser libre

La libertad es un rasgo fundamental del ser humano que le permite construir la propia identidad y dar sentido a la existencia. A lo largo de la historia, los cristianos han tenido que luchar contra leyes y sistemas políticos creados por el hombre que coartaban su libertad religiosa.

lNo obstante, hoy, en el mundo posmoderno, la libertad ha llegado a entenderse de otra manera, como poder hacer lo que a uno le plazca sin ningún tipo de limitaciones, siempre y cuando no perjudique a los demás o coarte también su libertad individual.

El relativismo actual entiende la libertad humana principalmente como la capacidad de cada persona para elegir sus valores, opiniones y formas de vida sin someterse a una verdad moral universalmente válida.

Según esta perspectiva, lo que se considera bueno, correcto o deseable depende del contexto cultural, histórico y personal en el que vive cada individuo.

Sin embargo, esta interpretación plantea numerosas dificultades. Si todos los valores fueran igualmente relativos, podría resultar complicado establecer criterios comunes para juzgar la injusticia, la violencia o la vulneración de los derechos humanos.

Además, una libertad entendida únicamente como ausencia de límites puede confundirse con el simple cumplimiento de los deseos personales inmediatos. La libertad necesita orientarse mediante la responsabilidad.

Elegir libremente no consiste solo en hacer lo que se quiere, sino también en comprender las consecuencias de las propias decisiones, reconocer la dignidad de otras personas y participar responsablemente en la vida social.

Para el cristiano, la verdadera libertad no está en hacer lo que a uno le venga en gana sino en vivir según el Espíritu del Señor, tal como escribe el apóstol Pablo: “Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Cor. 3:17). 

6.Un absurdo existencial

Según el existencialismo nihilista, el hombre no posee un sentido objetivo y predeterminado que le venga dado por la naturaleza o por el universo. Por lo tanto, su existencia puede considerarse absurda.

Ya en la tragedia Macbeth de William Shakespeare, escrita en el siglo XVII, se dice que la vida humana es como una sombra que camina, como un comediante que se mueve durante una hora sobre el escenario, como un cuento contado por un idiota y que no significa nada.[4]

Según los filósofos existencialistas, lo absurdo surgiría de la paradoja que hay entre el deseo humano de encontrar un propósito, un orden y una explicación definitiva y el silencio o la supuesta indiferencia del universo ante ese deseo.

El ser humano busca respuestas sobre su origen, su destino y el valor de sus decisiones, pero la realidad no ofrece necesariamente una respuesta objetiva.

Por supuesto, el existencialista no reconoce la Biblia como revelación divina, ni tampoco acepta la existencia de Dios. Pero ¿se puede vivir así, sin fe?

Cuando no se cree en Dios, hay que creer en el hombre. De ahí que, para no caer en la desesperación, los pensadores existencialistas propongan construir sentidos concretos, aunque sean provisionales y humanos.

Dicen que habría que procurar ser creadores responsables, capaces de transformar esa falta de fundamento en una oportunidad para vivir con mayor conciencia, autenticidad y compromiso.

Pero ¿es realista semejante pretensión? ¿Se puede confiar en que el hombre sea capaz de decidir bien su destino y el de los demás? Pienso que la historia nos ha dado demasiadas evidencias de todo lo contrario.

Pues bien, frente a todas estas concepciones del fenómeno humano, ¿qué nos dicen las Sagradas Escrituras? Hasta ahora, estas ideas no bíblicas procuran darle más importancia a alguna característica del hombre por encima de las demás. Con lo cual, al negar que somos creación de Dios, tienden a idolatrar algún aspecto humano.

7.¿Qué es el ser humano según la Biblia?

La antropología bíblica no concibe al hombre separado de Dios. La identidad de toda persona está inevitablemente ligada a su Creador y, desde esta perspectiva, la finalidad fundamental de la criatura humana es glorificarle y vivir en relación con él.

Todo lo que hacemos a lo largo de nuestra existencia debe servir para darle gloria y honor. Tal como escribe Pablo: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.” (1 Cor. 10:31). 

La doctrina bíblica acerca de la naturaleza humana dice que Dios nos creó a su imagen y semejanza en un estado de inocencia original. El hombre y la mujer eran libres y podían elegir entre el bien y el mal, entre obedecer al Creador o desobedecerle, entre pecar y no pecar.

No obstante, al rebelarse y querer ser autónomos o independientes de Dios, se decantaron por el mal moral y éste empapó sus almas. Como consecuencia de esta caída, ninguno de sus descendientes hasta el día de hoy puede dejar de pecar, sea de pensamiento, palabra u obra.

Sin embargo, cuando estos pecadores se unen de nuevo a Jesucristo por medio de la fe, que el Espíritu genera en sus corazones, son salvados del poder del pecado, gracias a sacrificio de Cristo.

Y, por último, la esperanza de todo creyente es que el Señor regresará y juzgará al mundo con justicia.

El cosmos será transformado, como le ocurrió al cuerpo de Jesús en su resurrección, y quienes creyeron en su nombre serán como él y le verán tal como él es. Según escribe Juan: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2). En resumen: somos imagen de Dios.

Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.

Notas

[1] Morris, D., 1968, El mono desnudo, Plaza & Janés, Barcelona.

[2] Lewis, J. & Towers, B., 1970, ¿Mono desnudo u Homo sapiens?, Plaza & Janés, Barcelona, p. 17.

 [3] Firth-Godbehere, R., 2022, Homo emoticus: La historia de la Humanidad contada a través de las emociones, Salamandra, Barcelona.

 [4] Shakespeare, W., 1623, The Tragedy of Macbeth, acto 5, escena 5.

¿Te gustaría ver tu marca aquí?

Anúnciate con Nosotros