Jürgen Moltmann, el conocido teólogo de la universidad alemana de Tübingen, decía, a finales de los 80, que “nos hemos acostumbrado a ver la vida humana de manera “sincrónica”: todos los hombres de una determinada época.
Sin embargo, una somera ojeada al Antiguo Testamento nos muestra que las culturas antiguas siempre han considerado la vida humana de manera “diacrónica”: todos los hombres en el transcurso de las sucesivas generaciones”.[1]
Quizás esto se deba en parte al creciente individualismo propio de nuestra actual cultura occidental. El hecho de entender a la humanidad únicamente como personas de la misma generación puede deberse a una visión limitada del tiempo y del impacto de nuestras acciones.
Esta perspectiva suele centrarse en las necesidades y problemas inmediatos, sin considerar cómo las decisiones actuales afectarán a las generaciones futuras. Además, la falta de conciencia histórica y la cultura del individualismo pueden contribuir a que se priorice el bienestar presente sobre la responsabilidad hacia quienes vendrán después.
Sin embargo, reconocer a la humanidad como un todo intergeneracional implica asumir un compromiso ético con la sostenibilidad y la solidaridad, garantizando que los recursos y el entorno sean preservados para las próximas generaciones.
De hecho, las personas no somos solamente seres sociales, sino también seres generacionales. Así fuimos creados por Dios, con la tendencia a dar vida unos a otros, convivir unos con otros, críar y educar a los descendientes, vivir para ellos hasta que puedan valerse por sí mismos y hacer lo propio.
Esto se aprecia bien en numerosos pasajes bíblicos tales como el Salmo 78:5-7, donde se afirma: “Él estableció testimonio en Jacob, y puso ley en Israel, la cual mandó a nuestros padres que la notificasen a sus hijos; para que lo sepa la generación venidera, y los hijos que nacerán; y los que se levantarán lo cuenten a sus hijos, a fin de que pongan en Dios su confianza, y no se olviden de las obras de Dios; que guarden sus mandamientos”.
Este pasaje subraya la importancia de transmitir enseñanzas y valores de una generación a otra, mostrando así una visión diacrónica de la humanidad.
Según la Escritura, existe una responsabilidad moral implícita que motiva a los padres a cuidar de sus hijos cuando éstos son pequeños e indefensos y, a la vez, estipula que los hijos cuiden también de sus padres, en el momento en que éstos lo necesiten.
Cada critura humana está inmersa en una especie de cadena generacional de la que depende su propia existencia y, por ello, está moralmente obligada a proteger también a sus descendientes y progenitores.
Según la Biblia, el concepto de "prójimo" se refiere a cualquier persona que necesita ayuda, independientemente de su origen, religión o condición social. Jesús, en la parábola del buen samaritano (Lucas 10:25-37), enseña que el prójimo no es solo quien comparte nuestra cultura o creencias, sino todo aquel a quien podemos mostrar compasión y misericordia.
Por tanto, el mandamiento de "amar al prójimo como a uno mismo" implica actuar con empatía y solidaridad hacia todos, extendiendo la ayuda y el respeto incluso a quienes consideramos extraños o diferentes. La propuesta bíblica de la projimidad se extiende también a las jóvenes generaciones que herederán el mundo que les dejemos.
No obstante, lo que podemos observar actualmente en las sociedades modernas no es sólo un egoísmo individualista sino también colectivo e intergeneracional. Nuestra generación está esquilmando el planeta como si fuera exclusivamente suyo y ésta no tuviera la obligación moral de dejárselo en herencia a la siguiente.
Los hidrocarburos naturales como el petróleo, el gas y el carbón, en los que hemos basado buena parte de nuestra economía, se están agotando.
La deforestación se extiende por las regiones más vulnerables del planeta. Los suelos se degradan debido a la acción irresponsable de numerosos factores provocados por el hombre.
La atmósfera se calienta por culpa de los gases de efecto invernadero generados sobre todo por la quema de combustibles fósiles. Los polos se derriten y asciende el nivel del mar.
La sobrepesca agota los caladeros tradiciones. Los residuos tóxicos se acumulan esperando que nuestros hijos descubran cómo eliminarlos. Hemos generado una enorme deuda que las futuras generaciones tendrán que pagar.
Y así, se podría continuar con una lista creciente de inconvenientes ecológicos que auguran una triste herencia para nuestros hijos. Sin embargo, según predica la propia Escritura, la humanidad sólo puede sobrevivir si existe un adecuado equilibrio de recursos y valores entre la generación presente y la futura.
Cuando esta cadena generacional se rompe sobreviene la catástrofe porque se pierde el equilibrio necesario entre la transmisión de valores, conocimientos y recursos que garantizan la sostenibilidad de la vida y del entorno.
Al fallar la responsabilidad de una generación hacia la siguiente, se pone en peligro tanto el bienestar de los descendientes como la preservación del planeta, ya que no se asegura la continuidad de prácticas responsables ni la protección de los recursos naturales.
De este modo, la falta de solidaridad y previsión intergeneracional conduce a un deterioro irreversible del medio ambiente y a una crisis social y moral que afecta a toda la humanidad.
En el mundo del Antiguo Testamento, era perfectamente natural entregar intacta la tierra a los descendientes, tal y como los progenitores se la habían encontrado.
Sin embargo, hoy esto ya no es así y urge, por tanto, volver a establecer este derecho hereditario bíblico entre generaciones. La cosmovisión bíblica consideraba la tierra como un regalo de Dios que debía cuidarse y protegerse, evitando su degradación o pérdida.
Los textos del Antiguo Testamento muestran que existía un profundo respeto por la transmisión generacional de la tierra, y las leyes mosaicas establecían mecanismos para que las propiedades familiares permanecieran dentro del clan y se devolvieran en el año del jubileo, garantizando así la continuidad y estabilidad de las generaciones futuras.
Esta práctica reflejaba una ética de responsabilidad intergeneracional y el compromiso de los progenitores de dejar a sus hijos un legado digno y sostenible.
Esta transmisión generacional de la tierra se refleja en diversos versículos bíblicos. Por ejemplo, en Levítico 25:23-28 se establece que la tierra no debe venderse de manera perpetua, ya que pertenece a Dios y los israelitas son solo sus administradores.
Asimismo, en Números 36:7 se menciona que las heredades de los hijos de Israel deben permanecer dentro de cada tribu, evitando que se transfieran de una familia a otra.
Otro ejemplo se encuentra en Deuteronomio 19:14, donde se prohíbe mover los linderos antiguos que los antepasados establecieron, subrayando la importancia de respetar la herencia recibida. Estos pasajes evidencian cómo la Biblia promueve la preservación y el respeto por la tierra como legado entre generaciones.
[1] Moltmann, J., 1992, La justicia crea futuro, Sal Terrae, Santander, p. 23.
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