En el Antiguo Testamento se pone de manifiesto cómo los humanos han valorado y usado los minerales y otros materiales terrestres desde la más remota antigüedad.
El rey David decía hace unos tres mil años: “Yo con todas mis fuerzas he preparado para la casa de mi Dios, oro para las cosas de oro, plata para las cosas de plata, bronce para las de bronce, hierro para las de hierro, y madera para las de madera; y piedras de ónice, piedras preciosas, piedras negras, piedras de diversos colores, y toda clase de piedras preciosas, y piedras de mármol en abundancia” (1 Cr. 29:2).
El ser humano ha influido desde siempre en los ciclos naturales de los elementos químicos porque los ha utilizado como materia prima en sus construcciones, utensilios, agricultura y tecnología.
Las ciencias experimentales han comprobado que el funcionamiento de los elementos químicos esenciales en la biosfera de la Tierra es cíclico, casi perfecto y una condición indispensable para el mantenimiento de la vida.
Hay que tener en cuenta que no nos llegan elementos químicos del espacio en cantidades significativas, por tanto, si éstos desaparecieran o se agotaran no habría manera de reponerlos. Ahora bien ¿existe ese peligro?
El fósforo, por ejemplo, abunda en las rocas que contienen fosfatos y en el guano depositado en la costa por las aves marinas. Los procesos erosivos arrastran dicho fósforo desde las montañas a las tierras bajas fertilizándolas y favoreciendo el crecimiento de la vegetación, así como el de los animales herbívoros y sus depredadores carnívoros.
Todos los ecosistemas terrestres se benefician de tal aporte de fósforo. Finalmente, los ríos y las aguas subterráneas lo arrastran al mar donde se deposita despacio formando capas de sedimentos profundos.
Allí puede permanecer muchos años hasta que los procesos geológicos lo vuelven a elevar en la formación de las montañas. Pues bien, este ciclo natural ha sido gravemente afectado por el aumento del empleo de abonos en los cultivos humanos.
El hombre ha interferido fabricando y empleando un exceso de fertilizantes ricos en fósforo que son arrastrados hasta los fondos marinos para permanecer allí por tiempo indefinido ya que los procesos de recuperación para la biosfera no son, ni mucho menos, tan rápidos como los vertidos al mar.
Con el ciclo del carbono ha pasado lo mismo. La quema de combustibles fósiles que estaban inmovilizados en la corteza terrestre desde hace millones de años, tales como el carbón, el petróleo o el gas natural, ha provocado que grandes cantidades de carbono -sobre todo en forma de CO2- se reintegren en el ciclo y aumenten drásticamente su concentración en la atmósfera, rompiendo el equilibrio natural.
Este exceso de carbono actúa como un "manto" que atrapa el calor del sol, intensificando el efecto invernadero y provocando un aumento de la temperatura global.
Entre las consecuencias directas de esta alteración se encuentran el calentamiento global que eleva la temperatura y altera los ecosistemas; la acidificación de los océanos ya que las aguas absorben gran parte de este CO2, lo que altera su pH y amenaza la vida marina, especialmente a los arrecifes de coral; el incremento de fenómenos meteorológicos extremos como inundaciones, sequías, incendios masivos, etc., así como el deshielo de los Polos y la subida del nivel del mar.
Es evidente que las reservas de los minerales más escasos son susceptibles de agotamiento. Con este tema se ha venido produciendo un cierto alarmismo.
Por ejemplo, a principios de los 70 del pasado siglo, se decía que los principales metales y minerales se agotarían antes de terminar el siglo XX.[1] Sabemos que afortunadamente no fue así.
Sin embargo, la posibilidad de que las reservas de uranio, plomo, cinc, oro, plata, platino y otros minerales se agoten durante el siglo XXI es un tema debatido entre expertos.
Aunque es cierto que la demanda de estos recursos sigue aumentando debido al crecimiento industrial y tecnológico, el agotamiento total no está garantizado a corto plazo.
La disponibilidad depende de factores como el avance en técnicas de extracción, el descubrimiento de nuevos yacimientos, el reciclaje y la eficiencia en el uso de los materiales.
Sin embargo, algunos estudios advierten que, si el consumo continúa al ritmo actual y no se desarrollan alternativas sostenibles, ciertos metales estratégicos podrían alcanzar niveles críticos hacia finales de siglo, lo que supondría un desafío para la industria y el medio ambiente. Por ello, es fundamental fomentar la economía circular y la investigación en materiales sustitutos para evitar una crisis de recursos minerales.
Por lo que respecta a las llamadas “tierras raras”, conviene decir que, en realidad, no son tan raras ya que abundan por toda la corteza terrestre. El problema es que resulta difícil encontrarlas en cantidades suficientemente altas como para realizar una extracción rentable.
Se trata de un grupo de diecisiete elementos químicos de la tabla periódica (los llamados “lantánidos” más el escandio y el itrio) que tienen propiedades magnéticas, luminiscentes y electroquímicas.
Hoy se consideran como las “vitaminas” de la industria moderna ya que se usan para fabricar smartphones, pantallas LED, discos duros de los ordenadores, baterías de vehículos eléctricos, motores de aviones, máquinas de resonancia magnética para la medicina, etc., etc.
De ahí el interés de los gobiernos y las industrias por hacerse con tales tierras. En Groenlandia, por ejemplo, existen depósitos significativos de tierras raras que se encuentran principalmente en el sur de la isla, en áreas como Kvanefjeld.
Esta isla está considerada una de las regiones con mayor potencial de explotación de tierras raras fuera de China, ya que posee grandes reservas de estos minerales estratégicos.
La posibilidad de extracción de tierras raras en Groenlandia ha generado interés internacional, pero también controversia debido a su posible impacto ambiental y social, así como por su importancia geopolítica para la transición energética y la independencia tecnológica de Europa.
La explotación de tierras raras en Groenlandia tendría un impacto ambiental significativo, principalmente debido a la alteración de ecosistemas vírgenes y al riesgo de contaminación de suelos y aguas por residuos tóxicos generados durante el proceso de extracción y procesamiento.
Además, el uso de productos químicos para separar los elementos puede provocar la liberación de sustancias peligrosas, afectando tanto la biodiversidad local como la salud de las comunidades cercanas.
El deshielo acelerado por el cambio climático podría agravar estos efectos, facilitando la dispersión de contaminantes y dificultando la recuperación de los hábitats afectados.
Por tanto, es imprescindible implementar estrictas medidas de protección ambiental y realizar estudios de impacto antes de iniciar cualquier actividad minera en la región.
Finalmente, conviene tener en cuenta que el uso de combustibles fósiles alcanzará un límite a partir del cual decaerá bruscamente, a medida que se vayan agotando los recursos. Como alternativa, las energías renovables se presentan como la opción más sostenible y eficiente.
Fuentes como la solar, la eólica, la hidroeléctrica y la biomasa permiten generar electricidad y calor sin emitir gases de efecto invernadero ni agotar recursos naturales.
Además, el desarrollo de tecnologías como el almacenamiento de energía y la movilidad eléctrica está impulsando la transición hacia sistemas energéticos más limpios y descentralizados.
La apuesta por estas alternativas contribuye a mitigar el cambio climático, reduce la dependencia de combustibles fósiles y favorece un modelo económico más respetuoso con el medio ambiente.
Todo esto son opciones actuales que, desde una ética cristiana de respeto a la creación, se deben implementar y que, como creyentes convencidos de que la Tierra pertenece al Señor Jesús, debemos apoyar en nuestro contexto social.
[1] Terradas, J., 1971, Ecología hoy, Teide, Barcelona, p. 133.
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