¿Son inteligentes las plantas?

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¿Son inteligentes las plantas?
¿Son inteligentes las plantas?

Los botánicos saben que algunos arbustos como el maíz o el tabaco y ciertos árboles como los arces, álamos, sauces o robles, cuando sus hojas son consumidas por ciertas orugas, pueden detectar la química de la saliva de tales lepidópteros y, en base a ella, fabricar compuestos orgánicos volátiles (VOCs) -conocidos también como “volátiles inducidos por herbivoría”, del inglés Herbivore-Induced Plant Volatiles (HIPVs)- que serán lanzados al aire con la finalidad de atraer depredadores de las orugas agresoras.

En ocasiones, tales depredadores son avispas que parasitan a dichas larvas de mariposa. Ponen sus huevos en el cuerpo de éstas y cuando nacen las crías se alimentan de las orugas y las destruyen.

De esta manera, la planta no mata directamente al insecto, sino que se defiende solicitando la ayuda de un enemigo natural de éste.

Es un ejemplo de defensa indirecta en el que un vegetal pide la ayuda de un animal para deshacerse de la agresión de otro animal.

De manera que un organismo sin sistema nervioso ni cerebro moviliza animales que sí poseen tales órganos y sistemas con la finalidad de protegerse de otros animales. ¿No parece esto un comportamiento inteligente? 

Además, este combinado de sustancias volátiles puede viajar por el aire y alertar a otras zonas del mismo árbol o incluso de otros árboles vecinos para que también reaccionen y se sumen al combate químico, pidiendo ayuda a animales enemigos de las orugas.

En algunos casos, la planta produce también defensas químicas internas como taninos, alcaloides, etc., que actúan directamente sobre el organismo agresor destruyéndolo.

Cuando una determinada oruga muerde la hoja del árbol le produce un daño mecánico que activa las defensas básicas. Enzimas y otros compuestos de la saliva de la oruga, como los llamados “elicitores”, son detectados por la planta y le permiten saber que el daño identificado en la hoja no ha sido provocado por el granizo, la lluvia o el viento, sino por un insecto herbívoro.

Los elicitores son moléculas naturales (aunque ya existen también sintéticas) que ponen en alerta a las plantas, reprogramando sus genes y activando sus defensas naturales.

Se utilizan en la agricultura sostenible para mejorar la resistencia de los cultivos a las enfermedades, plagas o condiciones ambientales adversas. Los elicitores se unen a ciertos receptores de la membrana que hay en las células de la planta, desencadenando una respuesta en cascada.

Ponen en marcha vías metabólicas como las del ácido salicílico y el ácido jasmónico que producen defensas químicas y físicas como terpenos, flavonoides, fitoalexinas o lignina, que son sustancias antimicrobianas y antioxidantes.

Estos elicitores se emplean en la agricultura ecológica porque reducen la necesidad de los agroquímicos que contaminan el suelo y el agua, aumentan la resistencia de las plantas a las plagas, la sequía o la salinidad del suelo y mejoran su crecimiento, así como la calidad nutricional de sus frutos. 

Este comportamiento biológico de los vegetales resulta sorprendente porque implica que, a pesar de carecer de cerebro y sistema nervioso, son capaces de distinguir entre determinados tipos de agresores, pueden procesar señales químicas complejas y manipular el comportamiento de ciertos animales a su favor.

Por tanto ¿puede hablarse de una inteligencia vegetal? Las plantas son capaces de percibir estímulos muy variados, tales como la luz, ciertas sustancias químicas, determinados daños mecánicos, la gravedad, etc.

Pueden asimismo integrar todos estos estímulos y señales para ajustar una respuesta adecuada.

Tienen una memoria fisiológica a corto y largo plazo. Lógicamente todo esto se parece a lo que también hace los animales, de ahí la tentación de llamarlo “inteligencia”.

Sin embargo, la definición de inteligencia desde el punto de vista biológico implica la existencia de un sistema nervioso formado por neurosas y un cerebro centralizado que procese todos los estímulos y sea capaz de representar internamente el entorno, así como de aprender de él.

Nada de todo esto se da en los vegetales. Sus respuestas no son “decisiones” sino cascadas bioquímicas reguladas por genes y hormonas.

Ahora bien, lo que sí tienen las plantas es “sensibilidad” mediante receptores químicos y físicos muy sofisticados; una “integración distribuida” por medio de miles de células que reaccionan localmente y entre todas generan un patrón global; cierta “plasticidad fenotípica” ya que pueden cambiar su forma y su química según el entorno y una “memoria fisiológica” que les permite cambios epigenéticos, niveles hormonales duraderos y determinadas respuestas defensivas.

Y todo esto -que no es poco- lo realizan las plantas sin cognición. De manera que no es correcto decir, por ejemplo, que el roble “sabe” que una oruga se está comiendo sus hojas y “decide” pedir ayuda.

Esto sería un antropomorfismo que puede ser útil como explicación divulgativa, pero sin ser exacto. Lo correcto, desde la botánica, sería decir que ciertos compuestos químicos de la saliva de las orugas activan determinadas vías metabólicas de la planta que aumentan la emisión de volátiles capaces de atraer avispas depredadoras. 

No obstante, ¿cómo puede hacer todo esto una planta que no piensa? ¿Quién pensó por ella para que se convirtiera en un sistema químico autoorganizado, extremadamente complejo y sumamente eficiente, a pesar de carecer de mente?

Aunque no tienen conciencia ni inteligencia, los vegetales siguen siendo impresionantes. ¿Pudo la sola química, la física y la selección natural crearlos así tal como son o, por el contrario, evidencian un diseño inteligente real?

El naturalismo materialista quiere que creamos que los árboles son como termostatos insensibles que únicamente responden a la temperatura del ambiente y que aparecieron por casualidad, sólo por puras física y química evolutivas.

Sin embargo, el complejo diseño de los sistemas biológicos vegetales no puede depender exclusivamente del azar porque muestran una organización altamente específica y coordinada, con funciones precisas y mecanismos de respuesta sofisticados ante el entorno. 

La mera acumulación aleatoria de cambios -tal como propone el darwinismo- no explicaría la aparición de estructuras tan complejas y eficientes, como la capacidad de las plantas para detectar estímulos, almacenar memoria fisiológica o activar defensas químicas en función de amenazas concretas.

Estos procesos requieren una integración y regulación genética que va más allá de la simple casualidad.

Además, el hecho de que los vegetales carezcan de mente o conciencia, pero logren desarrollar sistemas autoorganizados y altamente eficientes, plantea preguntas sobre el origen de ese diseño biológico. 

Muchos científicos consideran que la complejidad funcional observada en los vegetales es resultado de millones de años de evolución, donde la selección natural ha favorecido las combinaciones más adaptativas y eficientes, descartando las que no aportaban ventajas.

Sin embargo, para algunos, la extraordinaria sofisticación y coordinación de estos sistemas no puede explicarse sólo por azar, sino que podría ser indicio de un principio organizador subyacente o incluso de un diseño intencionado.

En mi opinión, sólo una poderosa mente creadora puede dar razón de tal complejidad biológica.

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