La creación como obra de Dios

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La creación como obra de Dios
La creación como obra de Dios

El Credo niceno del siglo IV d. C. empieza con esta frase: “Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador de todas las cosas visibles e invisibles”. Así comienza también el primer capítulo de la Biblia: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Sin embargo, en la actualidad, algunas de las objeciones populares contra el cristianismo proceden de una mala interpretación de los primeros capítulos de Génesis.

¿Quién puede hoy aceptar que el universo se creara en seis días? ¿Cómo es posible que primero se formara la luz antes de que fueran creados el Sol, la Luna y las estrellas?

¿Alguna vez estuvo la Tierra completamente cubierta de agua? ¿Acaso las ballenas aparecieron primero y después los grandes mamíferos terrestres? ¿Fue el Diluvio realmente un fenómeno universal?

Muchas personas se preguntan, ¿por qué se debería tomar en serio un libro que contradice los descubrimientos de la ciencia desde sus primeras páginas? 

Opiniones escépticas, como las del biólogo inglés Richard Dawkins, han calado en la población, contribuyendo a la idea generalizada de que la religión es enemiga de la ciencia y del verdadero conocimiento.

En su libro El espejismo de Dios, Dawkins escribe: “El fundamentalismo religioso se obstina en destruir la educación científica de un número incontable de mentes jóvenes, inocentes, bienintencionadas y ansiosas por aprender. Es posible que la religión no fundamentalista, “considerada”, no esté haciendo eso, pero está haciendo del mundo un lugar más propicio para los fundamentalistas a fuerza de enseñar a los niños desde su más tierna infancia que no cuestionar la fe es una virtud”.[1] 

Ideas como ésta han convencido a muchos, incluso a ciertos teólogos cristianos, de que la Biblia carece de credibilidad científica.

Ante tales críticas, los cristianos han desarrollado por lo menos cuatro diferentes respuestas.

Unos están convencidos de que la ciencia y las Escrituras no tienen nada que ver entre sí. Supuestamente, serían saberes completamente independientes, incapaces de solaparse y por tanto no podría haber conflicto entre ellos.

La ciencia intentaría responder a preguntas sobre el “qué” y el “cómo”, mientras que la religión abordaría el “por qué”, de las cosas.

Esta era la opinión del famoso geólogo ateo Stephen Jay Gould, quien escribió: “No veo de qué manera la ciencia y la religión podrían unificarse, o siquiera sintetizarse, bajo un plan común de explicación o análisis; pero tampoco entiendo por qué las dos empresas tendrían que experimentar ningún conflicto”.[2] 

Algunos creyentes han venido adoptando también esta misma postura. No habría enfrentamiento porque supuestamente el relato de Génesis sería mítico y no científico.

Otros cristianos consideran que eso no es así, sino que la ciencia humana y la revelación divina entran claramente en un conflicto directo.

Desde el creacionismo de la tierra joven, por ejemplo, se defiende la idea de que el verdadero cristiano debe aceptar la literalidad bíblica en contra de los descubrimientos de la ciencia del hombre.

Así, el famoso apologista australiano, Ken Ham, afirma que “una creencia en (los) millones de años de evolución no sólo contradice las enseñanzas claras de Génesis y el resto de las Escrituras, sino que también impugna el carácter de Dios. Él nos dice en el libro de Génesis que Él creó el universo entero y todo lo que hay en él en seis días por Su palabra”.[3] 

Por tanto, según esta opinión, el relato bíblico sería absolutamente irreconciliable con la ciencia moderna y, en consecuencia, habría que dudar de la exactitud de ésta.

No obstante, un tercer grupo importante de cristianos piensa que la ciencia y las Escrituras pueden complementarse ya que se solapan parcialmente entre sí.

En este sentido, el genetista norteamericano Francis Collins -que es evolucionista teísta- afirma que ambas disciplinas (ciencia y Biblia) proponen un inicio temporal del cosmos, así como un origen para la materia-energía, el espacio y el tiempo.

“El Big Bang exige una explicación divina. Obliga a la conclusión de que la naturaleza tuvo un inicio definido. No veo cómo la naturaleza se hubiera podido crear a sí misma. Sólo una fuerza sobrenatural fuera del espacio y del tiempo podría haberlo hecho”.[4] 

Sin embargo, en lo que respecta al texto de Génesis, se considera que carece de aplicación o veracidad científica y que por tanto debería interpretarse sólo en el contexto cultural e histórico, en relación con los mitos de Oriente.

Algunos incluso sugieren que Dios aceptó en su revelación ciertas ideas equivocadas acerca de la naturaleza, propias de los humanos antiguos, con el fin de comunicarse mejor con ellos.[5] Este es un modelo que atrae cada vez más adeptos en la actualidad.

Finalmente, existe también una última posibilidad bastante desconocida y que es precisamente la que nos parece más acertada. Se trata de la integración entre el relato bíblico y todos los descubrimientos científicos firmemente contrastados y aceptados hoy.

Este planteamiento se basa en el respeto a la Biblia, considerada como Palabra inspirada por Dios e inerrante, así como a la ciencia humana despojada de cualquier tipo de ideología.

No se trata de ningún concordismo nuevo, sino que hunde sus raíces en el espíritu protestante de la Confesión Belga de 1561. En ella se plasmaron las ideas de grandes teólogos cristianos desde los apóstoles, los padres de la iglesia como Atanasio, pasando por Agustín de Hipona y hasta reformadores como Juan Calvino y otros.

En el segundo artículo de dicha Confesión se afirma que tanto las palabras de la Biblia como el registro de la naturaleza proporcionan una revelación fidedigna y fiable acerca de Dios.

Actualmente este modelo es defendido sobre todo por el astrónomo canadiense Hugh Ross, quien manifiesta que: “alrededor de 1.400 versículos bíblicos describen fenómenos naturales, así como historia natural, todos los cuales pueden ponerse a prueba a la luz de los descubrimientos en curso”.[6] 

Según su planteamiento, cada libro bíblico comunica verdades relevantes para todas las generaciones de la humanidad, no sólo para los antiguos. Cada pasaje revela la verdad en capas sucesivas, con diferentes niveles de significado y, sin embargo, nunca se contradice, a pesar del avance de los conocimientos humanos.

No obstante, es posible que, en ocasiones, puedan surgir conflictos entre teología y ciencia, ya que de hecho la teología es el esfuerzo humano por entender las palabras de la Biblia.

De la misma manera que la ciencia es también el intento por comprender el mundo natural. De ahí que, a veces, como el conocimiento humano es siempre incompleto, tanto los teólogos como los científicos puedan llegar a conclusiones erróneas en sus respectivos campos.

En el caso concreto del debate sobre creación-evolución, este modelo de integración constructiva acepta las grandes eras geológicas y los millones de años de la geología histórica estándar, así como el orden de aparición de los grandes grupos de seres vivos, pero rechaza que éstos hayan surgido por simple evolución al azar, como propone el neodarwinismo.

La ciencia hoy está perpleja ante la aparición de moléculas como el ADN, las primeras células, los invertebrados del Cámbrico y tantos otros organismos que sustituyeron rápidamente a las grandes extinciones registradas, el surgimiento de la conciencia humana, etc. Es como si tales asuntos se resistieran a las explicaciones exclusivamente naturales.

El principal objetivo de esta última respuesta es demostrar que cuanto más escudriñamos y aprendemos de la Biblia, así como de las ciencias experimentales, más convincentes son los argumentos a favor de la existencia y la identidad de Dios.

Al fin y al cabo, las palabras reveladas de la Escritura y los hechos naturales que se observan en la creación proceden de la misma fuente. Dios es el autor del libro de la naturaleza y de la Biblia. 

La Biblia empieza afirmando que hubo un principio y que tal inicio de todas las cosas se debió exclusivamente a la acción del único y eterno Dios creador. Por supuesto que esto contradecía las creencias míticas de las culturas periféricas a Israel, que suponían la eternidad de la materia y que a partir de ésta se habrían formado las divinidades.

El texto bíblico dice precisamente todo lo contrario. Sin embargo, no creo que se trate sólo de un relato teológico opuesto al paganismo antiguo, sino que hay mucha más información verídica detrás de esta narración bíblica, tal como se puede comprobar analizando las principales conclusiones de las ciencias experimentales contemporáneas.

A veces, se dice que un texto compuesto hace miles de años difícilmente puede tener algo que ver con la cosmovisión científica de hoy. Sin embargo, la Biblia no es un libro cualquiera y lo que en ella se afirma tiene mucha más trascendencia de lo que pudiera pensarse.

Durante muchos siglos, la humanidad creyó que el mundo había existido desde siempre. El hinduismo, por ejemplo, venía proponiendo que el universo era cíclico, que nacía, crecía, moría, volvía a renacer y así sucesiva o eternamente.

Aristóteles defendía también la eternidad del cosmos y estaba convencido de que, aunque la región inferior del mundo estaba poblada por seres finitos como nosotros, los constituyentes últimos de la materia eran indestructibles y eternos.

Más tarde, filósofos como Immanuel Kant y otros propusieron asimismo en sus escritos que el universo era infinitamente antiguo. Esta creencia es precisamente la que sostuvo la ciencia oficial hasta la aparición de la teoría cosmológica del Big Bang, a principios del siglo XX, y es la que todavía continúan añorando algunos nostálgicos de la eternidad de la materia.

Sin embargo, las evidencias que sustentan un principio para todo lo material, la energía, el espacio y el tiempo son cada vez más sólidas, tal como afirma el primer versículo bíblico. Según éste, “los cielos y la tierra” -materia finita- fueron creados por el Dios infinito, que está más allá del mundo material porque es trascendente y eterno.

Tal mensaje revelado fue verídico y pertinente en su momento, pero también lo sigue siendo todavía hoy. 

El verbo “creó” se escribe “bara” en hebreo y suele emplearse en aquellas frases en las que el sujeto es Dios. Sólo Él puede llamar a la existencia aquello que antes no existía. Sólo Dios puede crear.

En ocasiones suele decirse que el ser humano “crea” cosas tales como máquinas, obras de arte, libros, ciudades, etc., sin embargo, todo esto siempre se hace a partir de materiales preexistentes.

La verdadera creación a partir de la nada (creatio ex nihilo) sólo puede realizarla el Altísimo. Curiosamente, este verbo hebreo bara (crear) sólo se emplea en el primer capítulo de Génesis para tres cosas: la creación de los cielos y la tierra; a propósito de los animales marinos y las aves; así como en la creación del ser humano como varón y hembra.

Es como si se quisiera indicar que Dios creó algo radicalmente nuevo que antes no existía, como el universo, la vida animal y la humana.

Algunos dicen que el verbo bara se usa en el Antiguo Testamento no sólo para la creación de cosas materiales por parte de Dios, sino también para cosas inmateriales como el propio pueblo de Israel, la oscuridad, la localización geográfica del norte y el sur, el rey de Tiro, etc.[7] Sin embargo, nada de todo esto es verdaderamente inmaterial ya que también forma parte del mundo material creado por Dios o es consecuencia de la materia.

De manera que la doctrina cristiana de la creación a partir de la nada, tal como han reconocido tantos teólogos a lo largo de la historia, está bien fundamentada en el texto de Génesis. 

Por su parte, la palabra hebrea que se traduce por “cielos” es “shamayim” y posee tres significados diferentes en el mundo de la Biblia: la zona donde se forman las nubes y se genera la lluvia, que actualmente se llama troposfera; el espacio sideral de los astros y las estrellas, conocido propiamente como universo; así como la morada espiritual desde donde gobierna Dios.

De ahí que en la antigüedad se hablara del primer, segundo y tercer cielo. Por ejemplo, el apóstol Pablo se refiere a un hombre que “fue arrebatado hasta el tercer cielo”, es decir al paraíso celestial (2 Co. 12:2-4).

Como el hebreo de la Biblia no posee ninguna palabra específica para referirse al universo, el término shamayim debe entenderse como el segundo cielo antiguo o la totalidad del universo físico. De manera que, según el primer versículo de Génesis uno, el universo, así como el espacio y el tiempo, empezaron a existir gracias a un acto creativo de Dios.

Ninguna otra religión que no se inspire en la Biblia (como el Corán o los escritos mormones) se atrevió jamás a decir lo mismo. Sólo la Escritura afirma que todo vino de la nada, gracias a la milagrosa actividad del único Dios trascendente.

La primera confirmación científica de esta aseveración bíblica vino de la mano de la observación de la velocidad a la que se movían las galaxias, que indicaba un principio del cosmos.[8] 

El doctor Hugh Ross -astrónomo canadiense- resume así las consecuencias de dicha observación: “el teorema del espacio-tiempo estableció que un universo que contiene masa y en el que la relatividad general describe con fiabilidad los movimientos de los cuerpos astronómicos debe remontarse a un principio del espacio y el tiempo, lo cual implica que fue traído a la existencia por un Agente causal que trasciende el espacio y el tiempo”.[9] 

Posteriormente, numerosos trabajos científicos han venido confirmando este principio espacio-temporal del cosmos.

Entre el primer y segundo versículos de Génesis uno, hay un punto sumamente significativo que ha hecho correr mucha tinta a lo largo de la historia. Algunos teólogos se inventaron la llamada “teoría de la brecha” con el fin de encajar los miles de millones de años que postula la ciencia.

Dicha teoría supone que el mundo perfecto creado al principio degeneró y se volvió desordenado, vacío y en tinieblas. Otros fueron más allá y aseguraron que dicho cambio se debió a la acción negativa de Satanás y sus huestes malignas.

Por lo tanto, los seis días de la creación corresponderían a la restauración posterior de dicho mundo degenerado y habrían sido días literales de 24 horas.

En este sentido, la Biblia anotada de Scofield hace el siguiente comentario: “la tierra había sufrido un cambio catastrófico como resultado del juicio divino. Por toda la faz de la tierra hay evidencias de tal cataclismo. En las Escrituras hay ciertas insinuaciones acerca de la posible relación de este evento con el de la prueba y caída de ciertos ángeles, en el período precedente”.[10] 

No obstante, esta teoría tiene varios puntos débiles. El principal de ellos es que se fundamenta en una mala traducción del verbo hebreo “hayâ”. En vez de traducirlo por “estaba” -que es lo correcto- lo interpretan como “llegó a estar”, sugiriendo así que la Tierra no empezó sin forma y vacía, sino que llegó a estar sin forma y vacía.

Acto seguido, se concluye que la ciencia moderna tiene acceso a la antigua creación degenerada, mientras que la Biblia se refiere a la reciente reparación de la creación por la acción divina.

En la actualidad, dicha teoría no goza de mucha aceptación, pero sigue teniendo algunos defensores.

En nuestra opinión, el principal cambio significativo que hay entre el versículo uno y el dos es que se pasa de una visión general del universo a un enfoque mucho más particular y concreto de la Tierra.

A partir de ese momento, la narración bíblica se dirige a un hipotético observador humano que estuviera situado sobre la superficie del planeta en formación y pudiera observar los enormes cambios que ocurrirán en el mismo.

El redactor de Génesis pasa del universo en su totalidad al planeta Tierra, que llegará a ser la morada del ser humano y del resto de la vida animal. Todos estos cambios debieron ser lentos y progresivos, tal como propone la geología moderna y de ninguna manera pudieron acaecer en el transcurso de una semana literal.

Esto implica que la palabra hebrea para “día” (yôm) puede significar también largos períodos de tiempo finito.

Este sustantivo posee en hebreo cuatro posibles definiciones distintas: las tres horas diurnas que van desde las 12 del mediodía a las 3 de la tarde; todas las horas diurnas; un día completo de 24 horas y un largo período de tiempo.

Si Moisés hubiera querido hablar de esta última definición -un largo período indefinido- no habría tenido más remedio que usar el término yôm.

Las palabras hebreas que se traducen para “mañana” y “tarde” también se podían traducir por “principio” y “fin” porque el idioma hebreo -tan parco en sustantivos- lo permite.

El versículo dos dice que “la tierra estaba desordenada y vacía, y (que) las tinieblas estaban sobre la faz del abismo”. Esto da a entender que, al empezar los días de la creación, la oscuridad envolvía toda la superficie de la Tierra.

Curiosamente, esto es también lo que ha determinado la historia geológica de nuestro planeta. Actualmente, los astrónomos han observado discos alrededor de objetos estelares jóvenes, que están formados por gases, polvo en suspensión, hielo y escombros.[11] 

Según el modelo nebular, ampliamente aceptado en astronomía, estos discos circunestelares en forma de anillo pueden originarse durante la fase de formación de una estrella y se les llama también “planetesimales” porque se cree que, por agregación gravitatoria, dan lugar a los planetas que orbitan alrededor de la estrella.

Se han observado ya miles de estos planetas en formación, cuya fase de acreción o crecimiento dura unos pocos millones de años, y se ha descubierto que planetas del tamaño de la Tierra, cuya distancia a su estrella es similar a la que hay entre la Tierra y el Sol, suelen comenzar con una atmósfera espesa y opaca a la luz. 

Un buen ejemplo de esto, en el sistema solar, lo constituye el planeta Venus ya que posee una atmósfera formada por una espesa capa de nubes que refleja al espacio la mayor parte de la luz solar, convirtiéndolo en un planeta oscuro y muy caliente.

Las nubes que lo envuelven tienen un espesor de unos 15 kilómetros y están constituidas sobre todo por dióxido de carbono y otros gases. No dejan pasar la luz del Sol, pero sí las radiaciones caloríficas, con lo cual el planeta se calienta en exceso ya que las espesas nubes impiden que dicho calor se escape al espacio.

En la superficie de Venus se registran temperaturas próximas a los 500 grados centígrados, algo absolutamente incompatible con la vida.

Actualmente, los astrónomos consideran que la atmósfera de la Tierra primitiva era aproximadamente, unas doscientas veces más espesa que la actual y, por lo tanto, ni la luz solar, ni la reflejada por la Luna, ni tampoco la de las estrellas podía verse desde la superficie terrestre.

Tal como también el libro de Job pone en boca de Dios: “cuando puse yo nubes por vestidura suya, y por su faja oscuridad” (Job 38:9). 

Otra característica física que se desprende del relato genesíaco es que la Tierra estaba completamente cubierta de agua. Es decir, ningún continente sobresalía por encima del mar, sólo “el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas”.

Tales condiciones han sido confirmadas también por la geofísica. En los orígenes de la Tierra, las aguas cubrían por completo la corteza terrestre.

Posteriormente, a lo largo de millones de años, empezaron a aparecer de forma gradual islas y masas continentales, como resultado de la actividad volcánica submarina y de la tectónica de placas.

Estos movimientos fueron impulsados por la desintegración de los isótopos radiactivos del manto, cuya elevada temperatura arrugó y empujó las rocas hacia arriba hasta que sobresalieron por encima de la superficie del océano. Tales movimientos tectónicos persisten incluso en el presente.[12] 

Por tanto, del relato bíblico puede entenderse que la Tierra ya existía en un estado informe y sin ningún organismo vivo, antes de la narración de los seis días de la creación.

En ese momento, la Tierra estaba “desordenada y vacía”, es decir, no contenía vida alguna, ni marina ni terrestre. Era un ambiente improductivo y deshabitado, hostil a la existencia de los organismos.

Sin embargo, el creador va a prepararla para que pueda albergar vida animal y sobre todo humana. 

Lo primero que necesita un planeta acuoso, oscuro y vacío para que pueda albergar vida es luz, de ahí que ésta fuera creada el primer día.

¿Qué dicen los cosmólogos actuales acerca del origen de la luz en el cosmos? Pues que hubo un tiempo después del Big Bang, que duró alrededor de unos 500 largos millones de años, conocido como la “edad oscura del universo”, durante el cual aún no se habían formado las estrellas y el cosmos estaba sumido en las más negras tinieblas. Todavía no existía la luz.

El universo era entonces como una sopa espesa y oscura de átomos de hidrógeno. Sin embargo, llegó un momento en que la edad oscura terminó, aparecieron estrellas, galaxias y cuásares, llenando el cosmos de luz y volviéndolo transparente.

Este momento se conoce como la “época de la reionización” en la que el universo se encendió. Los primeros soles (seguramente con sus correspondientes planetas) empezaron a formarse. Fue como si se encendieran enormes lámparas en el universo.[13]

Sin embargo, la Biblia no se refiere a dicho acontecimiento primigenio sino a la luz que irrumpió mucho después sobre el planeta Tierra y que hizo posible empezar a contar los días y las noches.

El verbo hebreo que se utiliza para la aparición de dicha luz el primer día es “hayâ” y permite pensar que no se refiere a la creación de la luz primigenia sino a la aparición de ésta por primera vez sobre la superficie de la Tierra. La luz logró traspasar la espesa cortina de nubes polvorientas y oscuras que rodeaban el planeta porque su atmósfera se volvió más transparente.

Ésta pasó de la opacidad a ser ligeramente translúcida, pero todavía no era completamente transparente como es hoy. Y vio Dios que la luz era buena para el desarrollo de la vida en el planeta azul y para contar el tiempo.

Los rayos del Sol empezaron a llegar al suelo terrestre porque la atmósfera se aclaró. El Sol, la Luna y las estrellas no fueron creados el cuarto día, sino que ya existían desde antes de la semana de la creación.

Lo que ocurrió dicho día es que las espesas cortinas de nubes fueron corridas para que la luz penetrara y llegara a la Tierra. Los verbos hebreos usados en estos versículos (v. 14-19) hacen posible entenderlo así.

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Notas

[1] Dawkins, R. 2014, El espejismo de Dios, Espasa, Barcelona, p. 325.

[2] Gould, S. J. 2000, Ciencia versus religión, Crítica, Barcelona, p. 12.

[3] Ham, K. 2013, El libro de las respuestas, Patmos, Miami, p. 32.

[4] Collins, F. S., 2009, ¿Cómo habla Dios?, Planeta Colombiana, Bogotá, p. 77.

[5] Walton, J. H., 2019, El mundo perdido de Génesis uno, Kerigma, Salem, Oregón; Enns, P, 2005, Inspiration and Incarnation: Evangelicals and the Problem of the Old Testament, Baker Academic, Grand Rapids.

[6] Ross, H. 2023, Navegando Génesis, Kerigma, Salem, Oregón, pp. 22-23; 2004, “Creation Passages in the Bible”, Reasons to Believe, reasons.org/articles/creation-passages-in-the-bible.

[7] Wall, M. 2023, Génesis, Creación, Edén y Diluvio, Clie, Viladecavalls, Barcelona, p. 57.

[8] Hawking, S. y Penrose, R. 1970, “The Singularities of Gravitational Collapse and Cosmology”, Proceedings of the Royal Society of London A, Vol. 314, nº 1519, pp. 529-548.

[9] Ross, H. 2023, Navegando Génesis, Kerigma, Salem, Oregón, p. 35.

[10] Biblia Anotada de Scofield, 1973, Publicaciones Españolas, Dalton, Georgia, pp. 1-2.

[11] Ardila, D. R. et al., 2004, “A Resolved Debris Disk Around the G2V Star HD 107146”, Bulletin of the American Astronomical Society, Vol. 36, p.1554.

[12] P. Jonathan Patchett, 1996, “Scum of the Earth After All”, Nature, 382, p. 758-759.

[13] Casas, A., 2015, La materia oscura, RBA, Villatuerta, Navarra, p. 144.

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