Talar un bosque casi siempre es algo negativo, pero hacerlo en ciertos lugares del planeta todavía es mucho peor.
La deforestación de la Amazonía, por ejemplo, es una mala noticia que nos afecta a todos, pues este ecosistema es fundamental para la regulación del clima global, la conservación de la biodiversidad y el equilibrio de los ciclos hídricos.
La pérdida acelerada de bosques amazónicos contribuye al aumento de las emisiones de CO₂, reduce el hábitat de innumerables especies y pone en peligro los medios de vida de comunidades indígenas y locales.
Además, la degradación de la selva repercute directamente en la disponibilidad de recursos naturales y en la capacidad del planeta para enfrentar el cambio climático, por lo que su protección debiera ser una prioridad de los gobiernos a nivel internacional.
Hace unos treinta años, el biólogo y teólogo católico español, Francisco Javier Gafo, escribía que durante el último medio siglo, habían desaparecido tantos bosques en la Tierra como durante toda la historia de la humanidad.[1]
Desde entonces la deforestación ha disminuido a nivel global en los últimos años, pero continúa a un ritmo alarmante en muchos países, sobre todo en Sudamérica y África.
Según los datos más recientes, la pérdida de masa forestal ha alcanzado el nivel más alto de los últimos 12 años, con la desaparición de 11.088 kilómetros cuadrados de árboles en un solo año.[2]
Este aumento, que representa un 9,5% más respecto al año anterior, está vinculado a políticas que han debilitado las inspecciones medioambientales y han favorecido la ocupación ilegal de tierras, así como a la presión sobre las comunidades indígenas que luchan por preservar sus territorios.
La situación actual es especialmente preocupante, ya que la Amazonía es un ecosistema crucial para la estabilidad climática global y la conservación de la biodiversidad.
¿Por qué el ser humano tala los bosques? Fundamentalmente, por las necesidades industriales de madera, pasta de papel, combustible, así como para obtener superficies destinadas a la agricultura y el pastoreo.
En las últimas décadas, la demanda mundial de madera ha experimentado un notable crecimiento debido al aumento de la población, el desarrollo industrial y la expansión de la construcción y la producción de papel.
Según estimaciones de organismos internacionales, el consumo global de productos forestales, incluida la madera, se ha duplicado aproximadamente desde los años 60, y se prevé que siga aumentando en los próximos años, especialmente en regiones en vías de desarrollo.
Cualquiera de los grandes periódicos del mundo consume al año la madera de unas 400 hectáreas de bosque. Diversos estudios estiman que la producción de un solo número dominical del New York Times, por ejemplo, requiere aproximadamente la madera de media a una hectárea de bosque, dependiendo del grosor, número de páginas y tirada del periódico.[3]
Este cálculo pone de relieve el gran impacto ambiental de la prensa.
La exuberancia de la vegetación que se da en las selvas tropicales hizo creer a los agricultores, a partir de los años 60 y 70, que se trataba de unas tierras muy fértiles.
Sin embargo, la realidad era muy distinta. Los suelos de tales regiones sólo son capaces de mantener una elevada producción siempre y cuando los nutrientes se reciclen con rapidez.
Pero éstos no suelen estar mayoritariamente en el suelo -tal como ocurre en las regiones templadas- sino en los propios vegetales. Cuando se caen las hojas secas de las plantas y otros restos vegetales, los minerales que contienen pasan al suelo y se reciclan rápidamente, siendo absorbidos de nuevo por las raíces.
Ahora bien, si se cortan tales plantas y se talan los árboles originales, se interrumpe tal reciclaje de elementos nutritivos. Los nuevos cultivos introducidos por los agricultores agotan los nutrientes del suelo en pocas cosechas y éste se torna estéril e improductivo porque tales cultivos no les aportan suficientes elementos nutritivos.
Por ejemplo, en Brasil, África y Vietnam se pudo comprobar que magníficas y exhuberantes selvas se convirtieron en tierras infecundas, sólo en una década, por haber cultivado en ellas café, té, caucho o tabaco.
Resulta que tales plantas apenas protejen el suelo ni le devuelven los necesarios nutrientes, de tal manera que en pocos años éste queda agotado. Si se tiene en cuenta, además, el perjuicio que causa a la fauna del suelo (edáfica) y al agua del nivel freático las toneladas de herbicidas empleadas en dicha agricultura, se entiende que tales tierras se vuelvan completamente estériles.
En ecología, el suelo se define como la capa superficial de la corteza terrestre formada por una mezcla de minerales, materia orgánica, agua, aire y organismos vivos.
Es un sistema dinámico y complejo que desempeña un papel fundamental en el soporte de la vida, ya que proporciona nutrientes a las plantas, regula el ciclo del agua y alberga una enorme biodiversidad de microorganismos, invertebrados y raíces.
La calidad y estructura del suelo influyen directamente en la productividad de los ecosistemas y en la sostenibilidad de las actividades agrícolas y forestales.
La acción humana repercute de manera decisiva en la erosión del suelo, especialmente a través de prácticas como la deforestación, la agricultura intensiva y la sobreexplotación de la tierra.
Cuando se talan bosques y se eliminan las plantas que protegen el suelo, se interrumpe el reciclaje natural de nutrientes, lo que deja la tierra expuesta a la lluvia y al viento, facilitando la pérdida de la capa fértil.
Además, el uso excesivo de agroquímicos y la falta de rotación de cultivos agravan la degradación, provocando que el terreno pierda su capacidad productiva y contribuyendo a la desertificación de grandes áreas.
Por tanto, la gestión irresponsable de los recursos naturales no solo agota el suelo, sino que también pone en riesgo la seguridad alimentaria y la sostenibilidad de los ecosistemas.
Los cristianos de hoy no podemos permanecer impasibles ante tal maltrato de la naturaleza. Que esto lo hagan quienes no creen en Dios, y piensan que nunca tendrán que dar cuentas a nadie, es hasta cierto punto comprensible.
Si no existiera un Creador, el egoísmo humano podría campar plenamente a sus anchas. Sin embargo, desde la fe cristiana que reconoce que Cristo contribuyó a crearlo todo y que, por tanto, todo le pertenece, no se puede seguir degradando del mundo natural que Él creó mediante su infinita sabiduría.
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[1] Gafo, J., 1994, 10 palabras clave en bioética, Verbo Divino, Estella, Navarra, p. 342.
[3] Terradas, J., 1971, Ecología hoy, Teide, Barcelona, p. 126.
