La sobreexplotación de los recursos naturales

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La sobreexplotación de los recursos naturales
La sobreexplotación de los recursos naturales

Es evidente que las reservas naturales de la Tierra (fuentes energéticas, materias primas y alimentos) son limitadas y que sólo disponemos de un planeta. 

En las últimas décadas, las reservas de petróleo en el mundo han experimentado una disminución progresiva debido a la explotación intensiva y al aumento constante de la demanda energética global.

Grandes yacimientos que antes abastecían buena parte del consumo internacional han visto reducirse significativamente sus volúmenes extraíbles, lo que ha llevado a la exploración de fuentes menos accesibles y más costosas

Además, la producción convencional se enfrenta a mayores dificultades técnicas y económicas, lo que pone de manifiesto la necesidad de diversificar las fuentes de energía y fomentar el uso de alternativas renovables para garantizar la sostenibilidad a largo plazo. 

La preocupación por el agotamiento del gas natural ha ido en aumento debido a su uso intensivo tanto en la generación de energía como en la industria y los hogares.

Si bien aún existen importantes reservas a nivel mundial, la explotación acelerada y el crecimiento de la demanda están reduciendo progresivamente los yacimientos más accesibles y de mejor calidad.

Además, la transición hacia fuentes de energía más sostenibles y la presión internacional para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero están condicionando el futuro del gas natural como recurso principal.

Por tanto, aunque no se puede afirmar que nos estemos quedando sin gas natural de manera inminente, sí resulta evidente la necesidad de gestionar este recurso de forma más eficiente y planificar alternativas energéticas para evitar problemas de escasez en el medio y largo plazo.

Además de la reducción de las reservas energéticas como el petróleo y el gas natural, también se ha observado una disminución significativa en la disponibilidad de materias primas y minerales esenciales.

La explotación intensiva, impulsada por el crecimiento demográfico y el desarrollo industrial, ha acelerado el agotamiento de yacimientos accesibles de minerales como el cobre, el litio, el estaño y el zinc.

Esto ha obligado a recurrir a fuentes de menor calidad y mayor coste de extracción, generando tensiones en el mercado global y encareciendo la obtención de estos recursos.

Paralelamente, la demanda creciente por parte de las economías emergentes y la transición hacia tecnologías más sostenibles —como los vehículos eléctricos y las energías renovables— ha incrementado la presión sobre determinados minerales estratégicos, como las tierras raras.

Todo ello pone de manifiesto la urgencia de adoptar políticas de reciclaje, eficiencia en el consumo y búsqueda de materiales alternativos para garantizar la sostenibilidad de los recursos a largo plazo.

Las cifras del informe del Club de Roma, específicamente del célebre informe "Los límites al crecimiento" publicado en 1972, alertaron sobre la posible desaparición o disminución significativa de las reservas de metales y otros recursos naturales en pocas décadas si continuaban las tendencias de consumo y crecimiento demográfico de aquel momento.

Sin embargo, con el paso de los años, muchas de las proyecciones concretas sobre el agotamiento de ciertos metales no se han cumplido en los plazos previstos.

Diversos factores, como el desarrollo de nuevas tecnologías de extracción, el descubrimiento de nuevos yacimientos y la mejora en el reciclaje, han permitido prolongar la disponibilidad de muchos recursos.

No obstante, la advertencia sobre la finitud de los recursos y la necesidad de gestionarlos de forma sostenible sigue siendo vigente y relevante en los debates actuales sobre medio ambiente y economía.

Aunque las cifras exactas del informe no se han materializado en los tiempos señalados, sí han servido para concienciar sobre la importancia de una explotación racional de los recursos y han impulsado políticas de eficiencia y sostenibilidad que hoy resultan imprescindibles.

Las fuentes de alimentación también son limitadas. La comunidad científica considera que la extinción de los grandes mamíferos del Pleistoceno en Norteamérica, como los mamuts, mastodontes, dromedarios, tigres de dientes de sable y perezosos gigantes, fue consecuencia de una combinación de factores, entre los que destaca la implicación del ser humano.

Numerosas evidencias arqueológicas sugieren que la llegada de los primeros grupos humanos a América coincidió en el tiempo con el declive y desaparición de muchas de estas especies, lo que apunta a que la caza intensiva y la alteración de los hábitats por parte del hombre jugaron un papel relevante.

No obstante, también se reconoce la influencia de los cambios climáticos drásticos ocurridos al final del Pleistoceno, por lo que actualmente se acepta que la extinción fue resultado de la interacción entre la presión humana y las transformaciones ambientales.

Los ejemplos de extinciones prehistóricas llevadas a cabo por el hombre en Eurasia son abundantes y demuestran que los habitantes de la edad de hielo no eran unos pobres salvajes atemorizados ante los peligros del mundo natural sino unos cazadores valientes e inteligentes, bien equipados y organizados para abatir presas de gran tamaño como mamuts lanudos, uros, bisontes, toros almizclados, rinocerontes lanudos, etc.

Hace unos mil años, cuando el hombre alcanzó las grandes islas de Nueva Zelanda y Madagascar, éstas estaban habitadas respectivamente por aves gigantescas como las moas (Dinornis) de más de tres metros de altura y las aves-elefante(Aepyornis), que podían pesar unos 500 kilos.

Estas aves incapaces de volar fueron las de mayor tamaño que llegó a conocer el hombre. Sus huevos alcanzaban los 30 centímetros de diámetro.

Su extinción se produjo entre los siglos XVII y XVIII como consecuencia de la caza, la destrucción de su hábitat y la recogida excesiva de sus huevos.

Los perros y las ratas que acompañaban a los humanos atacaban también a los polluelos de tan singulares aves que parecían avestruces gigantes.

La historia de la pesca de ballenas es quizás el ejemplo clásico paradigmático de cómo el ser humano llevó casi al borde de la extinción a una especie que comercialmente le resultaba valiosa.

La sobreexplotación es la captura de tantos individuos que la población es incapaz de automantenerse. En la época de los barcos de mandera el hombre no suponía una seria amenaza para las ballenas.

Durante el siglo XIX, una expedición de pesca que duraba tres años por los océanos del mundo podía conseguir como mucho unos cien ejemplares.

Sin embargo, en los años 30 del siglo XX, se podían sacrificar ya casi 30.000 ejemplares y obtener de ellos unos dos millones y medio de barriles de aceite, gracias a las rápidas balleneras y los buques factoría.[1] 

Esto puso en peligro la existencia de tales cetáceos y evidenció la insensibilidad humana, así como su falta de previsión. 

A lo largo de las últimas décadas se ha hecho evidente que los recursos naturales del planeta, incluidos los alimentos, no son infinitos y que su disponibilidad depende tanto de los ritmos de consumo como de la capacidad de regeneración de los ecosistemas.

Por ello, es fundamental gestionar estos recursos de forma sostenible para garantizar la alimentación de las generaciones presentes y futuras. Si los ecosistemas no tienen tiempo ni condiciones para recuperarse tras la explotación agrícola, ganadera o pesquera, se reduce la capacidad de producir alimentos de manera sostenible y se pone en riesgo la seguridad alimentaria a largo plazo.

Por eso, es fundamental gestionar los recursos de forma que se permita la regeneración natural y se evite su agotamiento.

Por ejemplo, la Comunidad Europea gestiona sus recursos pesqueros principalmente a través de la Política Pesquera Común (PPC), que establece normas para garantizar la sostenibilidad de las poblaciones de peces y preservar los ecosistemas marinos.

Entre sus medidas más destacadas se encuentran la fijación de cuotas de captura, el control del esfuerzo pesquero y la promoción de prácticas responsables, así como la protección de zonas vulnerables mediante vedas temporales y áreas marinas protegidas.

Además, la PPC fomenta la cooperación entre los Estados miembros y la mejora de la trazabilidad y la transparencia en toda la cadena pesquera, buscando siempre el equilibrio entre las necesidades económicas del sector y la conservación de los recursos para las generaciones futuras.

La Unión Europea también impulsa la investigación científica y la recopilación de datos sobre las especies y el estado de los caladeros, lo que permite adaptar las regulaciones de manera dinámica y basada en evidencias.

Esta gestión integral pretende evitar la sobreexplotación y asegurar que la explotación pesquera se lleve a cabo de manera sostenible y equitativa entre todos los países miembros.

En ocasiones se dice que los países desarrollados representan aproximadamente la cuarta parte de la población mundial y el 40% de la superficie terrestre, pero disfrutan del 82% de los recursos naturales.[2] 

Aunque esta afirmación es una simplificación basada en datos históricos y en el análisis de la desigualdad global en el acceso a los recursos y teniendo en cuenta que las cifras exactas pueden variar según las fuentes y los criterios utilizados para definir "recursos naturales" y "países desarrollados", lo cierto es que existe un notable desequilibrio en la distribución y el consumo de recursos a nivel mundial.

Los países industrializados, que comprenden una minoría de la población y del territorio, concentran gran parte del consumo energético, de materias primas y de bienes, mientras que los países en vías de desarrollo, a pesar de poseer una parte considerable de los recursos, suelen beneficiarse menos de su explotación.

Por tanto, aunque los porcentajes concretos pueden fluctuar, la tendencia general que señala una utilización desproporcionada de los recursos por parte de los países desarrollados sigue siendo válida y motivo de preocupación en debates sobre sostenibilidad y equidad global.

Se trata de una situación injusta, anticristiana y ecológicamente desastrosa ya que impide un reparto equitativo de la riqueza y limita las oportunidades de desarrollo para millones de personas, manteniendo a muchas regiones en situaciones de dependencia y pobreza.

Además, desde el punto de vista ecológico, este desequilibrio es desastroso porque acelera el agotamiento de los recursos, degrada los ecosistemas y aumenta la presión sobre el medio ambiente.

El consumo excesivo por parte de unos pocos países contribuye a la sobreexplotación, la contaminación y la pérdida de biodiversidad, poniendo en riesgo la sostenibilidad del planeta.

Si no se promueve un uso más equilibrado y responsable de los recursos, las consecuencias afectarán a toda la humanidad, dificultando la regeneración natural de los ecosistemas y comprometiendo el bienestar de las generaciones presentes y futuras.

¿Cómo se podrían usar los recursos naturales de manera más justa y responsable?

Hace unos cuarenta años, el teólogo católico Juan L. Ruiz de la Peña escribía esta frase al respecto: “Desarrollo del mundo subdesarrollado, des-desarrollo del mundo superdesarrollado, aplicación a la economía de la teoría de los vasos comunicantes; tales son las premisas ineludibles del programa crecimiento-cero”.[3] 

El concepto de crecimiento-cero implica limitar deliberadamente el aumento de la producción y el consumo económico para evitar la sobreexplotación de los recursos naturales y reducir el impacto ambiental.

Este enfoque propone que las sociedades más desarrolladas disminuyan sus niveles de consumo y producción, mientras que los países menos desarrollados puedan mejorar sus condiciones de vida, buscando un equilibrio global más justo y sostenible.

En esencia, crecimiento-cero cuestiona el modelo tradicional de desarrollo basado en el crecimiento continuo e ilimitado y aboga por una gestión responsable de los recursos, poniendo el bienestar humano y la conservación del planeta en el centro de las políticas económicas y sociales. 

Desde la perspectiva cristiana, el concepto de crecimiento-cero encuentra resonancia con los valores de justicia, solidaridad y cuidado de la creación.

El cristianismo enfatiza la importancia de compartir los bienes de la Tierra de manera equitativa y proteger el medio ambiente como parte de la responsabilidad humana ante Dios.

Limitar el consumo excesivo y promover una economía más justa responde al mandato evangélico de atender las necesidades de los más desfavorecidos y preservar la dignidad de todas las personas.

Así, el crecimiento-cero puede interpretarse como una opción ética alineada con la doctrina cristiana, que apuesta por un desarrollo sostenible y el respeto al prójimo y a la naturaleza.

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[1] Ehrlich, P. R. & Ehrlich, A. H., 1989, Extinción (I), Salvat, Barcelona, p. 138.

[2] Ruiz de la Peña, J. L., 1992, Teología de la creación, Sal Terrae, Santander, p. 185.

 [3] Ibid., p. 186.

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