La naturaleza de la que nosotros formamos parte está constituída por un conjunto de organismos muy diversos que viven en estado silvestre más el equilibrio físico y químico que tales especies generan, por medio de sus intrincadas relaciones.
Precisamente en esa tremenda complejidad de sus relaciones radica el gran poder que posee el mundo natural.
Sin embargo, cuando se le desestabiliza y degrada a un estado más simple, el resultado suele ser catastrófico sobre todo para los organismos de mayor tamaño, como los propios seres humanos.
De ahí la necesidad de cuidar y respetar principalmente a las especies más pequeñas ya que son ellas las que mantienen a todas las demás.
El asunto de la alteración irreverible del medio natural es tan grave que algunos empezaron ya a hablar de “ecocidio” para referirse al daño tan grande que el hombre le está causando a la creación.[1]
Algo que podría considerarse como un crimen internacional contra la paz, los derechos humanos, el medio ambiente y, en definitiva, la propia vida humana. Hay que tener en cuenta que nuestra especie, el Homo sapiens, está confinada en la biosfera a un nicho ecológico sumamente reducido.
Es verdad que nuestro cerebro y conciencia poseen características divinas que nos permiten volar con la mente a otros mundos. Realizamos películas en las que aparecen naves espaciales que transportan humanos a otras galaxias y los traen de vuelta como si esto fuera algo posible para nosotros.
También podemos meternos intuitivamente dentro de los átomos y observar las partículas subatómicas a una escala submicroscópica. Sin embargo, la pura verdad es que vivimos atrapados en una burbuja milagrosa y minúscula llamada biosfera terrestre que se desplaza a través de un espacio absolutamente hostil a la vida.
El resto del universo hace imposible la vida porque carece de las condiciones básicas necesarias para la supervivencia de los organismos.
En primer lugar, en el espacio no existe una atmósfera que proporcione oxígeno ni protección frente a la radiación cósmica y solar, lo que expone a cualquier ser vivo a dosis letales de radiación.
Además, las temperaturas pueden variar de manera extrema, desde cientos de grados bajo cero hasta temperaturas muy elevadas, dependiendo de la exposición al Sol.
Por otro lado, la ausencia de presión atmosférica provoca que los líquidos corporales se evaporen rápidamente, lo que hace inviable la vida tal como la conocemos.
Estas condiciones, junto a la inexistencia de agua líquida y de los nutrientes esenciales, convierten al espacio en un entorno adverso e incompatible con la vida sin una protección tecnológica muy avanzada.
Hasta la fecha, no se ha descubierto ningún otro planeta que posea una atmósfera similar a la terrestre. Aunque se han identificado exoplanetas en la llamada "zona habitable" de sus estrellas, ninguno ha demostrado poseer una composición atmosférica, densidad y equilibrio químico comparable al de la Tierra.
Los planetas de nuestro propio sistema solar, como Marte o Venus, tienen atmósferas muy diferentes y hostiles para la vida tal y como la conocemos. Por ello, la Tierra sigue siendo única en cuanto a su capacidad para sustentar la vida, lo que refuerza la importancia de preservar su delicado equilibrio ambiental.
El planeta azul -una pequeña mota de polvo en la inmensidad del universo-es un sistema autorregulado que satisface todas nuestras necesidades vitales.
La atmósfera es el escudo protector de la biosfera que produce todo el aire que necesitamos, purifica continuamente las aguas de la hidrosfera y airea los suelos de la litosfera, a pesar de ser una delgadísima y frágil capa pegada a la superficie terrestre.
Estamos tan acostumbrados a vivir y desenvolvernos en este medio que no solemos pensar en el delicado equilibro de esta capa que está siempre al borde de un inmenso abismo oscuro.
En nuestro ADN no existe ni un solo gen diseñado para facilitarnos la vida en otros planetas. No sabemos si hay vida en otros mundos, pero, si existe, con toda seguridad sus genes serán muy diferentes a los nuestros.
De todo esto se puede concluir que lo más sensato es proteger la Tierra, nuestra maravillosa nave espacial que nos transporta por el cosmos, empezando por las especies más pequeñas y aparentemente más insignificantes.
Cada forma viva de la biosfera es como un tornillo de esta nave y no debemos seguir perdiendo tales tornillos por el camino.
El Creador concibió la Tierra como un entorno idóneo y equilibrado, pensado para que la vida prosperara y la humanidad pudiera crecer y rendirle homenaje. Respetar su creación es respetarle a Él.
Ante esta realidad, se hace imprescindible que los cristianos fomentemos la educación ambiental y promovamos una conciencia colectiva sobre la importancia de conservar los ecosistemas y la biodiversidad.
Solo mediante un esfuerzo conjunto, que involucre a gobiernos, instituciones científicas y la sociedad civil, podremos revertir la tendencia actual de pérdida de especies y garantizar la sostenibilidad del planeta para las generaciones futuras.
La adopción de políticas de desarrollo sostenible, la restauración de hábitats degradados y la participación en programas de conservación son pasos fundamentales hacia la protección de nuestro entorno natural.
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[1] Lasanta, P. J., 2020, Ecología, Compromiso Cristiano, Edibesa, Salamanca, pp. 31-32.
