“Porque donde hay celos y ambición personal, allí hay confusión y toda cosa mala”. (Santiago 3:16)
Santiago, el hermano de Jesús, está definiendo la sabiduría que no viene de Dios, incluso llega a decir que es diabólica, porque la base de ese tipo de sabiduría es una ambición egoísta y envidiosa.
Si queremos aplicar esa situación a los negocios, tenemos que aprender que el problema no es la ambición. Todos trabajamos para hacer las cosas bien y honrar al Señor, esa es una ambición buena, porque tenemos derecho a ganar cada día el fruto de nuestro trabajo, aquello que nos pertenece. Y no solo eso, sino que también podemos ayudar a los demás, e incluso hacer lo que nos gusta con el dinero que obtenemos con nuestro esfuerzo.
Nuestro problema aparece cuando añadimos a esa ambición la palabra egoísta. Cuando solo pensamos en nosotros mismos y usamos el trabajo y los negocios para tener más, sin importarnos lo que pueda sucederles a otros; cuando el centro del universo somos nosotros... Ese es el problema.
Ese tipo de afán jamás viene de Dios. Debemos tener sabiduría para adquirir una ambición buena, algo que Dios ha puesto en nuestro corazón y que jamás esté motivada ni por el egoísmo ni por la envidia, sino que todo lo que hagamos sea para honrarle a Él y ayudar a los demás. Así, nosotros encontramos el significado en la vida también.
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