«Mira, por tantos años te he servido y nunca he desobedecido ninguna orden tuya, y sin embargo, nunca me has dado un cabrito para regocijarme con mis amigos». (Lucas 15:29)
Cuando leemos la historia del hijo pródigo, tenemos que fijarnos en la actitud del hijo mayor, porque el gran problema de ese hijo era su resentimiento, y ese es un peligro en el que todos podemos caer, todos.
Cuando hacemos las cosas bien y comenzamos a sentirnos orgullosos de ello, podemos convertirnos en santos resentidos que juzgamos a los demás y nos creemos con todo tipo de derechos delante de Dios y delante de todos, porque nos sentimos justos. Con el paso del tiempo, es mucho más difícil arrepentirnos de nuestro resentimiento y de nuestro orgullo que de cualquier otro tipo de pecado en concreto. Por eso necesitamos que Dios transforme nuestra vida, necesitamos dejar al lado el resentimiento y dejar de pensar que somos perfectos.
Tenemos que entrar en la fiesta que Dios ha preparado para todos aquellos que vuelven a Él, porque quizás nosotros somos los primeros que necesitamos hacerlo.
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