Uno de los momentos más emotivos que he vivido durante estos últimos días, en el encuentro Hope for Europe, celebrado en Albania, fue la entrega del Premio Esperanza al Consejo de Iglesias Protestantes Evangélicas de Ucrania.
Un buen número de líderes cristianos ucranianos participaron en este encuentro, y tuvimos la oportunidad de compartir con ellos y escuchar de primera mano las dificultades que están atravesando, tanto a nivel personal, familiar y profesional como en su vida de iglesia, en medio de una guerra que sigue marcando profundamente a toda la nación.
Entre las actividades del encuentro se organizaron los llamados Hope Labs, espacios de reflexión y diálogo sobre algunos de los grandes desafíos que afronta la Iglesia en el siglo XXI. Participé en uno de ellos, dedicado a la sociedad y la nación, donde se abordaron cuestiones como la identidad, la polarización y el nacionalismo. Temas de enorme actualidad, pero también de gran complejidad.
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[photo_footer]Roman Soloviy, presidente del Instituto de Teología de Europa del Este.[/photo_footer]
No era de extrañar que estos talleres despertaran un especial interés entre los hermanos y hermanas de Ucrania. En una de las sesiones, dedicada al nacionalismo, intervino Roman Soloviy, presidente del Instituto de Teología de Europa del Este y editor de diversas publicaciones teológicas internacionales.
Su intervención nos invitó a reflexionar sobre una cuestión especialmente delicada: ¿cómo puede la Iglesia mantener su fidelidad a Cristo, su compromiso con el país y, al mismo tiempo, evitar los peligros de un nacionalismo extremo?
Partiendo de una reflexión teológica sobre la fe cristiana en tiempos de crisis, Soloviy planteó cinco grandes tensiones a las que se enfrentan los creyentes en situaciones de guerra: la justicia y la paz, la no violencia y la protección de los más vulnerables, la propia seguridad y la cercanía a quienes sufren, la evangelización y la acción social, y finalmente, la memoria y el perdón.
Quienes estuvimos presentes pudimos percibir el profundo sufrimiento de nuestros hermanos ucranianos. La angustia de no saber si el próximo dron o misil ruso que sobrevuele sus hogares terminará alcanzándolos; la preocupación por sus familias, por las iglesias destruidas o afectadas por los bombardeos, por su futuro profesional y por la ayuda internacional que necesitan para resistir los ataques. En definitiva, la incertidumbre sobre el futuro de su país.
Se habló también del sentimiento de pertenencia a una nación, del arraigo a una cultura, a una tierra y a una lengua. Elementos que forman parte de la identidad de un pueblo y que, en las circunstancias actuales, muchos ucranianos sienten amenazados.
Una misma guerra, distintas maneras de verla
Creo que la mayoría de los ciudadanos de nuestra parte de Europa entendemos lo que está ocurriendo en Ucrania como una invasión militar y una grave crisis humanitaria. Una guerra a gran escala que comenzó el 24 de febrero de 2022, aunque sus antecedentes se remontan a 2014, con la intervención rusa en Crimea y el inicio del conflicto armado en el Donbás.
De hecho, la Asamblea General de las Naciones Unidas, en su resolución del 2 de marzo de 2022, calificó la actuación rusa como una agresión contra Ucrania y exigió la retirada de sus tropas.
Sin embargo, dentro de Rusia, especialmente a través de los medios de comunicación controlados por el Gobierno, la guerra se presenta de una manera muy diferente. El mensaje que se transmite es que Rusia no está atacando, sino defendiéndose de amenazas externas y protegiendo a la población de habla rusa en Ucrania.
Naturalmente, una cosa es lo que comunica el Gobierno ruso y otra lo que realmente piensa su población. También entre los cristianos rusos existen distintas sensibilidades y posiciones ante esta guerra, aunque algunos comparten el discurso oficial de su país.
Todo ello nos lleva a una reflexión que considero importante: ¿hasta qué punto nuestras opiniones están condicionadas por las noticias que escuchamos y las imágenes que vemos?
Vivimos rodeados de información, pero no siempre somos conscientes de que una misma realidad puede presentarse desde perspectivas muy diferentes, seleccionando determinados hechos y dejando otros en segundo plano para construir un relato concreto.
Esto no significa que todas las versiones tengan el mismo fundamento ni que debamos relativizar la gravedad de una invasión militar. La vulneración de la soberanía de Ucrania y el sufrimiento causado a su población son realidades que no podemos ignorar.
Pero, más allá de los acontecimientos políticos y militares, hay una pregunta que me gustaría plantear desde una perspectiva espiritual:
¿Qué podemos aprender como cristianos de todo lo que está sucediendo? ¿Hay algo que Dios quiera enseñarnos en medio de tanto sufrimiento?
No pretendo dar una respuesta definitiva a estas preguntas. Sin embargo, quisiera compartir una experiencia personal que viví pocos días después del inicio de la invasión rusa, en febrero de 2022.
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[photo_footer]Entrega de reconocimiento a pastores y líderes ucranianos, durante la asamblea de la Alianza Evangélica Europea Hope For Europe. Foto: Moisés Contreras[/photo_footer]
Una experiencia que todavía me hace reflexionar
En una de las reuniones de Compass Europe, ministerio del que formo parte y en cuya Junta Directiva participo, tuvimos la oportunidad de escuchar el testimonio de un compañero responsable del ministerio en Ucrania, que también prestaba apoyo a otros países de habla rusa.
Por razones de discreción, me referiré a él por sus iniciales: A. M.
Nuestro compañero estaba profundamente desconcertado y asustado por los acontecimientos que estaba viviendo. Desde su apartamento en Kiev había grabado varios vídeos en los que podían verse misiles rusos sobrevolando las proximidades de su edificio. Compartió aquellas imágenes con nosotros, y pudimos comprender algo mejor la angustia que estaba experimentando.
Pero hubo algo en su testimonio que me impresionó especialmente.
Nos explicó que, durante los días anteriores a la invasión, había estado subiendo con frecuencia a una de las colinas de Kiev para dedicar tiempo a la oración. Desde aquel lugar, contemplando la ciudad, oraba por su país y por sus habitantes.
Pedía a Dios sanidad espiritual para una nación que, según su propia percepción, vivía cada vez más alejada de Él. También oraba de manera especial por el fin de la corrupción política, que consideraba profundamente arraigada en el país y que, en su opinión, favorecía el enriquecimiento de unos pocos mientras dificultaba el bienestar y el progreso de buena parte de la población.
Y entonces, pocos días después, ocurrió lo que todos conocemos: comenzó la invasión rusa a gran escala.
Nuestro compañero nos confesó su profunda perplejidad. Había estado orando intensamente por una transformación de su país y, de repente, se encontraba ante una tragedia que jamás habría deseado.
¿Casualidad? ¿Existía algún propósito que no alcanzábamos a comprender?
No lo sabemos.
Personalmente, quisiera pensar que no había ninguna relación entre aquellas oraciones y el estallido de la guerra. Y, desde luego, no pretendo sugerir que Dios respondiera a sus oraciones enviando una invasión militar.
Sin embargo, aquella experiencia me llevó a reflexionar sobre algunos relatos de las Escrituras que siempre me han producido un profundo respeto.
Cuando leemos la historia a la luz de las Escrituras
Al recorrer la historia bíblica, desde el libro de Josué hasta el segundo libro de Crónicas, encontramos episodios que nos invitan a reflexionar con temor y temblor.
En diferentes momentos, cuando el pueblo de Israel se apartaba de Dios, abandonaba sus mandamientos y se volvía hacia otros dioses, las consecuencias iban mucho más allá de un simple cambio de gobernantes.
En algunos de esos relatos, Dios permitió que naciones enemigas invadieran el territorio de Israel o de Judá, provocando derrotas militares, destrucción, exilio y un enorme sufrimiento entre la población.
Son pasajes difíciles, que no siempre resultan sencillos de comprender desde nuestra perspectiva actual, pero que forman parte de la historia bíblica y nos recuerdan la seriedad con la que Dios trata la infidelidad y la injusticia de su pueblo.
Ahora bien, no pretendo establecer una comparación directa entre lo que sucedió al pueblo de Israel hace tantos siglos y lo que está ocurriendo actualmente en Ucrania.
Sería una grave simplificación, y probablemente una injusticia hacia quienes están sufriendo, afirmar que esta guerra es consecuencia de los pecados de una nación o que conocemos los propósitos concretos de Dios detrás de ella.
La Biblia nos muestra que Dios actúa en la historia, pero también nos enseña que no siempre podemos interpretar correctamente las causas del sufrimiento humano.
De hecho, Jesús mismo rechazó la idea de que quienes padecen una tragedia sean necesariamente más culpables que quienes no la padecen, como vemos en Lucas 13:1-5.
Por eso, mi intención no es buscar culpables espirituales ni ofrecer explicaciones fáciles a una tragedia tan dolorosa.
Lo que deseo es invitarnos a levantar la mirada y ampliar nuestra perspectiva.
Vivimos en un mundo donde intentamos explicarlo todo desde la política, la economía, las relaciones internacionales o los intereses de las grandes potencias. Y, aunque estos factores son fundamentales para comprender los acontecimientos, como cristianos no deberíamos olvidar nuestra dimensión espiritual.
El profeta Isaías recoge unas palabras de Dios que siempre me han hecho reflexionar:
«Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová». (Isaías 55:8, RVR1960).
Reconocer que los pensamientos de Dios son más altos que los nuestros no significa que debamos atribuirle decisiones o propósitos que Él no nos ha revelado. Significa, más bien, aceptar con humildad que nuestra comprensión es limitada.
Y quizá esa sea una de las grandes lecciones que podemos aprender en medio de situaciones tan dolorosas como la que vive Ucrania.
No sabemos por qué Dios permite cada una de las tragedias que vemos a nuestro alrededor. Tampoco conocemos todos sus propósitos. Pero sí sabemos que nos llama a amar al prójimo, defender al vulnerable, trabajar por la justicia, buscar la paz y acompañar a quienes sufren.
Tal vez la pregunta no sea solamente por qué Dios permite lo que estamos viviendo, sino también qué espera Dios de nosotros mientras todo esto sucede.
Uno de los momentos más emotivos de he vivido estos pasados días en el encuentro Hope for Europe en tierras albanesas, fue la entrega del premio Esperanza al consejo de Iglesias Protestantes Evangélicas de Ucrania.
Un buen número de lideres ucranianos estuvieron en el encuentro y tuvimos la oportunidad de compartir y escuchar de primera mano, las dificultades que están pasando a nivel personal, familiar, profesional, y como iglesia de Dios en el país.
Uno de los programas del encuentro fueron los “Hope labs” que trataban de varios asuntos de interés para la Iglesia del siglo XXI y en el que participé trataba de Sociedad y nación donde se trataron temas como la Identidad, Polarización y Nacionalismo, temas de mucha actualidad y complejidad al mismo tiempo.
No era de extrañar que estos talleres, participaran un numero significante de hermanos y hermanas ucranianas y en el caso del evento de Nacionalismo, fue el ucraniano Roman Soloviy que es presidente del Instituto de Teología de Europa del Este, editor regional para Europa Oriental, Europa Central y Asia Central de Langham Literature, y editor de Reflexiones Teológicas: Revista de Teología de Europa del Este quién nos compartió que en situaciones de guerra o conflicto, la Iglesia debe reflexionar sobre cómo equilibrar su fidelidad a Cristo, su compromiso con el país y los peligros del nacionalismo extremo.
Su taller basado en la teología cristiana en tiempos de crisis, abordó cinco grandes tensiones: justicia y paz, no violencia y protección de los vulnerables, seguridad y cercanía a quienes sufren, evangelización y acción social, y memoria y perdón.
Los que estuvimos presentes pudimos comprobar el nivel de sufrimiento de estos hermanos, la angustia de no saber si el dron o el misil ruso que sobrevuela sus cabezas les apuntará a ellos en cualquier momento como objetivo, la preocupación por la Iglesia, ya que han desaparecido muchas por los bombardeos, por la seguridad de sus familias, por el futuro profesional, por la implicación de otros aliados que puedan ayudarles a resistir los ataques rusos y en definitiva por el futuro de la nación ucraniana. Se hablo de nacionalismo, de arraigo por la cultura, por la tierra, por el idioma, todo ello en peligro actualmente.
Creo que la mayoría de los ciudadanos de esta parte de Europa tenemos una percepción que lo que está ocurriendo en una invasión, un conflicto bélico, una crisis humanitaria que se inició el 24 de febrero de 2022, pero que ya empezó en febrero de 2014 con la intervención rusa en Crimea y Donbás y que la Asamblea General de Naciones Unidades en su resolución del 2 de marzo de 2022 la definió como la guerra de agresión rusa contra Ucrania.
Pero desde Rusia y sus países aliados se presenta de forma muy diferente a como la vemos en Europa. Los medios controlados por el Gobierno ruso explican que Rusia no está atacando, sino defendiéndose y protegiendo a la población de habla rusa en Ucrania. Sin embargo, una cosa es lo que dice el Gobierno ruso y otra lo que realmente piensan los ciudadanos rusos. Aunque hay hermanos y hermanas rusas que piensan lo mismo.
Esto nos lleva al dilema que nuestras opiniones se pueden basar en las noticias que llegan a nuestro oídos o imágenes que llegan a nuestros ojos y estas pueden ser intencionadamente dirigidas a un relato concreto de la situación.
No hay duda que existe un atropello de los derechos humanos, civiles de un país contra otro, pero ¿Qué hay detrás de todo esto?
No voy a dar contestación a esta pregunta, pero me gustaría compartir una experiencia vivida justo unos días después del inicio de la guerra en febrero de 2022.
En una de las reuniones de Compass Europe, ministerio al que pertenezco y soy parte de la Junta de directores, tuvimos el relato de nuestro colega responsable del Ministerio en Ucrania y que da soporte a países de habla rusa, sus iniciales son A.M., que nos contó que estaba muy perplejo a la par que asustado por los acontecimientos que estaba experimentando y que pudimos verlo por los videos que el grababa desde su piso en Kiev donde se veían los misiles rusos sobrevolando su edificio.
Lo interesante de su intervención fue que nos dijo que llevaba muchos días (antes de la invasión) desplazándose a una de la colinas de Kiev para orar por el país, la ciudad que tenía delante de sus ojos y pedía sanación para dicho país que estaba viviendo de espaldas a Dios y especialmente pedía la intervención de Dios para acabar con la corrupción del gobierno, una corrupción generalizada que enriquecía a unos pocos pero que impedía que la población pudiera prosperar. Y cual fue la sorpresa que días después sucedió lo que todos sabemos, y de ahí su perplejidad frente a lo que estaba acontecimiento.
¿Casualidad, propósito? No lo sabemos, y me gustaría pensar que es una casualidad, pero cuando leemos la escrituras desde la conquista de Josué hasta el segundo libro de las crónicas, al menos un servidor leo con temor y temblor que cuando el pueblo de Dios deja de obedecer a Dios y sigue a otros dioses, Dios no envía un simple golpe de estado interno para cambiar los Reyes, sino que usa a naciones enemigas para invadir la tierra de Canaán y en muchos casos exterminar a mucho pueblo.
No pretendo hacer una comparación de los sucedido al pueblo de Dios hace muchos siglos con los acontecimientos actuales, pero sí a hacer un ejercicio de tener pensamientos más altos, tener una perspectiva más amplia y aunque nuestros pensamientos no son los pensamientos de Dios o al menos no podemos llegar a comprenderlos en su amplia medida, al menos, preguntarnos, ¿Por qué Dios permite lo que estamos viviendo?
