La humanidad ante una nueva revolución
La expansión acelerada de la inteligencia artificial y de las tecnologías digitales está transformando no solamente nuestras formas de comunicación o trabajo, sino también la manera como comprendemos las relaciones humanas y hasta nuestra propia identidad. Detrás de este gran cambio tecnológico se esconde un profundo cambio antropológico, como lo advirtiera hace unos años Antonio Spadaro S.J., en su libro Ciberteología: pensar el cristianismo en tiempos de la red.[1] La pregunta ya no es únicamente qué pueden hacer las máquinas, sino qué está ocurriendo con los seres humanos en medio de ellas.
En ese contexto aparece Magnifica humanitas, la primera encíclica del papa León XIV, publicada el 25 de mayo de 2026. Uno de sus mayores aportes consiste en comprender que la inteligencia artificial no es solamente un asunto técnico o económico, sino que se trata también de una cuestión ética, espiritual y profundamente humana. La actual retoma el espíritu de Rerum Novarum, publicada por León XIII durante la revolución industrial (1891), y procura discernir los desafíos de la nueva revolución tecnológica. Reconoce las posibilidades positivas de la inteligencia artificial, pero advierte los riesgos de una sociedad donde la vida humana termine subordinada a la lógica del control, la eficiencia y el mercado.
Como pastor evangélico, encuentro en este texto varios elementos que merecen atención por parte de nuestras comunidades de fe, porque la pregunta que plantea toca un núcleo profundamente bíblico. ¿Cómo preservar la humanidad de personas creadas a imagen de Dios en culturas cada vez más hipertecnificadas? La pregunta proviene de la Iglesia Católica, ciertamente, pero interpela convicciones que compartimos como seguidores de Jesús, así como compartida debería ser nuestra responsabilidad frente a todo aquello que afecta la vida y la dignidad humana.
La inquietud se vuelve todavía más urgente cuando pensamos en las nuevas generaciones. Niños, niñas y adolescentes están creciendo en ecosistemas digitales que moldean emociones, vínculos y maneras de habitar el mundo. Frente a ello, Magnifica humanitas se convierte también en una invitación al discernimiento y a la responsabilidad compartida de las iglesias cristianas.
Tecnología, poder y dignidad humana
Uno de los grandes aportes de Magnifica humanitas consiste en recordar que la tecnología nunca es completamente neutral. Detrás de cada plataforma, algoritmo o sistema digital existen visiones de mundo, intereses económicos, prioridades culturales y relaciones de poder. Insiste en que el verdadero debate no gira solo alrededor de la capacidad técnica de la inteligencia artificial, sino alrededor del modelo de sociedad que estamos construyendo mediante ella.
Durante mucho tiempo, el discurso tecnológico fue presentado como sinónimo automático de progreso. Cada innovación parecía anunciar un futuro inevitablemente mejor. Sin embargo, la experiencia contemporánea muestra una realidad más ambigua. Las mismas herramientas capaces de ampliar el acceso al conocimiento también pueden manipular información, generar dependencia emocional, profundizar desigualdades sociales y debilitar vínculos humanos. La tecnología puede contribuir al cuidado de la vida, pero también puede convertirse en mecanismo de control y exclusión.
León XIV percibe con claridad ese riesgo. Por eso advierte sobre la concentración de poder tecnológico en manos de unas pocas corporaciones capaces de influir en comportamientos sociales, mercados, procesos políticos e incluso percepciones de la realidad. Nunca antes tantos datos personales habían sido acumulados, procesados y utilizados con semejante capacidad de alcance global. La información se ha convertido en una nueva forma de poder.
La encíclica resulta especialmente crítica frente a la idea de que todo lo técnicamente posible debe necesariamente realizarse. Ese principio, muy presente en ciertos sectores tecnológicos contemporáneos, termina subordinando la ética a la eficiencia. Si algo puede hacerse, entonces se hace. Pero la tradición cristiana siempre ha insistido en una pregunta diferente. No basta preguntarse si podemos hacer algo; debemos preguntarnos si debemos hacerlo y qué consecuencias humanas produce.
La reflexión recuerda, en cierta manera, las advertencias del filósofo alemán de origen surcoreano Byung-Chul Han acerca de las sociedades del cansancio[2] y la hiperconectividad. Vivimos rodeados de estímulos permanentes, información instantánea y exigencias de rendimiento continuo. La velocidad tecnológica promete conexión, pero muchas veces produce agotamiento, dispersión y pérdida de profundidad interior. El problema no es únicamente el exceso de máquinas, sino la dificultad creciente para sostener relaciones humanas auténticas y espacios de interioridad.
Desde una perspectiva evangélica, esta preocupación tiene enorme relevancia. La Biblia afirma que el ser humano no fue creado para convertirse en pieza de engranajes económicos o tecnológicos, sino para vivir en relación con Dios, con los demás y con la creación. Cuando la lógica de la productividad absoluta invade todos los espacios de la existencia, incluso el descanso, la contemplación y la gratuidad comienzan a percibirse como inútiles.
En ese escenario, la tarea de las iglesias adquiere una dimensión pastoral y profética. No se trata únicamente de aprender a usar tecnologías, sino de ayudar a las personas a conservar humanidad en medio de sistemas que muchas veces premian la superficialidad, la agresividad y el individualismo. La pregunta decisiva sigue siendo profundamente ética y espiritual. ¿Estamos construyendo tecnologías al servicio de la vida humana o, por el contrario, seres humanos al servicio de la tecnología?
Una perspectiva evangélica (protestante)
Leída desde una perspectiva protestante evangélica, la encíclica ofrece aportes muy valiosos, aunque también deja abiertas algunas preguntas; toca un tema que las iglesias no pueden seguir ignorando. La revolución tecnológica contemporánea no está transformando únicamente la economía o las comunicaciones; está modificando la experiencia humana misma y, por tanto, interpela directamente a la fe cristiana.
Aunque el Papa utiliza principalmente un lenguaje social, en el trasfondo aparece una intuición profundamente bíblica: el ser humano posee un valor que no depende de su productividad, utilidad o capacidad de rendimiento. Desde la tradición protestante, esa convicción encuentra uno de sus pilares en Génesis 1:26-27. La afirmación de que hombres y mujeres han sido creados a imagen de Dios impide reducir la vida humana a simple dato, mercancía o engranaje funcional dentro del sistema tecnológico.
La encíclica también coincide con una preocupación histórica del pensamiento evangélico más crítico y profético. Autores como el sociólogo, teólogo y pensador protestante francés Jacques Ellul[3] advirtieron hace décadas que la técnica podía convertirse en un poder cultural capaz de reorganizar toda la sociedad alrededor de la eficiencia y el control. La tecnología deja entonces de ser una herramienta para transformarse en una lógica que determina ritmos de vida, prioridades sociales y formas de relacionarnos.
Desde América Latina, esta discusión adquiere matices todavía más complejos. Nuestras sociedades viven profundas desigualdades económicas, sistemas educativos frágiles y amplísimas brechas digitales. La inteligencia artificial puede ampliar oportunidades, pero también puede profundizar exclusiones ya existentes. La preocupación cristiana por la justicia social nos obliga a preguntarnos quiénes tendrán acceso real a los beneficios tecnológicos y quiénes quedarán aún más marginados.
La reflexión se vuelve aún más urgente cuando pensamos en la niñez y las nuevas generaciones. Muchas comunidades de fe continúan formando a niños, niñas y adolescentes para un mundo que ya no existe, mientras las plataformas digitales y los algoritmos moldean diariamente su sensibilidad, sus emociones y su manera de comprender la realidad. Parte importante de la formación espiritual y cultural de las nuevas generaciones ya no ocurre únicamente en la familia, la escuela o la iglesia, sino en espacios digitales gobernados por intereses comerciales.
En este punto, la encíclica ayuda a recordar algo esencial. La misión de la iglesia no consiste en utilizar tecnologías para evangelizar, sino también en discernir críticamente el tipo de humanidad que dichas tecnologías están promoviendo. No basta con transmitir cultos en línea o multiplicar contenidos digitales. El desafío es formar personas capaces de vivir con libertad interior, pensamiento crítico, sensibilidad ética y vínculos humanos saludables en medio de culturas cada vez más fragmentadas y aceleradas.
Desde la perspectiva evangélica, quizá podría añadirse un énfasis más explícito en la necesidad de transformación espiritual. Porque el problema contemporáneo no es solamente tecnológico o cultural. También es profundamente moral y espiritual. Ninguna regulación digital podrá sustituir la urgente necesidad de una conversión del corazón humano, tanto del corazón individual, como de sus estructuras sociales y culturales (evangelización de la cultura[4]).
Niñez y nuevas generaciones en la cultura digital
Uno de los aspectos más relevantes de Magnifica humanitas es su preocupación por el impacto de las tecnologías digitales sobre la niñez y las nuevas generaciones. Y no se trata de una alarma exagerada. Nunca antes en la historia los niños, niñas y adolescentes habían estado expuestos de manera tan temprana, intensa y permanente a sistemas capaces de moldear emociones, hábitos, percepciones y formas de relacionarse con el mundo.
Las plataformas digitales no son simples espacios neutrales de entretenimiento. Funcionan mediante economías de atención diseñadas para captar tiempo, generar dependencia y producir consumo constante. Detrás de muchas aplicaciones existen algoritmos que aprenden del comportamiento humano y buscan mantener a las personas conectadas el mayor tiempo posible. Cuando eso ocurre en adultos ya representa un desafío serio. Cuando sucede en cerebros, afectividades y espiritualidades en formación, el asunto adquiere una dimensión todavía más delicada.
La preocupación cristiana por la niñez no nace únicamente de razones psicológicas o pedagógicas. Surge también de una convicción teológica. Jesús colocó a los niños en el centro de la comunidad del Reino en un contexto donde socialmente ocupaban lugares marginales. Por eso, el desafío contemporáneo no consiste solamente en proteger a niños, niñas y adolescentes de ciertos contenidos digitales, sino en discernir qué tipo de humanidad estamos cultivando como sociedad.
Aquí las iglesias tienen una enorme responsabilidad pastoral y educativa. Durante años muchas comunidades cristianas discutieron si debían o no usar tecnología. Hoy la pregunta es distinta. ¿Cómo acompañar espiritualmente a generaciones que habitan naturalmente el mundo digital? No basta prohibir pantallas ni demonizar internet. Tampoco sirve entregarse ingenuamente a toda novedad tecnológica. El reto consiste en formar discernimiento.
Eso implica ayudar a las nuevas generaciones a desarrollar pensamiento crítico frente a la cultura digital, promover vínculos humanos reales y cultivar espacios de interioridad en medio de sociedades saturadas de ruido. También implica recuperar prácticas espirituales que el cristianismo siempre consideró esenciales y que hoy resultan casi contraculturales. El silencio, la oración, la conversación cara a cara, la escucha atenta, el descanso y la vida comunitaria adquieren un nuevo valor en tiempos hiperconectados.
La encíclica acierta además al relacionar tecnología y bienestar integral. El agotamiento emocional, la ansiedad, el aislamiento y la fragilidad de muchos vínculos humanos no pueden analizarse separadamente de las dinámicas digitales contemporáneas. Frente a ello, la iglesia está llamada a ofrecer algo más que actividades religiosas. Debe convertirse en espacio humano de acogida, conversación, pertenencia y esperanza. Tal vez una de las contribuciones más importantes del cristianismo en esta nueva época consista precisamente en recordar que la ternura, la escucha y la comunión siguen siendo profundamente transformadoras.
Una humanidad más humana, una iglesia más unida
La revolución tecnológica que vivimos no tiene por qué conducir a la deshumanización. Pero sí exige que las iglesias despierten pastoral, ética y espiritualmente frente a los desafíos de esta nueva época. Uno de los riesgos más grandes sería responder desde los extremos. Algunas comunidades reaccionan con miedo frente a toda innovación tecnológica. Otras, en cambio, abrazan acríticamente cada novedad digital como si el progreso técnico fuera sinónimo automático de desarrollo humano. Ninguna de las dos posturas parece suficiente.
La inteligencia artificial puede contribuir al bienestar humano, facilitar procesos educativos y ampliar oportunidades de comunicación. Sin embargo, también puede intensificar desigualdades, erosionar vínculos humanos y consolidar nuevas formas de control social. Por eso, la pregunta decisiva no es tecnológica, sino espiritual y ética. ¿Qué tipo de humanidad queremos cultivar? Tal vez una de las expresiones más urgentes del mandato cultural[5] (Gn.1:26-28;2:15) en nuestra época consista precisamente en aprender a cultivar humanidad.
Desde la fe cristiana, la respuesta no puede reducirse a eficiencia, productividad ni crecimiento económico. El Evangelio insiste una y otra vez en la centralidad de la persona humana, especialmente de quienes viven situaciones de vulnerabilidad. Allí donde el mercado suele medir valor según rendimiento, Jesús coloca en el centro a niños, enfermos, pobres y excluidos. Esa lógica del Reino continúa siendo profundamente contracultural.
En este contexto, las iglesias tienen una responsabilidad que va mucho más allá de adaptarse tecnológicamente. Están llamadas a formar comunidades capaces de escuchar, conversar, compartir la mesa, acompañar el dolor humano y construir relaciones marcadas por la gracia y la ternura. En un mundo saturado de conexiones digitales, la comunión humana auténtica puede convertirse en uno de los testimonios más poderosos del Evangelio.
Magnifica humanitas representa también una oportunidad ecuménica. Más allá de diferencias doctrinales e históricas, las iglesias cristianas comparten la convicción de que toda persona posee una dignidad sagrada porque ha sido creada a imagen de Dios. Frente a culturas que tienden a reducir la vida humana a consumo, rendimiento o simple dato estadístico, esa afirmación adquiere una fuerza profundamente profética. Quizá allí exista también una posibilidad de reinventar el ecumenismo. No solamente a partir de aquello que creemos —camino ya ampliamente recorrido—, sino también desde aquello que anhelamos y buscamos juntos. Querer aquello que Dios quiere: una humanidad más humana, responsable y tierna.
La fe cristiana no mira el futuro desde el miedo, sino desde la esperanza y el discernimiento. En medio de culturas cada vez más automatizadas, el Evangelio sigue afirmando algo esencial: ninguna tecnología creada por nuestras propias manos podrá sustituir jamás la dignidad de una persona humana, la profundidad de la comunión, ni la fuerza transformadora (revolucionaria) de la ternura.[6]
Harold Segura es pastor bautista, teólogo, escritor y conferencista colombiano costarricense. Actualmente se desempeña como director de Fe y Desarrollo para América Latina y el Caribe en World Vision. Es miembro de la Comisión de Ecumenismo de la Conferencia Episcopal Latinoamericana, CELAM. Autor de diversos libros sobre espiritualidad cristiana, misión integral, teología de la niñez, liderazgo e iglesia y sociedad.
[1] Antonio Spádaro, Ciberteología: pensar el cristianismo en tiempos de la red, Barcelona, Editorial Herder, 2014.
[2] Byung-Chul-Han, La sociedad del cansancio, Barcelona, Herder, 2025.
[3] Jacques Ellul, Vivir como cristianos en una sociedad tecnológica, Quito, Oveja Perdida Ediciones, 2002.
[4] Cipriano Díaz Marcos, Evangelizar la cultura: la inserción del cristiano en la transformación social, Cantabria, Sal Terrae, 1995.
[5] El llamado mandato cultural proviene principalmente de Génesis 1:26-28 y Génesis 2:15, donde Dios encomienda al ser humano cultivar, cuidar y desarrollar la creación. En la tradición protestante, esta expresión se refiere a la responsabilidad humana de participar éticamente en la construcción de la vida social, cultural y material del mundo bajo el señorío de Dios.
[6] Anna C. Grellert y Harold Segura (ed.), Ternura, la revolución pendiente, Terrasa, Editorial Clie, 2019.
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