En los últimos días se ha hablado mucho de los evangélicos, especialmente de los pentecostales iberoamericanos, con motivo de los grandes eventos en Madrid. Desgraciadamente, buena parte de los comentarios y artículos han carecido de rigor, presentando su crecimiento como una amenaza cultural en lugar de analizarlo con serenidad y datos.
Un claro ejemplo es el artículo de Enric Juliana en La Vanguardia titulado “Los evangélicos le disputan Madrid al Papa”. Afirma literalmente que Madrid “se parece cada vez más a Miami” y utiliza términos cargados como “teología de la prosperidad primaria”, “fe emocional” y “disputan Madrid al Papa”. Curiosamente, este tipo de discurso alarmista contra el “extranjero” es el que habitualmente se atribuye a la extrema derecha, aunque aquí proviene de quien se considera parte del periodismo moderado. Esta narrativa ignora que varios Premios Nobel de la Paz han sido protestantes o evangélicos —Martin Luther King, Jimmy Carter— y que los dos últimos galardonados antes de 2020 fueron pentecostales: Denis Mukwege (2018) y Abiy Ahmed (2019).
Resulta especialmente incoherente que se aplique este tono a cristianos hispanohablantes, mientras se emplea un lenguaje mucho más cauteloso con otros colectivos que presentan mayores desafíos de integración en Cataluña. Los inmigrantes evangélicos latinos (y de otras procedencias) contribuyen positivamente a España: trabajan en sectores esenciales, crean empleo y fortalecen redes sociales. Además, comparten con nuestra cultura elementos fundamentales: el idioma, el matrimonio monógamo, la igualdad esencial entre hombres y mujeres, los derechos de la infancia y el respeto a las libertades religiosa, de conciencia y de expresión. No están obligados a renunciar a su identidad, solo a respetar las leyes.
Los inmigrantes evangélicos no vienen a “disputar” nada, sino a vivir, trabajar y practicar su fe en libertad. Todos ganamos con una integración real basada en el respeto a la ley y en el reconocimiento de lo que nos une. Es hora de superar los encuadres sensacionalistas y fomentar una convivencia madura basada en hechos, no en miedos culturales.
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