‘Matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos’

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

‘Matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos’
‘Matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos’

“Matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos”. La frase, atribuida al legado pontificio Arnaud Amaury durante la Cruzada Albigense, en el asedio de Béziers de 1209, representa uno de los símbolos más sombríos del fanatismo religioso y de la incapacidad de distinguir entre verdad, conciencia y violencia.

Según la tradición, fue pronunciada cuando los soldados preguntaron cómo diferenciar a los herejes protestantes de los católicos antes de la masacre. Ocho siglos después, algunos siguen escribiendo desde esa misma lógica inquisitorial, aunque ahora cambien la espada por la tribuna mediática.

Será probablemente la primera vez que respondo a un artículo sin haberlo leído íntegramente. Solo el titular y entradilla, una combinación ya demasiado conocida —“evangélicos”, “sectas”, “Trump” -que se comprende bien cuando se sabe quién está detrás de él-  Juan Manuel de Prada.

De Prada ha convertido desde hace años su espacio de opinión en una plataforma de caricaturización sistemática del protestantismo evangélico, especialmente en España, mezclando prejuicio ideológico, simplificaciones históricas y una preocupante falta de rigor.

Como pastor, y además escribiendo esto  en vísperas de nuestro culto dominical, procuro no ocupar mi mente en provocaciones que nacen más del resentimiento cultural que de una auténtica reflexión intelectual.

Pero llega un momento en que el silencio puede confundirse con resignación. Y no deja de sorprender que alguien que presume constantemente de hondura literaria y de defensa de la tradición cristiana exhiba, artículo tras artículo, una ignorancia tan elemental acerca de la historia del protestantismo español, de su legado, de sus mártires y de su aportación a la libertad religiosa en nuestro país.

El señor De Prada parece escribir desde una suerte de caverna platónica invertida: no sale al encuentro de la realidad, sino que proyecta sobre ella sus propias sombras.

Pretende invitarnos a adherirnos a una cruzada cultural donde el adversario nunca es una idea, sino siempre una etiqueta. Y en ese escenario, el periodismo deja de ser búsqueda honesta de la verdad para convertirse en un púlpito de descalificación permanente. El rigor, la objetividad y el contraste de fuentes hace tiempo que desaparecieron de su narrativa, quizá desde el día en que decidió que Torquemada debía ser su referencia antes que una advertencia histórica.

Lo verdaderamente preocupante no es únicamente su obsesión contra los evangélicos. Lo inquietante es su afán purificador que subyace en muchos de sus planteamientos. Un posicionamiento peligroso, donde cualquiera que no encaje plenamente en su estrecho marco ideológico termina señalado, sospechoso o moralmente condenado.

De hecho, uno sospecha que si Juan Manuel de Prada hubiese estado frente a las murallas de Béziers en 1209, ni siquiera muchos de sus propios correligionarios habrían escapado de la hoguera, al igual que hoy en sus artículos, disparando también contra los de su misma confesión.

Así sucede cuando se escribe desde la intolerancia y no desde la convivencia, desde el prejuicio y no desde el conocimiento, por mucho pedigrí que se aúne entre el autor y su tribuna.

Mientras tanto, los evangélicos españoles seguiremos haciendo lo que llevamos siglos haciendo: servir, predicar, educar, acompañar y contribuir a la sociedad desde la fe y la libertad de conciencia. Sin necesidad de hogueras, sin inquisidores de prensa y sin nostalgias medievales.

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