No fuimos creados para la guerra

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

No fuimos creados para la guerra
No fuimos creados para la guerra

Como presidente de un colegio cristiano, llevo conmigo las esperanzas de jóvenes hombres y mujeres que no sueñan simplemente con sobrevivir, sino con vivir con dignidad, con propósito y con un futuro más allá de la guerra.

Al estar en Belén, este lugar —sagrado para miles de millones de personas y, al mismo tiempo, marcado por el conflicto— me descubro viviendo entre dos realidades: el dolor que he presenciado durante toda mi vida y la visión de paz que Dios ha puesto en mi corazón. Me niego a aceptar que la violencia sea nuestro destino. No fuimos creados para la guerra; fuimos creados para la paz.

Una crisis profundamente espiritual

En momentos como estos, cuando el sonido de la guerra llena nuestras noticias, nuestras calles e incluso nuestras oraciones, surge una pregunta inevitable: ¿cuál es el corazón de Dios en medio de tanto sufrimiento?

[destacate]La guerra consume todo. Deja tras de sí trauma, amargura y dolor por generaciones[/destacate]Como pastores, líderes y seguidores de Cristo, no podemos permanecer en silencio. La guerra no es solo una realidad política; es una crisis profundamente espiritual que hiere el mismo tejido de la creación de Dios.

La guerra no distingue entre inocentes y culpables. No pregunta quién es justo y quién no. No perdona a los niños ni protege a los ancianos. No respeta los hogares ni honra los lugares sagrados.

En nuestra región lo hemos visto con claridad: iglesias en Gaza dañadas, mezquitas atacadas e incluso sinagogas que tampoco han quedado a salvo de la violencia. La guerra consume todo a su paso, dejando tras de sí no solo ruinas, sino también trauma, amargura y generaciones enteras marcadas por el dolor.

Dios está cerca de los quebrantados

Hoy incontables corazones están rotos. Familias han sido separadas y comunidades enteras viven bajo el miedo.

El salmista declara: «El Señor está cerca de los quebrantados de corazón y salva a los de espíritu abatido» (Salmo 34:18). Incluso en medio de esta oscuridad, Dios permanece cercano. Él ve cada lágrima, escucha cada clamor y sostiene cada vida en sus manos.

Pero debemos ser honestos: las consecuencias de la guerra van mucho más allá de la destrucción inmediata. La guerra también moldea el futuro. Arrebata a los niños su inocencia y la sustituye por miedo. Destroza economías, fractura sociedades y siembra semillas de odio que pueden perdurar durante generaciones.

Como advierte el profeta Isaías: «¡Ay de los que llaman a lo malo bueno y a lo bueno malo!» (Isaías 5:20). Cuando la violencia se normaliza y la destrucción se justifica, perdemos la claridad moral y nos alejamos de la visión de Dios para el mundo.

El deseo de Dios

El deseo de Dios siempre ha sido la paz. Desde el principio, su intención fue que la humanidad viviera en armonía: con Él, con los demás y con la creación.

La palabra hebrea shalom no significa simplemente ausencia de guerra; expresa plenitud, justicia y bienestar. Esa es la visión del Reino de Dios.

El profeta Miqueas lo describe de forma hermosa: «Convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces. Ninguna nación levantará espada contra otra, ni se adiestrarán más para la guerra» (Miqueas 4:3).

Este no es un sueño lejano; es el futuro que Dios ha declarado. Y como su pueblo, estamos llamados a vivir hoy como testigos de ese futuro.

Jesús lo afirma en el Sermón del Monte: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5:9). Jesús no habla simplemente de amar la paz, sino de hacer la paz. Es un llamado activo que exige valentía, humildad y sacrificio.

El evangelio nos llama a un estándar más alto

Ser constructor de paz en tiempos de guerra no es fácil. Es mucho más sencillo tomar partido, justificar la violencia o permanecer en silencio. Pero el evangelio nos llama a un estándar más alto.

[destacate]No podemos ignorar la injusticia, pero podemos afrontarla sin entregarnos al odio[/destacate]El apóstol Pablo exhorta: «Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, vivid en paz con todos» (Romanos 12:18). Esto no significa ignorar la injusticia, sino afrontarla sin entregarnos al odio.

Como cristianos en esta tierra, vivimos en la tensión del conflicto, pero estamos llamados a ser embajadores de reconciliación. «Dios… nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación» (2 Corintios 5:18).

Por eso debemos adoptar una postura clara y fiel.

Nos oponemos a la deshumanización que trae la guerra. Cada persona —sin importar su nacionalidad, religión o trasfondo— ha sido creada a imagen de Dios.

Nos oponemos a la destrucción de la vida y a la profanación de los espacios sagrados. Los lugares de culto —iglesias, mezquitas y sinagogas— deberían ser refugios de paz, no objetivos de violencia.

Nos oponemos a la normalización de la guerra como solución. La guerra puede prometer seguridad, pero termina produciendo sufrimiento.

Y defendemos la paz: no una paz frágil o superficial, sino una paz justa y duradera, basada en la verdad, la dignidad y el reconocimiento mutuo.

¿Cómo debemos responder?

Primero, oramos. Oramos por la paz, por protección, por consuelo y por los líderes, para que Dios les conceda sabiduría y valentía para elegir el camino de la paz. Como exhorta la Escritura: «Exhorto… a que se hagan oraciones por todos, por los reyes y por todos los que están en autoridad» (1 Timoteo 2:1–2).

Segundo, hablamos. El silencio frente al sufrimiento no es neutralidad; es complicidad.

Tercero, vivimos de manera diferente, eligiendo el perdón en lugar de la venganza, el diálogo en lugar de la división y el amor en lugar del miedo.

Y, finalmente, nos aferramos a la esperanza.

Nuestra esperanza no está en los sistemas políticos, sino en el Dios que está haciendo nuevas todas las cosas.

«Él enjugará toda lágrima de los ojos de ellos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor» (Apocalipsis 21:4).

Jack Sara es teólogo y pastor, presidente del Bethlehem Bible College, un colegio bíblico cristiano situado en Belén.

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