¡Lejos de ti hacer que mueran inocentes junto con culpables!

| Fuente: protestantedigital.com/rss/magacin

¡Lejos de ti hacer que mueran inocentes junto con culpables!
¡Lejos de ti hacer que mueran inocentes junto con culpables!

La Biblia es relevante hoy en día. Pero en ocasiones nuestra propia idea de lo que un pasaje bíblico quiere decir supone un impedimento para entender el verdadero mensaje del texto y captar su relevancia. Hay veces que cuanto más conocemos una historia es peor, porque nos resulta imposible leerla con frescura. La historia de Sodoma y Gomorra en los capítulos 18 y 19 de Génesis es uno de esos casos, y creo que volver a leerla nos puede resultar muy útil para traer algo de luz a los tiempos que estamos viviendo. ¿Lo intentamos?

La historia comienza con Abraham, que acaba de recibir una misteriosa visita, tres hombres han llegado a su casa para darle una buena noticia: el año que viene será padre. Uno de los tres hombres, nos dice el texto, es el propio Dios. Tras la alegre noticia, dos de los hombres se adelantan, pero Dios decide quedarse un momento. Tiene una amistad tan importante con Abraham, y sus planes para él son tan grandes que decide que quiere compartir algo con él.

Le cuenta que le han llegado denuncias muy graves contra las ciudades de Sodoma y Gomorra, y que ha decidido ir él mismo en persona para poder ver de primera mano si estas son ciertas o no. Abraham debe estar familiarizado con la situación en estas ciudades, y rápidamente entiende lo que esto significa: Dios va a decidir destruir estas ciudades. Pero se acuerda de su sobrino Lot, él es inocente, ¿va a destruirlo Dios también?

Así que Abraham razona con Dios: si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los vas a destruir junto con los malvados? ¡Eso sería injusto! La respuesta de Dios es clara: No lo haré, si hay cincuenta justos salvaré a la ciudad entera. Abraham sigue indagando en la justicia de Dios, y va reduciendo el hipotético número de justos, hasta llegar a diez. La posición de Dios se mantiene firme: si encuentra a diez justos, eso hará que no destruya la ciudad.

Este es un pasaje sumamente importante para los tiempos en los que estamos viviendo. Vemos a Abraham intentando ver cuántas personas inocentes serían suficientes para salvar a toda una ciudad llena de culpables. Y vemos como Dios está de acuerdo con ese razonamiento. ¡Lejos de Dios está que mueran los inocentes con los culpables, aún si los inocentes son unos pocos[1]!

Sin embargo, en el mundo vemos hoy el razonamiento contrario, y lo podemos ver especialmente estas semanas, en las que hemos visto en directo el inicio de una guerra más. Y la pregunta que todo el mundo se hace, y que está en el aire es: ¿cuántos inocentes está permitido matar para acabar con los culpables? Por ejemplo, si un terrorista se esconde en un colegio, ¿cuántos niños puedo bombardear para acabar con él? ¡Es justo la pregunta contraria de Abraham! No es cuantos inocentes pueden hacer salvarse a un culpable, es cuántos inocentes podemos destruir por una causa justa antes de que sean demasiados.

Y este razonamiento es ya triste de por sí, pero es aún más triste cuando los propios cristianos compramos la idea, y creemos que hay causas buenas que justifican bombardear colegios. ¡Lejos esté de Dios, y de nosotros, destruir al inocente junto con el culpable!

#A1c#

[photo_footer]“Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo y los consuma?” Jesús se volvió a ellos y los reprendió: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois”. Lucas 9.54-56 (Unsplash | Mohammed Ibrahim | Bradley Jersak) [/photo_footer]

La historia continúa, y los dos mensajeros que se adelantaron llegan hasta Sodoma. Cuando entran a la ciudad, rápidamente Lot los identifica como extranjeros, e insiste hasta conseguir que acepten su ofrecimiento de un techo y una comida caliente. Pero antes de que se acuesten para dormir, la ciudad entera se agolpa en la puerta de Lot para pedirle que les entregue a los dos extranjeros para tener relaciones sexuales con ellos, es decir, para violarlos.

Llegados a este punto, a los cristianos se nos empieza a nublar la vista. Y dada la obsesión que parecemos tener con todo lo sexual, que muchas veces consideramos el peor de los pecados que se puede cometer, concluimos rápido que el pecado de Sodoma era la homosexualidad. Incluso hemos desarrollado toda una familia léxica que equipara el pecado de Sodoma con la homosexualidad. Pero pensar que este texto trata sobre sexo es como decir que la película “El Resplandor” trata de un hacha.

En la cultura de la época en Oriente Próximo, y todavía en muchos lugares hoy, el deber de hospitalidad es sagrado. Recibir a un extranjero que llegaba a tu ciudad y proporcionarle refugio no se trataba de cortesía, sino que era un deber moral ineludible. Y no consistía en acogerle a regañadientes, por cumplir, sino en tratarle como a uno más de tu familia, y garantizar su seguridad. Esto explica la barbaridad que propone Lot, estando dispuesto a entregar a sus hijas para ser violadas antes de comprometer la seguridad de los extranjeros que están bajo su protección.

Lo que está pasando en Sodoma no es que sus habitantes tengan un deseo sexual desenfrenado, sino que se han enterado de que han llegado unos extranjeros y quieren abusar de ellos, aprovechando su situación de vulnerabilidad. Y no están dispuestos a que Lot (¡otro extranjero!) les diga qué pueden hacer o no, o cómo tratar a quienes son de fuera.

Otros textos de la Biblia confirman esto: que el pecado de Sodoma no es de carácter sexual, sino social. El profeta Ezequiel utiliza el ejemplo de Sodoma para denunciar la corrupción moral del pueblo de Dios, y habla claramente de cuál fue el pecado de Sodoma: soberbia, acumulación de riquezas, ociosidad, y no ayudar a quienes lo necesitan[2].

Y de nuevo esto es muy relevante hoy. Escuchamos cada vez más discursos que tratan a los inmigrantes como inferiores, a veces incluso como si no fuesen personas. Escuchamos hablar de que hay que expulsar a los inmigrantes, y no recibir a ninguno más. Vemos vídeos de otros países del mundo que presumen de cristianos, y son escenas muy parecidas a lo que describe el texto bíblico: gente utilizando la fuerza, intentando abrir puertas para sacar a los extranjeros que se esconden dentro. 

Y de nuevo lo peor no es que estas cosas pasen, o que haya este tipo de discursos, lo peor es cuando los cristianos compramos estas ideas. Cuando los propios cristianos empezamos a mirar con desconfianza a los extranjeros y pensamos que estaríamos mejor sin ellos. Quizá no a todos los extranjeros, a lo mejor solo a los que no tienen papeles, o a los de ciertas nacionalidades, o a lo mejor solo a los extranjeros que no son cristianos. Da igual, el hecho es que cuando pensamos así caemos en el pecado de Sodoma.

No voy a decir que no se pueda ser cristiano y estar en contra de la inmigración. También se puede ser cristiano y engañar a hacienda, o ser cristiano y robar en un supermercado. Al final todos los cristianos vivimos nuestra vida con mayor o menor grado de contradicción entre lo que creemos y lo que hacemos. Pero lo que no se puede pretender es tomar a la Biblia como rehén para justificar tu forma de pensar o de vivir.

El mensaje de Jesús es para el mundo de hoy totalmente contracultural, casi radical. Quizá bajo la perspectiva del mundo pueda tener lógica que un fin bueno justifique los daños inocentes en una guerra, o que haya que cuidar más a los de adentro que a los de afuera. Pero esto no es así en la lógica del reino de Dios, y Jesús se pasó unos tres años intentando que lo entendiésemos.

Los evangelios nos cuentan que una vez alguien le preguntó a Jesús qué era lo más importante que había que hacer para alcanzar la vida eterna. Él respondió que amar a Dios y amar al prójimo. Pero esa persona le volvió a repreguntar porque quería que fuese más específico: ¿quién es ese prójimo al que tengo que amar? Para responder a esa persona, que era judía, Jesús le contó una historia: una historia en la que el protagonista era un extranjero, que pertenecía al bando enemigo. Otro origen, otra religión, otra forma de pensar[3]

En un mundo cada vez más dividido y enfrentado, lo que nos pide Jesús hoy no es distinto: amar a nuestro prójimo. Ojalá como seguidores de Jesús, su mensaje cale tan profundo en nosotros que dejemos de buscar formas de excluir a gente de la definición de prójimo.

Notas

[1] El mismo razonamiento lo encontramos en la parábola del trigo y la cizaña (Mateo 13.24-30).

[2] Ezequiel 16.48-50

[3] Lucas 10.25-37

¿Te gustaría ver tu marca aquí?

Anúnciate con Nosotros