10 de marzo de 2026
Queridos amigos y socios:
Una vez más, el Líbano se ve envuelto en una guerra que no ha elegido y se enfrenta a un desplazamiento masivo. Una vez más, las carreteras están llenas de familias que llevan consigo lo que pueden, dejando atrás lo que aman.
Para muchos de nosotros, esto no es nada nuevo. Ya hemos atravesado crisis similares antes. Sin embargo, el impacto es real, el coste es profundo y el dolor es nuevo cada vez.
A nuestro alrededor, la región está cambiando. De todo esto puede surgir un nuevo orden en Oriente Medio y una nueva estructura de seguridad regional que definirá las próximas décadas.
Pero para nosotros esto no es solo una historia geopolítica, es una historia humana: personas desarraigadas, pueblos vaciados, medios de vida destruidos y una nación ya agotada a la que se le pide que vuelva a soportar todo esto.
En cuestión de días, cientos de miles de personas han sido desplazadas. Detrás de cada cifra hay un nombre, un niño, una madre, un abuelo, un hogar ahora en silencio.
Como cristianos, somos personas que nos tomamos la realidad en serio sin rendirnos ante ella. No minimizamos la gravedad de lo que está sucediendo, pero tampoco cedemos al miedo.
Nuestra esperanza está anclada en el Dios vivo: firme, soberano y cercano a los quebrantados de corazón. Cuando el futuro parece incierto, su misericordia no lo es.
Los Salmos no nos enseñan a negar la realidad, nos enseñan a buscar refugio. Nos dan permiso para temblar y seguir confiando, para lamentarnos con sinceridad y seguir orando con valentía.
En momentos convulsos, el instinto del evangelio no es alejarse del dolor, sino acercarse a él.
A menudo hemos dicho, medio en broma pero con profunda convicción, que nunca debemos desperdiciar una buena crisis, no porque el sufrimiento sea bueno, sino porque el Espíritu suele abrir puertas para el testimonio cuando se derrumban las falsas seguridades del mundo.
La crisis tiene la capacidad de aclarar qué es real: quiénes son nuestros vecinos, qué cuesta el amor y dónde se encuentra nuestro verdadero reino.
Por eso, desde que comenzó el desplazamiento, el Seminario Teológico Bautista Árabe (ABTS por su siglas en inglés) ha abierto sus puertas desde las primeras horas del conflicto. Nuestra casa de huéspedes y nuestro campus están acogiendo a familias que no tienen otro lugar adonde ir.
Nuestros ministerios hermanos más amplios se están movilizando, preparando comidas y coordinando la ayuda. En un momento en el que se está quitando tanto, el pueblo de Dios está llamado a dar: espacio, pan, dignidad, oración y el simple regalo de la presencia que dice: “no estás solo”.
Estamos convencidos de que esto no es un simple gesto de relaciones públicas. Es un testimonio cristiano. Acoger a los desplazados es hacerse eco del corazón de Jesús, que “no vino a ser servido, sino a servir”.
Sin embargo, sentimos la tensión entre las necesidades urgentes del presente y la labor a largo plazo del futuro. Debemos responder a la emergencia sin abandonar la tarea constante y fiel de formar líderes para la Iglesia en el mundo árabe.
Por eso todos nuestros programas, que atienden a unos 250 estudiantes en toda la región, siguen funcionando plenamente online.
Por eso, os pedimos que oréis. Orad por el Líbano: por la moderación, por una paz verdadera y por la misericordia sobre esta tierra. Orad por los desplazados: por su seguridad y por un refugio.
Orad por nuestra comunidad: para que mantenga la calma en el espíritu, se mantenga firme en la esperanza, sea generosa en el amor, sabia en la toma de decisiones y esté dispuesta a servir. Y orad para que, en este momento kairós, el Evangelio no solo se proclame, sino que también se vea y se viva.
En Cristo,
Wissam Nasrallah, presidente del Seminario Teológico Bautista Árabe de Beirut, Líbano.
Este artículo se publicó por primera vez en el sitio web del ABTS. Puedes leer más sobre los esfuerzos de esta institución teológica para ofrecer refugio a más de 150 personas desplazadas en el país aquí.
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