La guerra, el mal y la conciencia cristiana

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La guerra, el mal y la conciencia cristiana
La guerra, el mal y la conciencia cristiana

La guerra tiene una forma de despojarnos de ilusiones. Deja al descubierto la frágil línea que separa el orden del caos y nos recuerda que el mal no es algo teórico. Se mueve a través de los corazones humanos, los sistemas y las ideologías y, cuando lo hace, la gente corriente paga el precio.

Antes de entrar en el ministerio a tiempo completo, pasé casi tres décadas de mi vida en lugares donde esa realidad era inevitable. Primero serví como oficial en el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos y más tarde pasé veinticuatro años como agente especial del Servicio Secreto de los Estados Unidos. Gran parte de ese trabajo se centró en una responsabilidad simple: interponerse entre quienes pretendían hacer daño y aquellos cuya protección se nos había confiado.

En esos entornos se aprende rápidamente que la paz no se mantiene sola. La vigilancia importa. El valor importa. La claridad sobre el peligro importa. Sin esas cosas, el caos encuenta la forma de establecerse.

Esos años moldearon mi forma de leer las Escrituras y de entender el mundo. Me enseñaron que la paz es preciosa, pero nunca automática. También reforzaron algo igualmente importante: cada vida importa.

[destacate]Detrás de cada crisis geopolítica hay gente corriente. Familias que intentan vivir tranquilas. Niños que buscan solo seguridad.[/destacate]Detrás de cada crisis geopolítica hay gente corriente. Familias que intentan vivir tranquilas. Niños que simplemente quieren seguridad. Comunidades que anhelan estabilidad. Cuando estalla un conflicto entre naciones, son estas vidas las que se ven más perturbadas.

Las Escrituras nos recuerdan por qué su sufrimiento es importante. «Creó, pues, Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó» (Génesis 1:27). Cada vida humana lleva esa impronta. Cada una posee una dignidad otorgada por Dios mismo.

Los seguidores de Cristo no pueden tratar el sufrimiento humano como un resultado político abstracto. La compasión no es debilidad. Es obediencia.

El mal no es una ilusión

La compasión por sí sola no explica el mundo en que vivimos.

Las Escrituras hablan claramente del mal. No lo presentan como un malentendido o un fracaso diplomático temporal. La Biblia enseña que la rebelión de la humanidad contra Dios produce tinieblas reales en el mundo, tinieblas capaces de moldear a líderes, ideologías y naciones enteras.

La historia confirma esta realidad. Cuando el poder se une al engaño, los inocentes sufren.

El apóstol Pablo describió la realidad más profunda que se esconde tras estas luchas: «Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes cósmicos sobre estas tinieblas presentes» (Efesios 6:12).

El conflicto final no es meramente entre naciones o pueblos. Es entre la verdad y la falsedad, la luz y las tinieblas.

Los cristianos creemos que la salvación se encuentra únicamente en Cristo. Cualquier visión del mundo que niegue la persona y la obra de Jesús aleja en última instancia a la gente de esa verdad. La Iglesia siempre ha hablado con claridad sobre esto, recordando al mismo tiempo que quienes siguen otros caminos no son enemigos, sino prójimos que llevan la imagen de Dios.

Rechazamos el engaño. Sin embargo, oramos por quienes viven en él.

La responsabilidad de frenar el mal

Las actuales tensiones que afectan a Irán y a todo Oriente Próximo nos recuerdan lo complejas que pueden ser estas cuestiones. Los cristianos deben abordar estos conflictos con sobrio realismo, compasión por los inocentes y claridad moral sobre la responsabilidad de hacer frente al mal.

Las Escrituras también hablan del papel de la autoridad civil en un mundo caído. «Porque es servidor de Dios para tu bien… no lleva la espada en vano» (Romanos 13:4).

Los gobiernos existen, en parte, para frenar el mal. Esa responsabilidad se vuelve dolorosamente práctica cuando la agresión amenaza vidas o desestabiliza regiones enteras.

El mundo moderno no es inmune a estas realidades. El terrorismo sigue teniendo como objetivo a las poblaciones civiles. Algunos movimientos abrazan abiertamente la violencia como medio para avanzar en sus objetivos y, en ocasiones, tales esfuerzos son sostenidos no solo por actores aislados, sino por gobiernos dispuestos a tolerarlos, patrocinarlos o permitirlos.

Los cristianos deben abordar estas realidades con ojos claros y corazones sobrios. Al mismo tiempo, debemos orar por el pueblo de Irán y de toda la región, muchos de los cuales anhelan la paz, la estabilidad y la liberación de las fuerzas que mantienen a sus naciones atrapadas en ciclos de conflicto.

La guerra es siempre un trágico fracaso de la paz. Sin embargo, la historia nos recuerda que cuando las fuerzas destructivas se dejan sin respuesta, la injusticia rara vez permanece contenida.

Los límites morales de la guerra

Durante siglos, la Iglesia ha reflexionado sobre la tensión entre la llamada de Cristo a la paz y la responsabilidad de defender a los inocentes. Pensadores cristianos como Agustín y Tomás de Aquino desarrollaron lo que se conoce como la tradición de la guerra justa. Su objetivo no era justificar la violencia, sino establecer límites morales para ella.

Agustín sostenía que el objetivo último de la guerra debe ser el restablecimiento de la paz, no la búsqueda de venganza. Por lo tanto, la guerra debe abordarse con moderación, claridad moral y grave seriedad.

La guerra debe tener una causa justa. La autoridad debe ser legítima. La respuesta debe ser proporcionada. Los civiles deben ser protegidos. Deben agotarse todos los esfuerzos razonables hacia la paz antes de utilizar la fuerza.

Estos principios surgieron de una cuidadosa reflexión sobre las Escrituras y la historia.

[destacate]La paz es preciosa, pero en un mundo caído no se sostiene por sí sola.[/destacate]Juan el Bautista habló a los soldados sin ordenarles que abandonaran su profesión. En su lugar, les dijo que actuaran con justicia: «No extorsionéis a nadie con amenazas ni con falsas acusaciones, y contentaos con vuestro salario» (Lucas 3:14).

Jesús también habló de la protección sacrificial: «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos» (Juan 15:13).

La historia nos recuerda lo que ocurre cuando el mal se expande sin control. El siglo XX ofrece recordatorios aleccionadores. Desde la tiranía nazi en Europa hasta los modernos movimientos terroristas que atacan a civiles, la historia demuestra que el mal no se contiene por sí solo.

A lo largo de los siglos, regímenes y movimientos destructivos avanzaron hasta que finalmente alguien se interpuso para oponerles resistencia.

Las Escrituras nos recuerdan que la responsabilidad acompaña al poder: «A todo aquel a quien se le haya dado mucho, mucho se le exigirá» (Lucas 12:48).

Algunas naciones poseen recursos y capacidades que otras no. Con esa fuerza viene una carga moral. El poder nunca debe utilizarse para la dominación o la venganza, pero hay momentos en los que debe emplearse para proteger a quienes no pueden defenderse por sí mismos.

Los pensadores cristianos contemporáneos siguen reflexionando sobre estas cuestiones. Como ha señalado el teólogo Albert Mohler, la tradición cristiana no celebra la guerra, pero reconoce que los gobiernos tienen a veces la responsabilidad de enfrentarse al mal para proteger a los inocentes.

Una lealtad superior

Al mismo tiempo, la propia Iglesia no se define por el poder nacional. Nuestra lealtad es más elevada. «Pero nuestra ciudadanía está en los cielos» (Filipenses 3:20). Los cristianos sirven a Cristo en todas las naciones y profesiones. Muchos trabajan en regiones donde la inestabilidad no es teórica, sino parte de la vida cotidiana.

Los seguidores de Cristo deben rechazar dos tentaciones que dominan el debate público. Una es el odio que deshumaniza a pueblos enteros. La otra es el optimismo ingenuo que se niega a reconocer la presencia del mal. Los cristianos buscan la paz mientras se aferran firmemente a la verdad.

Los creyentes que trabajan en los negocios, el liderazgo y la vida pública ejercen una influencia particular. Las Escrituras nos llaman a orar por aquellos a quienes se ha confiado autoridad. «Exhorto ante todo a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos… por los reyes y por todos los que ocupan cargos importantes» (1 Timoteo 2:1-2).

Las decisiones de liderazgo tomadas en momentos de tensión mundial afectan a millones de vidas. Oremos por aquellos llamados a asumir esa responsabilidad.

La Biblia no promete que el mundo será pacífico antes del regreso de Cristo. Promete algo más grande. Jesús dijo: «En el mundo tendréis aflicción. Pero confiad, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33). Esa promesa mantiene firmes a los creyentes en tiempos turbulentos.

La Iglesia continúa su misión en medio de un mundo roto. Oramos por la paz. Defendemos a los vulnerables. Decimos la verdad sin miedo.

Habrá caos. Habrá violencia. Las naciones se enfurecerán y los conflictos persistirán. Las Escrituras nunca pretenden lo contrario. Sin embargo, nada de ello ocurre al margen de la mano soberana de Dios. Dios sigue levantando instrumentos que se interponen en la brecha, refrenando el mal y protegiendo a los inocentes.

Así que no nos desanimemos. La historia no está fuera de control. Se está moviendo hacia el día en que Cristo reinará abiertamente sobre todo lo que Él ha hecho.

Hasta entonces, vivimos y trabajamos con confianza firme. Nos esforzamos por lo que es bueno, nos oponemos a lo que es malo y seguimos agradecidos por la gracia de Dios en un mundo que aún está roto, pero que sigue siendo profundamente amado por su Creador.

Christopher C. Simpson es presidente de CBMC Internacional, el ministerio evangélico de empresa y negocios más antiguo y grande del mundo. Anteriormente sirvió como oficial en el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos y pasó veinticuatro años como agente especial del Servicio Secreto de los Estados Unidos.

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