Estamos todos horrorizados por el accidente del domingo por la tarde/noche en la línea de alta velocidad Madrid Andalucía, cerca de Adamuz (Córdoba), con, hasta ahora, 39 fallecidos y mas de 100 heridos, donde un tren de la empresa italiana Iryo, con dirección Málaga a Madrid, salió de la vía a mas de 200km/hora, recibiendo el golpe del Alvia que hacía el trayecto a una velocidad similar en ese momento, de Madrid a Huelva. Nuestras oraciones son para las familias rotas en este momento.
Yo, como muchos, hemos viajado en esta ruta múltiples veces, siendo, después de la línea Madrid-Barcelona, la que lleva más trenes a diario. Solo hay que salir en tren de Atocha para ver que sale cada pocos minutos un tren de alta velocidad, de una de las compañías que hacen el trayecto Madrid-Andalucía, para ver que esta ruta es como una serie de interminables convoyes que viajan unos detrás de otro, como una serpiente que se mueve a alta velocidad, dándonos la apariencia de que está volando.
Antes del AVE muchos íbamos en avión a Málaga, un viaje de apenas una hora, pero entre desplazamientos al aeropuerto, se tardaba casi más, de puerta a puerta, que viajar ahora en AVE. Además, en tren es más barato, y las compañías aéreas redujeron mucho los viajes, al igual que pasó con el puente aéreo Madrid-Barcelona, ahora reemplazado por otra ‘cinta transportadora continua’ de trenes.
A las espera de los resultados de la investigación sobre las causas, aparentemente de fallos técnicos (aunque los fallos técnicos siempre tendrán su origen en fallos humanos), solo quisiera hace una valoración general en estos momentos.
Está claro que nuestra sociedad busca la inmediatez, reducir los trayectos de viaje, tener todo a mano al instante. Queremos volar, correr en la vida, a toda marcha: no nos gusta la espera. Y el modelo de progreso se relaciona con esta inmediatez. Unos trenes que casi vuelan, hasta más de 300 km por hora en el caso de AVE, su ‘low cost’ el Avlo (Talgo), el Iryo y el Ouigo (el Alvia, más antiguo, suele viajar a 200km por hora). Me he preguntado a veces, observando por la ventana el paisaje que ‘vuela’ afuera, que cualquier percance técnico en el tren, la catenaria o las vías, o un obstáculo en la misma vía, podría causar un gran accidente. Al coincidir dos trenes en el mismo momento de la salida de uno de ellos, se ha multiplicado los fallecidos y heridos.
Nos llama reflexionar sobre nuestra forma de vivir en nuestra sociedad actual. Lo importante es ir cada vez más rápido, dándonos la impresión que estamos avanzando, mejorando y progresando. Puede ser que la velocidad no sea la mejor opción. Puede que sea mejor cambiar una vida frenética por una vida de más reflexión y contemplación. No vivir como si se acabara mañana nuestra vida, sino vivir en la presencia de Dios, caminando en esta vida terrenal con una perspectiva eterna de las cosas, las personas y el tiempo, conscientes que Dios está en control, conscientes de lo que Él valora que es más importante.
Pasajes como Isaías 40:31 ‘…pero los que confían en el Señor renovarán sus fuerzas; volarán como las águilas: correrán y no se fatigarán, caminarán y no se cansarán’; 1 Tesalonicenses 4:11-12, ’…procurar vivir en paz con todos, a ocuparos en vuestras propias responsabilidades y a trabajar con vuestras propias manos..’, y el Salmo 46:10 ‘Quedaos quietos, reconoced que yo soy Dios. ¡Yo seré exaltado entre las naciones! ¡Yo seré enaltecido en la tierra!’, son ejemplos donde Dios nos apunta a una vida de más dependencia y confianza en Él, y menos en la búsqueda de la comodidad a toda costa. No es solo cuestión de encontrar el ritmo de Dios, no es solo ir mas despacio o con menos ambición personal, sino también vivir intencionalmente para la gloria de Dios, no la nuestra, mediante la oración, la dedicación a las personas como son; preocupándonos menos por lo que nos pueden beneficiar, dando importancia a lo que realmente importa, a lo que Dios nos encomienda, a las personas, Sus criaturas, y a Su amada creación.
