La 59 edición del informe Censis describe una Italia en “modo supervivencia”: un país desencantado, centrado en el presente y carente de una visión colectiva para el futuro.
En medio del estancamiento económico, el declive demográfico y la desconfianza institucional, el retrato que surge es el de una sociedad que ya no cree en el progreso lineal, sino que busca refugio en nichos de bienestar individual o en la fascinación por el poder.
Desde un punto de vista evangélico, no se trata solo de una crisis sociológica, sino de un vacío espiritual que exige una nueva proclamación del señorío de Cristo sobre la vida y la historia.
Geopolítica del miedo y la idolatría del poder
El imaginario colectivo italiano está experimentando un profundo cambio: el mito del progreso pacífico ha dado paso a un cinismo realista.
Mientras que el 73,7 % de los italianos ya no ve a Estados Unidos como un modelo y el 61,9 % considera que la Unión Europea es ineficaz, está surgiendo un vacío de referentes que se está llenando con la fascinación por el poder.
Es significativo que el 55,2 % considere que el centro de gravedad del mundo se está desplazando hacia China y la India, y que el 38,8 % considere ahora que el conflicto armado es el único medio real para resolver las disputas.
Desde el punto de vista teológico, estamos asistiendo a un cambio en la esperanza. Cuando casi la mitad del país (46,8 %) deja de creer en un futuro de progreso y un significativo 29,7 % ve con buenos ojos los regímenes autocráticos, surge una forma moderna de idolatría: la demanda de seguridad por parte del “hombre fuerte” o la fuerza militar (un sector en el que la producción ha crecido un 32,3 %).
Los cristianos están llamados a desmitificar esta afirmación, recordando, basándose en Romanos 13, que la autoridad es relativa y no absoluta, y que la verdadera estabilidad no reside en la potestad humana, sino en la fidelidad de Dios, que gobierna la historia más allá de los mapas del poder y las ruinas de los imperios.
El robo del futuro: deuda y ética intergeneracional
Los datos económicos más inquietantes no son solo cuantitativos, sino también éticos: la deuda pública ha alcanzado los 3,057 billones, con unos gastos por intereses de 85,6 mil millones al año. Esta cifra supera ahora la inversión estatal en educación (76,5 mil millones) y asistencia sanitaria hospitalaria (54,1 mil millones).
En un contexto en el que la ratio deuda/PIB es del 134,9 %, estamos asistiendo a una erosión sistemática del mañana en beneficio del hoy.
Desde el punto de vista de la ética cristiana, este desequilibrio representa una violación del pacto intergeneracional. Un sistema que gasta más en el pago de intereses que en inversión en sanidad y educación está diciendo que el pasado pesa más que el futuro.
La comunidad cristiana debe denunciar esta falta de visión no solo como un error técnico, sino como una injusticia estructural.
La respuesta de la Iglesia consiste en promover una cultura de sobriedad y responsabilidad generalizada, argumentando que los recursos no son bienes de consumo, sino un compromiso que debemos salvaguardar para las generaciones futuras.
La demanda de equidad fiscal hacia los gigantes de Internet, planteada por el 81,1 % de los italianos, pone de manifiesto un ansia de justicia que debe ser interceptada y canalizada.
Trabajo, demografía y vocación en tiempos de escasez
Italia es un país envejecido que trabaja “hasta tarde”. Con un 24,7 % de la población mayor de 65 años (que se prevé que alcance el 34,1 % en 2045) y un 84,5 % del crecimiento del empleo impulsado por los mayores de 50 años, está surgiendo una sociedad estancada.
Los jóvenes menores de 35 años se están quedando atrás en el mercado laboral, mientras que los salarios reales han caído alrededor de un 8 %. Al mismo tiempo, avanza la desindustrialización (manufactura -4,2 % en 2024) y se desploma el emprendimiento juvenil (-46,2 % en veinte años).
Desde el punto de vista bíblico, este escenario supone la pérdida de tres bendiciones: la descendencia (pocos hijos), la dignidad del trabajo y la hospitalidad (con los extranjeros a menudo relegados a una posición marginal).
La “fiebre” de la clase media, que intenta mantener el consumo a pesar del empobrecimiento, revela una crisis de sentido: el trabajo ha perdido su dimensión vocacional para convertirse en mera supervivencia o estatus.
La respuesta cristiana aquí es doble y paralela: por un lado, redescubrir la vocación del trabajo y sus límites, recordando que la dignidad humana no depende de los ingresos o del éxito empresarial, sino de la fidelidad a Dios en el trabajo diario.
Por otro lado, reparar el pacto social, invirtiendo en comunidades evangélicas que son cada vez más laboratorios de integración, donde los ancianos y los jóvenes, los italianos y los extranjeros, no compiten por recursos escasos, sino que son miembros del mismo cuerpo.
La absolutización del presente
Ante un futuro percibido como una amenaza, la reacción mayoritaria es refugiarse en el presente: consumo experiencial, cuidado corporal, desinterés político (con una abstención que a menudo supera el 40 %).
Es el eclipse de la trascendencia: el sentido de la vida se reduce a un momento fugaz.
En este contexto, la sexualidad, vivida como consumo y refugio de la identidad, cobra gran importancia. Con un 33,2 % de los hogares compuestos actualmente por una sola persona y un número creciente de parejas (más del 22 %) que descartan a priori la paternidad, el eros parece desconectado de la planificación generativa.
A menudo mediatizada por la tecnología digital (el principal canal de interacción emocional para el 28,5 % de los adultos jóvenes), la sexualidad se convierte en el último bastión de la soberanía individual que ya no encuentra espacio en la esfera pública.
Sin embargo, es precisamente esta «crisis estructural de la esperanza» la que abre un espacio sin precedentes para el Evangelio.
La esperanza cristiana es radicalmente diferente al optimismo ingenuo (contradicho por los datos) y a la confianza en la fuerza o la energía humanas únicamente (buscada por el 29,7 %). Se basa en Cristo crucificado y resucitado, que irrumpe en las estadísticas del fracaso humano.
Conclusión
El informe Censis 2025 no es un juicio, sino un diagnóstico que desafía el testimonio del Evangelio. En una Italia donde el 46,8 % no cree en el progreso y donde las instituciones luchan por garantizar la justicia intergeneracional, la presencia cristiana no puede limitarse al bienestar. Debe atreverse a ser una presencia real, profética y sacerdotal:
1. Comunidades evangélicas contraculturales: contextos en los que se ofrece una forma de vida alternativa concreta (no solo doctrinal), capaz de practicar una economía de compartir en lugar de acumular, de reparar el pacto entre generaciones, de dar testimonio de relaciones fieles en lugar de consumo emocional.
2. Una narrativa diferente: proclamar que el futuro no está determinado por la deuda o la demografía, sino que se abre gracias a la promesa de Dios.
3. Vocación pública: formar creyentes que, sin idolatrar la política, se comprometan con el bien común y la justicia precisamente cuando la confianza colectiva está en su punto más bajo.
Solo devolviendo el Evangelio al centro, como la única noticia verdadera capaz de generar un futuro, se puede transformar el declive numérico en un contexto en el que la gracia de Dios brille con mayor intensidad.
Giuseppe Rizza, pastor de la Iglesia Reformada de Trento, experto en el campo de la educación.
Este artículo fue publicado por primera vez por la revista italiana Loci Communes. Traducido y republicado con permiso.
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