Continuamos con esta segunda parte de la entrevista a Almendra Fantilli. En la primera vimos su infancia y raíces, su experiencia de conversión y modelación de su visión y experiencia de la fe, la iglesia como comunidad, y su vocación por la comunicación y el arte.
Pasamos ahora a profundizar en su labor actual, proyectos de futuro, y su experiencia como mujer, comunicadora y activista social en la sociedad e iglesia de nuestro tiempo.
Pregunta.- ¿Cómo nació la idea de realizar el documental El Culto?
Respuesta.- La idea de El Culto. Un retrato de reuniones evangélicas nació de varios hilos que se fueron cruzando, tanto por inquietudes personales como comunitarias.
Por un lado, el culto forma parte de mis recuerdos más íntimos de infancia, es mi experiencia estética primaria. Esta reflexión coincidió con eventos en torno a los 500 años de la Reforma en 2017, donde junto con amigos y amigas, en un club de lectura que teníamos, empezamos a preguntarnos por la centralidad que el culto tenía en nuestras agendas eclesiales.
Además, ese año comencé un taller de cine documental comunitario, que fue el espacio que me permitió explorar, jugar y poder desarrollar el documental durante 2017, 2018 y 2019.
Para el taller yo tenía que elegir un espacio comunitario que me interpelara personalmente para construir un relato audiovisual, así que profesores me animaron a emprender la narración del culto.
Elegí centrarme en el culto particularmente porque había leído que los evangélicos eran una de las adscripciones religiosas que más frecuentaban periódicamente el ritual que les ayudaba a sostener el credo. Y claro, me parecía una síntesis muy potente, en términos políticos, teológicos, sociales y visuales.
P.- ¿Qué querías mostrar sobre las iglesias evangélicas que normalmente no aparece en los medios?
R.- Lo que más me interesaba mostrar era, ante todo, la diversidad. Por eso elegí cuatro iglesias distintas, donde muestro de inicio a fin qué pasa en cada uno de sus cultos.
En general, los medios tienden a hablar de “los evangélicos” como si se tratara de un bloque uniforme, compacto y perfectamente previsible, cuando en realidad se trata de un universo profundamente heterogéneo.
A veces, desde afuera, se analiza el fenómeno evangélico solo desde el discurso, desde la ideología o desde sus expresiones más visibles y polémicas. Pero en el culto pasan muchas otras cosas que no pueden reducirse a eso: se gestiona el dolor, se expresa la esperanza, se construyen vínculos, se busca consuelo, y también hay un espacio para el canto; se llora, se recuerda, se celebra, se resiste también.
Hay algo muy denso y muy humano en esa experiencia religiosa.
P.- También has estado vinculada a organizaciones sociales. ¿Cómo se conectan en tu vida la fe y el compromiso social?
R.- Para mí, la fe y el compromiso social se conectan de una manera bastante orgánica.
Nunca pude pensar la espiritualidad cristiana como algo desligado de las condiciones concretas y materiales. Me interesa una fe que no quede encapsulada en la intimidad, en el culto o en el lenguaje religioso, sino que pueda preguntarse por la dignidad de las personas, por las condiciones materiales de la vida y por las formas en que la gente se organiza por lo que le es común.
En distintos momentos estuve vinculada a organizaciones sociales y políticas, y eso me ayudó a profundizar esta convicción.
Trabajé en espacios donde la lucha por la vivienda era central, colaboré con organizaciones de mujeres huerteras y con experiencias comunitarias donde la defensa de la vida cotidiana pasaba por cosas muy concretas.
En ese sentido, me resultó muy iluminadora la consigna de las tres T que tanto insistió el papa Francisco: tierra, techo y trabajo.
Me parece una síntesis muy potente de lo mínimo indispensable para una vida humana digna, y por eso también una forma muy concreta de pensar la justicia social. Estos temas que hacen a la relación política–religión me super interesan y es algo que investigo formalmente.
Igual, acá me gusta mencionar lo que Chantal Mouffe distingue entre “la política” y “lo político”. La política, en un sentido más restringido, tiene que ver con las instituciones, el Estado, las leyes, los partidos, las decisiones públicas que afectan estructuralmente a la sociedad.
Pero lo político es más amplio: atraviesa toda la vida en común, porque allí donde hay relaciones humanas, hay también relaciones de poder, disputas por el sentido, tensiones sobre cómo convivimos y cómo distribuimos bienes, voces y reconocimientos.
Por eso creo que los creyentes no pueden desentenderse de lo político.
Puede que no participes de la política partidaria, pero nadie que habita en sociedad puede escapar de lo político, porque vivir con otros siempre implica posicionarse ante el poder, ante la injusticia, ante la desigualdad y ante las formas concretas de organizar la vida común.
P.- ¿Cómo ves en el momento actual la situación de la mujer en la/s iglesia/s?
R.- La biblista Elsa Tamez, en La Biblia de los oprimidos, muestra que en el Antiguo Testamento hay muchas palabras para nombrar la opresión y que esta explica situaciones muy concretas.
Por ejemplo, en Éxodo 3:7-10, cuando Dios dice que ha visto la opresión de su pueblo y ha oído su clamor, aparecen términos como ‘anah’, ligado al maltrato, la humillación y la imposición del poderoso sobre el débil, y nagas, vinculado a la explotación y al trabajo forzado.
Es decir, bíblicamente la opresión remite a situaciones concretas de sometimiento, degradación y abuso de poder. Me parece importante traer esto a colación para poder leer también lo que viven muchas mujeres en las comunidades de fe.
No porque el texto esté hablando directamente de ellas, sino porque ofrece una gramática para reconocer la opresión allí donde hay subordinación, silenciamiento, infantilización o restricción injusta de la palabra o la agencia de las personas.
Las teologías feministas ayudaron a ver que la pregunta no es solo qué dice la Biblia, sino quién la interpreta, desde dónde y al servicio de qué relaciones de poder.
Muchas desigualdades persistieron no solo por los textos, sino por lecturas e interpretaciones patriarcales que presentaron como voluntad de Dios formas históricas de dominación, y de esto habla Beth Allison Barr en el libro La construcción de la feminidad bíblica.
Por supuesto, venimos diciendo que el mundo evangélico es diverso. Hay comunidades más igualitarias y otras más rígidas.
Pero esa diversidad no debería impedirnos reconocer que, muchas veces, el lenguaje religioso es parte del problema cuando legitima la desigualdad “en nombre de los roles asignados por Dios”. Por eso no creo que debamos ser indiferentes a estas situaciones.
P.- Si el Dios del Éxodo es un Dios que ve, escucha y actúa frente a la opresión, la iglesia no debería reproducirla. Cómo crees que puede cambiar la desigualdad? ¿Qué habría que hacer?
R.- Creo que no alcanza con sumar mujeres a espacios visibles si no se revisan de fondo los modelos de relación que las iglesias reproducen.
Hay que volver a pensar qué entendemos por autoridad, sumisión, cuidado mutuo y ejercicio de los dones.
Como decíamos, muchas desigualdades se sostienen en interpretaciones de la Biblia que terminan legitimando la subordinación de las mujeres a los varones en nombre de Dios.
Por eso hace falta una formación mucho más seria de pastores, líderes y comunidades en violencia de género, perspectiva de género, teología, Biblia e historia.
P.- Pero también hace falta una conversión eclesial, que es algo más profundo y más estructural.
R.- Muchas veces la iglesia copia las jerarquías y los modos de relación del sistema de este mundo, y olvida su misión de ser embajadora del Reino de Dios, anticipando una forma distinta de vida.
Antonio González habla de una “sociedad alternativa”, y me parece una imagen muy potente: una comunidad donde la dignidad, la reciprocidad y los dones compartidos puedan desplegarse en plenitud.
Nancy Bedford también insiste en que los cultos deberían ser espacios abiertos y hospitalarios, donde las personas puedan reconocer la belleza y el amor de Dios.
Cuando una comunidad reproduce lógicas opresivas, ese amor deja de transparentarse.
Para mí, el cambio pasa por desarmar la confusión entre autoridad y autoritarismo, dejar de romantizar el sacrificio de las mujeres y recuperar una visión más evangélica del cuidado mutuo y la valoración recíproca.
No se trata solo de denunciar, aunque eso sea indispensable, sino de rehacer la vida comunitaria sobre bases más justas, menos jerárquicas y más fieles al evangelio.
Mirando hacia el futuro
P.- ¿Qué sueños o proyectos te gustaría desarrollar en los próximos años?
R.- Me encantaría seguir investigando, creando y divulgando en torno a la experiencia religiosa, las formas de la fe en la vida cotidiana y sus vínculos con la identidad y el territorio.
Ideas y proyectos nunca me faltan; lo que suele faltar, más bien, es tiempo y dinero para poder llevarlos adelante con la profundidad que me gustaría. Pero no me quejo, porque todo esto lo hago por fuera de mi horario de trabajo formal, que actualmente es en la Editorial CLIE.
En lo inmediato, estoy preparando El goce otro, mi primera exposición en Málaga, un proyecto que vengo desarrollando desde 2021 y que también tengo en formato de foto libro, aunque todavía no tenga editorial. (Esta exposición ya está en curso a día de hoy)
Es un trabajo que recoge muchas de las preguntas que vengo sosteniendo desde hace años e intenta aproximarse al fenómeno religioso evangélico desde una mirada sensible, crítica, poética y encarnada.
También lanzaré un podcast con entrevistas, titulado Es una experiencia religiosa, donde conversaré con expertos en estos temas.
Me entusiasma mucho seguir profundizando académica y poéticamente en esa línea en distintos lenguajes, como la fotografía y la escritura. Cada vez me interesa más la creación como un camino y un proceso de investigación, de escucha y de relación con otros.
P.- Para terminar: ¿qué le dirías a las nuevas generaciones de cristianos que quieren vivir su fe de forma auténtica en el mundo contemporáneo?
R.- Estos días estuve escuchando el último disco de Jorge Drexler y hay una canción que me encantó, se llama Nuestro trabajo / Los puentes, y dice: “Se preguntarán qué es lo que hacemos cantándole al amor mientras el mundo se va al carajo; ni más ni menos que nuestro trabajo”.
Y después sigue: “Que viva todo aquel valiente que tiende un puente, y el valiente que lo cruza”.
Les recomendaría escucharla, porque me parece que ahí hay algo muy valioso para el presente: la invitación a resistir la lógica de las batallas y las trincheras.
En un presente marcado por la sobresaturación, la polarización y muchas formas de crueldad, tender puentes es una tarea espiritual, humana y también profundamente cristiana. Por eso creo que hoy nos hace falta descubrir una fe más encarnada, menos ansiosa por controlarlo todo y más dispuesta a dejarse afectar por el dolor del mundo, por su belleza y por la complejidad de la vida misma en la vida cotidiana, abierta a la escucha y al encuentro con el otro.
Una fe que integre cabeza… corazón… y manos.
