Hoy conversamos con Claudia Matos, autora y protagonista de una historia profundamente dolorosa y valiente. En su libro, “Secretos de familia” comparte el horrible impacto de haber crecido bajo el abuso sexual y las palizas de su padre, pastor de la iglesia, quien la agredió sexualmente desde los 6 años hasta los 17, sistemáticamente. Ocurrió hace unos 30 años. Nadie denunció la situación cuando salió a la luz, ni siquiera le apartaron del pastorado.
Tengo que confesar que he tenido que dejar la lectura por momentos, y llorar de dolor por esa niña, y orar a Dios y clamar por tantas víctimas que aún guardan silencio.
Hablar de abuso no destruye la fe; lo que destruye es el encubrimiento, la impunidad y el silencio que protegen al agresor mientras abandonan a las víctimas.
Durante años, muchas víctimas aprenden a callar para sobrevivir. Callan por miedo, por culpa, por vergüenza o porque sienten que nadie las creerá. Y ese silencio se vuelve todavía más profundo cuando el agresor ocupa un lugar de autoridad espiritual, admirado y respetado por una comunidad.
Esta es la historia de una mujer que decidió romper el silencio y comenzar un camino difícil hacia la restauración personal, emocional y espiritual.
En esta entrevista queremos escuchar su voz con respeto y profundidad. Queremos hablar no sólo del dolor, sino también de la valentía de nombrarlo, de las heridas invisibles que deja el abuso espiritual y familiar, y de la esperanza de quienes, aun después de haber sido quebrados, encuentran fuerzas para volver a vivir y ayudar a otros a salir de la oscuridad.
Pregunta.- Tu padre era pastor. ¿Cómo afecta eso a una niña que intenta comprender lo que está viviendo?
Respuesta.- El abuso sexual de por si deja una profunda herida invisible (porque es muy sutíl y en ocasiones no deja ni siquiera señales). Hay una mezcla de culpa, de vergüenza, de miedo y de dolor del mismo trauma. Pero si añadimos el factor de que tu abusador y agresor es tu padre y un líder religioso eso eleva tu sufrimiento a un nivel más alto. Ese tipo de abuso es devastador. Se supone que la infancia es un tiempo de felicidad, que tu familia está para protegerte y que el sexo no existe en esta fase de la vida. Dejé de ser una niña feliz, llena de vida y pasé a ser una niña temerosa y desconfiada.
P.- ¿Qué ocurre cuando quien debería protegerte es también alguien admirado espiritualmente por otros?
R.- Cuando tu abusador es admirado por otros, eso te genera una crisis que afecta todas las áreas de tu vida. Además, te sientes doblemente victimizada, porque… ¿Quién me va a creer? ¿Quién va a creer algo tan absurdo? Si mi padre era un hombre “bueno”, agradable, simpático y admirado por todos. Muchos agresores construyen una fachada de éxito y amabilidad. Suelen ser personas carismáticas en público y manipuladoras en privado. Lo que dificulta que se crea a la víctima.
El impacto emocional y espiritual
P.-¿Cómo afectó el abuso a tu autoestima y a tu manera de relacionarte con los demás?
R.- El abuso sexual deja secuelas muy profundas, lo llamo de sufrimiento silencioso ya que lo llevas como un secreto doloroso. Me sentía rota cargando con la vergüenza, culpa, miedo y baja autoestima. Creía que no valía nada, me sentía sucia. Vivía en un estrés constante, apenas descansaba y estaba siempre en alerta. En relación con las personas, desconfiaba de todos y tenía rabia del mundo. Estaba rota y dañada. Tenía pensamientos suicidas y me sentía sola. Yo Intentaba aislarme de todos.
P.-¿Llegaste a sentir rechazo hacia Dios o hacia la iglesia?
R.- Totalmente. No quería creer en Dios. Como dije anteriormente, yo estaba muy enfadada con Él. Estaba decepcionada con la iglesia y sus instituciones y quería alejarme de todo eso. En mi caso, el horror de vivir los abusos, en ocasiones dentro del mismo templo, me trajo mucha confusión y odio por la Iglesia y por Dios. ¿Cómo se repara algo así? Y lo más frustrante es que tenía que volver cada domingo a esa iglesia y escuchar a mi padre hablar (predicar) de Dios, de su amor y su perdón. Eso fue algo que impactó y rompió por completo mi vida. En mi confianza, en mis relaciones, en mi vida espiritual, en mis creencias, en mi fe, en mi vida sexual y afectiva. Es imposible separar el abuso de la figura de Dios.
P.-¿Cómo se reconstruye la fe después de haber sido herida por alguien que hablaba en nombre de Dios?
R.- Reconstruir la fe después del abuso es un proceso muy complejo y doloroso. La sanidad requiere ayuda profesional (en mi caso tuve que buscar ayuda profesional y apoyo especializado) además del apoyo de mi marido (el que siempre estuvo a mi lado), ayuda emocional, espiritual, mental y psicológica. Llevó su tiempo y mucha paciencia.
El abuso cometido por alguien que utiliza el lenguaje religioso representa una manipulación y una violación de la confianza. Por eso tuve que rodearme de personas saludables y de una comunidad sana.
Poco a poco tuve que reconstruir mi fe y redefinir mi imagen de Dios. Con el tiempo pude entender que Dios no era el culpable de todo aquello, Dios aborrece la violencia y los abusos. La Biblia toma el abuso sexual muy en serio.
Siempre me habían dicho que “esperara en Dios” o sea “silenciarme”. En mi entorno religioso, denunciar o hablar de mi situación se consideraba un acto de rebeldía contra la voluntad de Dios. Yo tenía que callarme para nunca avergonzar el evangelio. Pero tuve que entender que las escrituras exhortan la denuncia de casos de abusos y agresiones sexuales.
Dios empezó a trabajar en cada área de mi vida, en cada parte rota y tuvo que reconstruir cada trocito como si de una vasija rota se tratara. Conocí a un Dios de amor, de perdón, a un Dios salvador, Justo y Soberano, al Dios consolador pero lo que más me costó entender fue conocer al Dios Padre. Eso me tardó más tiempo, hasta que un día conocí al Dios Padre y recibí el amor y el abrazo del Dios Padre. Ese fue el gran milagro.
El camino hacia la restauración
P.- El subtítulo del libro habla de “el camino hacia la restauración”. ¿Cómo comenzó ese proceso para ti?
R.- No puedo decir que el proceso de cura en mi vida haya sido fácil, al revés, me dolió muchísimo.
En primer lugar tener que reconocer que había un problema y en segundo lugar pedir ayuda. Tuve que buscar un profesional (psicólogo) para que me ayudara. Como dije anteriormente, me dolió muchísimo cruzar por el “valle” del proceso de cura, he llorado mucho, he intentado abandonar la terapia, me he enfadado con Dios, y lo más difícil para mí, he tenido que perdonar y recibir perdón de mí misma.
P.-¿Qué personas o herramientas fueron importantes en tu recuperación?
R.- En primer lugar mi marido, siempre estuvo a mi lado en ese proceso. Mi terapeuta, que pudo tratar y equilibrar mi sanidad emocional, física y espiritual. Y agradezco el trabajo que hizo y la paciencia que tuvieron conmigo.
Pero no puedo dejar de darle las gracias a Dios, porque me rescató del pozo más profundo que estaba yo.
El abuso tiene un impacto profundo que afecta el cuerpo, el alma y el espíritu, por lo que este camino suele requerir el apoyo de profesionales de la salud mental.
P.-¿Se puede perdonar sin minimizar el daño sufrido?
R.- Perdonar no significa olvidar o justificar el abuso y por veces no significa reconciliarse con el agresor. El mal causado continúa existiendo y el agresor es responsable de sus actos. El perdón nunca puede suponer minimizar el dolor ni la gravedad de lo ocurrido.
Perdonar es una decisión. Perdonar es soltar (a nivel emocional) a quien me dañó. Es elegir no vivir encadenado al dolor o al agresor. No significa justificar lo que está mal, pero sí liberar el alma del dolor que sentimos.
Mensaje para víctimas y para las iglesias
P.-¿Qué le dirías a una persona que está viviendo abuso y todavía no se atreve a hablar?
R.- Busca ayuda. Lo primero es hacerla saber que no está sola, escuchar, creer y confiar en lo que nos cuenta. Es vital que la persona se sienta creída y no juzgada.
Es muy importante ofrecer un espacio seguro. Revelar un abuso requiere mucha valentía. El abuso suele generar confusión y culpa en la víctima; validarla es fundamental. Las víctimas a menudo tienen temor de hablar por miedo a que no se las crean, además en muchos casos las víctimas han minimizado su dolor y su difícil situación.
P.-¿Qué señales deberían aprender a reconocer las familias y las comunidades religiosas?
R.- Reconocer el abuso requiere prestar atención a cambios repentinos. El maltrato o el abuso se manifiesta de diferentes maneras y las señales de alerta pueden variar dependiendo de la edad y del tipo de abuso. Los indicadores más comunes son:
- Indicadores físicos y de salud
- Cambios en el comportamiento y emociones
- Señales de abuso íntimo o domésticos
- Temor para quedarse solo con una persona determinada
- Autolesiones
- Temor a que lo toquen
- Dibujos frecuentes con un contenido sexual
- Continuos juegos relacionados con el sexo con amigos, juguetes o mascotas
- Ansiedad severa, Depresión, Ira extrema
P.-¿Crees que dentro de algunas iglesias todavía existe miedo a hablar de abuso cuando el agresor tiene autoridad espiritual?
R.- Estoy segura que sí. A pesar de los esfuerzos institucionales y sociales por visibilizar esta problemática, el temor a escándalos continúa silenciando a muchas víctimas. El encubrimiento de la comunidad (priorizando la reputación de la iglesia por encima de la seguridad de las víctimas) llena de temor al aislamiento en la víctima.
Muchas iglesias aún en los tiempos de hoy no tienen un protocolo seguro ni para las víctimas de abuso ni para los líderes que son abusadores (ej. la iglesia católica hoy si tiene un protocolo para investigar obispos y superiores acusados de abuso o de encubrimiento).
Instituciones estatales, como la Oficina del Defensor del Pueblo en España, han elaborado informes exhaustivos sobre los abusos, estableciendo acuerdos con las autoridades eclesiásticas para indemnizar y reconocer a las víctimas. Eso es algo que nosotros los evangélicos aún no hemos logrado.
P.-¿Cómo deberían reaccionar las iglesias cuando una víctima denuncia abuso?
R.- La iglesia debe reaccionar priorizando siempre la escucha, la protección y la atención integral de la víctima. Crear un entorno seguro y acogedor para la conversación (las víctimas no compartirán sus historias si no se sienten seguras). Debemos asegurarnos como Iglesias de que disponemos de protocolos claros para la notificación y prevención de abusos.
Se debería abordar el tema de los abusos sexuales y la violencia de género en los servicios religiosos (nuestros cultos o celebraciones). Eso es parte de la sanidad que Dios quiere para su Iglesia. Todo el personal y los voluntarios deben conocer y saber cómo aplicar las políticas de la iglesia o del entorno ministerial para denunciar los abusos y para la prevención.
Recordemos que la iglesia al igual que cualquier otra institución, organización o ciudadano, tiene el deber ético y moral de denunciar un abuso sexual.
P.-¿Qué errores se cometen con frecuencia al intentar “proteger” el nombre de una iglesia o de un líder?
R.- Proteger la reputación de un líder o de una Iglesia por encima de la seguridad de las víctimas es encubrimiento. Los errores más frecuentes son:
- Trasladar al agresor de lugar - (eso se llama “evadir el escándalo” lo que únicamente facilita el acceso a nuevas víctimas)
- Minimizar el impacto - descartar el testimonio de la víctima o dudar de su palabra.
- Exigir acuerdos de confidencialidad - Condicionar la ayuda o el arrepentimiento al silencio legal de los afectados.
- Intentar resolverlo “en casa” - Aplicar solo medidas disciplinarias internas en lugar de denunciar el hecho ante las autoridades.
- Abuso espiritual - Ejercer presión sobre la víctima apelando a la culpa, el perdón o la obediencia ciega para silenciarla.
Esperanza y futuro
P.-¿Qué deseas que provoque este libro tuyo, ya mencionado, en quienes lo lean?
R.- Este libro fue parte de mi proceso de sanidad tras el abuso. Hablar y escribir sobre este tema fue vital para procesar el trauma, recuperar el control de mi vida y mi identidad, romper el silencio y validar lo ocurrido.
Cuando lees este libro “Secretos de familia” la víctima se ve identificada con muchos de mis traumas. Este libro valida la experiencia traumática de muchas personas. Y ofrece herramientas prácticas sobre el proceso de restauración y sanidad.
Muchos supervivientes se sienten solos y culpables, en este libro el lector puede identificarse con mi dolor, sabiendo que hay esperanza después del abuso. Animo a que las víctimas rompan el silencio y busquen ayuda para su proceso de sanidad. Hay muchísimos supervivientes que cargan durante décadas con el peso del silencio (Yo fui una de ellas), pero recuerda; las consecuencias se agravan con el silencio.
P.-¿Con qué mensaje te gustaría cerrar esta entrevista?
R.- Si has sufrido abuso sexual y quieres empezar un proceso de sanación, podemos ayudarte. Si has sobrevivido a un abuso recuerda: “no fue tu culpa”, “no estás solo” y tu dolor es válido. No debes ni tienes que llevar esa carga en silencio. Comparte tu experiencia y busca ayuda profesional.
Hoy te quiero decir que mis heridas ya no sangran, solo son cicatrices. Las cicatrices son marcas de resistencia y prueba de todo lo que has logrado superar. Representan tu fortaleza. Tus cicatrices internas también representan historias de sanidad y restauración. Mi deseo es que puedas entregar tus heridas a Aquel que puede ayudarte a encontrar propósito y esperanza. Jesús es el único que puede vendar tus heridas.
Tus cicatrices son un testimonio del Poder Sanador de Dios. No las escondas.
Salmos 147:3 “Él sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas”
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