Silence y el verdadero rostro del martirio: cuando la fe vale más que una imagen

2026-07-11 | Fuente: lacorriente.com/feed/

Hay escenas que permanecen en la memoria mucho después de que aparecen los créditos.

En Silence (2016), de Martin Scorsese, una de ellas muestra a dos cristianos crucificados sobre el mar mientras la marea sube lentamente hasta acabar con sus vidas. Su crimen no fue político ni militar. Su única «culpa» fue negarse a pisar una imagen de Jesús.

A primera vista, la escena podría llevarnos a pensar que aquellos creyentes murieron por defender una imagen religiosa. Sin embargo, esa no es la verdadera historia. Lo que Silence retrata va mucho más allá de un objeto. Habla de personas que prefirieron perder la vida antes que negar públicamente a Cristo.

Mucho más que una placa de metal

Durante la persecución del cristianismo en el Japón del siglo XVII, las autoridades utilizaban el fumie: una placa de madera o metal con la imagen de Cristo o de la Virgen María que los sospechosos debían pisar para demostrar que habían abandonado la fe cristiana.

El objetivo nunca fue destruir una imagen. El verdadero propósito era quebrar la fidelidad del creyente. Pisar el fumie era una declaración pública de apostasía, una forma de decir: «Ya no pertenezco a Jesús».

Fumie con la que obligaban a los cristianos a pisar o escupir su imágen.

Por eso, los mártires de la película no murieron defendiendo un pedazo de metal, sino confesando con su vida que Cristo seguía siendo su Señor.

Cristo no puede reducirse a una imagen

Este punto resulta especialmente relevante desde una perspectiva bíblica. El cristianismo nunca enseñó que una representación material de Jesús sea Jesús mismo.

Las Escrituras advierten contra la fabricación de imágenes para rendirles culto (Éxodo 20:4-5). Incluso los profetas ridiculizan a los ídolos por ser obras de manos humanas que no pueden hablar, escuchar ni salvar (Salmo 115:4-8; Isaías 44:9-20).

Escena de Silence con un pie lleno de barro pisando una imágen de Cristo.

Jesucristo no es una estatua, una pintura ni una reliquia. Él resucitó, está vivo y reina para siempre. Ningún objeto puede contener su presencia ni representar plenamente su gloria.

Por eso, si alguien destruyera una cruz de madera, rompiera una pintura de Jesús o fundiera una medalla cristiana, Cristo seguiría siendo el mismo Señor soberano. Su identidad no depende de objetos religiosos.

Entonces, ¿por qué no pisaron la imagen?

Aquí es donde Silence plantea una de sus preguntas más profundas.

Aquellos creyentes sabían que el fumie no era Jesús. Sin embargo, también entendían que el gesto que se les exigía realizar no era simplemente apoyar el pie sobre una placa, sino renunciar públicamente a Aquel que esa imagen representaba.

La prueba no consistía en destruir un objeto, sino en decidir a quién pertenecían. En otras palabras, el valor no estaba en la imagen, sino en la Persona.

El martirio nunca fue por un objeto

A lo largo de la historia, los mártires cristianos no dieron su vida para proteger símbolos religiosos. Murieron porque se negaron a reconocer otro señor que no fuera Jesucristo.

Las autoridades romanas no perseguían a los cristianos porque llevaran una cruz al cuello. Los perseguían porque confesaban que «Jesús es el Señor» (Romanos 10:9), una declaración que chocaba directamente con el culto al César.

Del mismo modo, los creyentes japoneses retratados en Silence no defendían una pieza de metal. Defendían la confesión de que Cristo seguía siendo digno de toda su lealtad, aun cuando esa confesión les costara la vida.

Una pregunta para la Iglesia de hoy

Quizá el desafío que deja Silence no sea preguntarnos si nosotros habríamos pisado el fumie. La verdadera pregunta es qué lugar ocupa Cristo en nuestra vida cuando seguirlo tiene un costo.

Vivimos en una época donde muchas veces es más fácil defender símbolos cristianos que permanecer fieles a Cristo mismo. Podemos discutir por tradiciones, imágenes o expresiones externas, mientras descuidamos aquello que realmente define la fe: una relación viva con el Señor resucitado.

Los mártires de Silence entendieron una verdad que sigue siendo necesaria para la Iglesia de hoy: Cristo vale infinitamente más que cualquier representación de Él. La imagen podía ser de madera o de metal. Jesús, en cambio, era el Hijo de Dios hecho hombre, crucificado, resucitado y glorificado.

Y precisamente porque Él es mucho más que una imagen, hubo quienes estuvieron dispuestos a entregar la vida antes que negar su nombre.

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