Las adicciones los separaron durante años. Cuando se reencontraron, un diagnóstico cambió su amistad para siempre.
Un hermano nace en el tiempo de la angustia
Elegí un amigo… y Dios lo convirtió en un hermano.
Tuve la fortuna de conocer a Fede en primer grado. Nos hicimos amigos en medio de un juego de chicos. Mientras me «robaba la nariz», me regaló una sonrisa y, entre risas, nació una amistad que terminaría marcando toda mi vida.
«Éramos tan diferentes como parecidos».
Él era el alumno de diez; yo apenas llegaba al siete, muchas veces con algún punto prestado. Él era de Boca; yo, de San Lorenzo. Él disfrutaba de leer; yo esperaba con ansiedad el recreo para salir corriendo al patio.
Yo era «el enano». Él era «el gordo».
Siempre estábamos juntos: en los recreos, en los juegos, en las travesuras y también en las peleas. Cada tarde intentábamos convencer a nuestros padres de que nos dejaran seguir jugando en la casa de alguno de los dos.
Los dos éramos fanáticos del fútbol. Cualquier cosa que pareciera una pelota terminaba siendo pateada. Gastábamos zapatillas al mismo ritmo y, de vez en cuando, también rompíamos algún vidrio de algún vecino.
Pero cuando cumplí doce años, todo cambió.
Mis padres enfermaron y, como ya no podían cuidarme, tuve que mudarme a vivir con una de mis hermanas, a cincuenta kilómetros de donde había crecido. Cambié de barrio, de colegio y dejé el club. La vida nos obligó a tomar caminos distintos.
De un día para el otro, el amigo con el que compartía todos mis días dejó de estar ahí. Sin despedidas. Sin saber cuándo volveríamos a encontrarnos.
Los siguientes cinco años fueron los más difíciles de mi vida. Todo lo que había perdido me dejó en una profunda vulnerabilidad. Poco a poco caí en las adicciones. Llegué al punto de poner mi propia vida en riesgo.
Durante ese tiempo, Fede no supo nada de mí. Solo escuchó rumores. Algunos decían que yo había muerto.
Nadie sabía con certeza qué había pasado. Él sabía que yo estaba consumiendo y viviendo una vida muy lejos de aquel chico que había conocido. Cuando escuchó aquellos comentarios, no le sorprendieron…, pero le rompieron el corazón.
Hasta que una tarde golpearon la puerta de su casa. Era Nico, mi hermano mayor. Cuando Fede lo vio, imaginó lo peor. Pero no.
Mi hermano había ido, por pedido mío, a decirle que yo estaba internado haciendo un tratamiento por adicciones y que deseaba volver a verlo.
Fede no tardó en aparecer. En cinco años habían cambiado muchas cosas. Él ya no era «el gordo»; ahora era alto y flaco. Yo seguía siendo el mismo enano de siempre.
Él había terminado el secundario y estaba estudiando en la universidad. Yo hacía años que había abandonado el colegio. Él estaba sano. Yo estaba enfermo.
Sus desafíos eran aprobar finales. El mío era aprender a vivir otra vez. Pero había algo que el tiempo no había podido tocar: el amor que sostenía nuestra amistad.
Su presencia durante mi recuperación fue decisiva. Él era una de las pocas personas que realmente me conocía. Cuando intenté esconderme detrás de un personaje y convencer a todos de que era alguien que, en realidad, no era, había una persona a la que nunca pude engañar.
Era Fede. Fue entonces cuando entendí que Dios había convertido a aquel amigo de la infancia en un hermano. Entonces cobró sentido un versículo que, hasta ese momento, nunca había entendido del todo:
«En todo tiempo ama el amigo,
y es como un hermano en tiempo de angustia.»
(Proverbios 17:17, NTV)
Su compañía fue incondicional. Recuerdo especialmente el día en que le confesé que sentía un vacío imposible de llenar. Después de haber buscado respuestas en todos lados, le dije que estaba pensando en intentar con Dios.
Nunca voy a olvidar su respuesta.
- —»Enano, sos mi amigo. Y cualquier decisión que tomes, si te hace feliz, también me va a hacer feliz a mí».
Él todavía no compartía mi fe. Sin embargo, esas palabras fueron una de las confirmaciones que necesitaba para tomar la decisión más importante de mi vida: seguir a Jesús.
Pasaron otros cinco años. Yo ya estaba recuperado. Había terminado el secundario y estudiaba en el seminario.
Una mañana recibí un mensaje del papá de Fede. Quería hablar conmigo. Se lo notaba preocupado, y eso me asustó. Nos encontramos en un café.
Con la voz quebrada, me contó que a Fede le habían diagnosticado cáncer. Durante unos segundos no pude decir una palabra.
Todo lo que habíamos vivido juntos pasó por mi cabeza de golpe.
Sentí un vacío imposible de describir. Aun así, decidí contener mis lágrimas porque frente a mí había un padre que estaba sufriendo mucho más que yo. Fue en ese instante cuando sentí con claridad una frase en mi corazón:
Es hora de que Fede pierda un amigo… para que le nazca un hermano.
Él había estado presente cuando más lo necesité. Su amor, su paciencia y su compañía habían sido parte de mi recuperación.
Ahora era mi turno.
Desde ese día, mi compromiso con él fue absoluto.
Lo acompañé antes de cada quimioterapia, durante cada tratamiento y después de cada batalla. Hubo salas de espera, silencios interminables y oraciones que solo Dios escuchó. Simplemente intenté devolverle una pequeña parte del amor que él me había regalado cuando yo estaba peleando por salir adelante.
Con el tiempo entendí una verdad que nunca olvidé:
La amistad se convierte en hermandad cuando atraviesa la adversidad.
Jesús dijo:
«No hay un amor más grande que dar la vida por los amigos.»
(Juan 15:13, NTV)
Él llevó esas palabras hasta el extremo. Dio literalmente su vida en la cruz para salvar a la humanidad: amigos, enemigos, pecadores y personas de todo tiempo y lugar.
Nadie ha amado como Él. Pero quienes seguimos caminando de este lado de la eternidad estamos llamados a acercarnos cada día un poco más a ese amor.
Dar la vida por un amigo no siempre significa morir por él. Muchas veces significa regalarle tiempo, escuchar, servir, permanecer.
Con demasiada frecuencia reducimos la palabra amigo a quienes piensan como nosotros, creen como nosotros o viven como nosotros.
Pero Jesús dio su vida por todos. Incluso llamó «amigo» al hombre que estaba a punto de traicionarlo.
Hoy Fede está bien. Logró recuperarse plenamente. Pero el camino hacia su recuperación estuvo marcado por algo más que el apoyo y el acompañamiento de quienes lo rodeaban. Fue Jesús quien se expresó a través de ellos, y fue su mano la que trajo consuelo y amor.
Hoy nuestra amistad se transformó en hermandad como fruto de ese acompañamiento mutuo que pudimos brindarnos en medio de la adversidad.
Muchas veces creemos que tenemos que ser los mejores predicadores, los evangelistas más efectivos o las personas que siempre tienen la palabra justa para hablar de Jesús. Pero la realidad es mucho más simple: mostrar su amor estando, acompañando, escuchando, abrazando y sosteniendo al otro.
«En todo tiempo ama el amigo,
y es como un hermano en tiempo de angustia.»
(Proverbios 17:17)
Y entonces la pregunta es inevitable:
Si Jesús amó así… ¿no nos estará invitando a hacer lo mismo con cada persona que Él ponga en nuestro camino?
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