La Canción antes del Caos: Lo que nos revela la escena de 1917

2026-05-02 | Fuente: lacorriente.com/feed/

Sin dudas, muchas películas bélicas sobre la Primera Guerra Mundial compiten entre sí para ver cuál logra expresar realidades más profundas sobre el conflicto mundial que tuvo lugar desde 1914 a 1918.

Pero en 2019, una nueva propuesta nos trajo otro nivel de profundidad, sin detallar los conflictos políticos detrás de la guerra, sino lo que sucede en el interior de cada vida que fue a defender a su país, sin importar el motivo.

En esta nota vamos a profundizar en una escena puntual de la película 1917, dirigida por Sam Mendes (Belleza americana, James Bond, entre otras), quien trajo una nueva iniciativa con un largometraje filmado en un plano secuencia constante. Si bien algunos recortes invisibles se desarrollaron digitalmente, la mayoría de la película está filmada sin interrupciones ni cortes. Esto no es una decisión inocente, lo que busca la película es adentrarnos en una sola persona, el soldado William Schofield, a través de nuestros ojos.

Sí, la idea central de esta película es ser un testigo ocular ficticio de la Primera Guerra Mundial. Partiendo de este detalle gigante, las emociones que atraviesa el espectador no son las mismas que en otras experiencias cinematográficas.

Desde el comienzo estamos viendo los temores, ansiedades, insomnios y esfuerzos sobrehumanos por sobrevivir de William, como si nosotros también estuviéramos atravesando lo mismo. Pero hay una escena en la que todo parece apagarse, en la que pareciera que la guerra no existe más. Los soldados están sentados en el suelo, sintiéndose bendecidos de estar vivos, pero aún en estado de shock, en medio de una de las guerras más sangrientas y largas de todos los tiempos.

La misión y el peso del silencio

La película 1917 sigue a dos jóvenes soldados británicos, quienes reciben una misión urgente: atravesar territorio enemigo para entregar un mensaje que podría salvar a cientos de compañeros de una emboscada mortal. En una carrera contrarreloj, deberán enfrentar el peligro constante y sus propios límites para cumplir su misión.

El soldado Schofield, quien para este punto de la película ya quedó solo, se enfrenta ahora a uno de los tramos más difíciles y arriesgados de todo su viaje. Después de luchar por su vida abrazado a un tronco en una fuerte corriente de río tormentoso, consigue llegar a la orilla y caminar dentro del bosque.

Mientras camina, comienza a oír algo que llama su atención, pero que de alguna manera no lo asusta ni lo incomoda. Es algo que su cuerpo anhela desde que arrancó a correr en su misión. Eso que oye es música.

Y no cualquier música. Son melodías que salen de la boca de un soldado, mientras otros están sentados alrededor escuchando, en silencio, en paz y en calma, sabiendo que quizás estaban a punto de encontrar la muerte. Pero ese momento, esa canción, es lo más valioso que tienen.

William, totalmente agotado, se sienta a escuchar mientras la cámara recorre los rostros de los soldados.

La canción que detiene el tiempo

La canción dice:

“Soy un pobre peregrino errante.
Voy viajando por este mundo de dolor.
Pero allá no hay enfermedad, ni esfuerzo, ni peligro.
En esa tierra brillante a la que voy.
Voy hacia allá para ver a mi Padre.
Voy hacia allá para no vagar más.
Solo estoy cruzando el Jordán.
Solo estoy yendo a casa.
Sé que nubes oscuras me rodearán.
Sé que mi camino es duro y empinado.
Pero campos dorados están justo delante de mí.
Donde los redimidos de Dios descansarán para siempre.
Voy a casa para ver a mi madre.
Y a todos mis seres queridos que ya partieron.
Solo estoy cruzando el Jordán.
Solo estoy yendo a casa.
Pronto seré libre de toda prueba.
Mi cuerpo descansará en el cementerio.
Dejaré la cruz de la negación propia.
Y recibiré mi gran recompensa.
Voy hacia allá para ver a mi Salvador.
Para cantar sus alabanzas por siempre.
Solo estoy cruzando el Jordán.
Solo estoy yendo a casa.”

La I Am a Poor Wayfaring Stranger (“Soy un pobre peregrino errante”) es un himno tradicional que nació de forma oral y fue cambiando con el tiempo.

Aunque la canción seguramente existía desde antes, una de las primeras versiones escritas aparece en 1858 en un cancionero llamado Christian Songster. Desde ahí empezó a difundirse más ampliamente.

Durante el siglo XIX, se cantaba mucho en reuniones religiosas, funerales y encuentros comunitarios. Más adelante, fue adoptada por distintos estilos musicales: gospel, folk, bluegrass e incluso country.

Con el tiempo, artistas como Johnny Cash, Eva Cassidy o Jos Slovick la reinterpretaron, acercándola a nuevas audiencias.

Una escena que revela eternidad

Ahora que tenemos un poco del contexto de esta canción, podemos hacer un análisis de esta conmovedora escena.

William sabe que el peligro es inminente. Todos lo saben. Incluso los espectadores. Porque si bien conocemos cómo fue el final histórico de la guerra, desconocemos qué podría haber pasado con este soldado, que representa la vida de miles cuyas historias no conocemos.

Hoy podemos vernos como William, entendiendo que se vienen tiempos difíciles, momentos duros. Incluso podemos pensar en todos nuestros hermanos que sufren persecución en el mundo por seguir a Cristo. Pero cuando nuestro espíritu canta, el tiempo se detiene, el ruido se convierte en silencio.

Y aunque no conocemos lo que sucederá, sabemos que “nubes oscuras nos rodearán”, porque nuestro camino es “duro y empinado”, pero también que “campos dorados están justo delante nuestro”.

Si bien esto puede ser reconfortante al saber que no somos de este mundo y que la eternidad se encuentra libre de dolor y sufrimiento, podemos entender algo vital: el Señor que gobierna esa eternidad vive dentro nuestro.

Como dice Jesucristo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

Esta declaración no puede pasar desapercibida. Porque repite una palabra clave: descansar. Un atributo que el rey David expresa cuando dice: “En lugares de delicados pastos me hará descansar” (Salmos 23:2).

Aquel Dios que nos hace detenernos a escuchar su voz en medio de la tormenta vive dentro nuestro, recordándonos que no importa el final, si es con Él de la mano.

Caminar hacia casa

No solamente estamos hablando de la vida eterna después de la vida terrenal. También podemos entender esta frase en nuestra vida hoy, en medio de procesos difíciles: pérdidas, desilusiones, enfermedades.

Todo camino, por más duro que sea, en Cristo se transforma en un camino a casa.

El apóstol Pablo lo expresa así:
“No es que ya lo haya conseguido todo o que ya sea perfecto. Sin embargo, sigo adelante esperando alcanzar aquello para lo cual Cristo Jesús me alcanzó a mí… sigo avanzando hacia la meta” (Filipenses 3:12-14).

Si te encontrás en medio del caos y sentís que este mundo está a punto de consumirte, la canción de Dios aparece para prepararte, para darte fuerzas en medio de la debilidad, para detenerte a no pensar, sino escuchar.

Y entender que lo que está por delante, aunque parezca el final, no lo es. Sino el comienzo de algo nuevo.

Como dice la Escritura:
“Conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido… confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra” (Hebreos 11:13).

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