El plan de Dios para recuperar lo perdido: la misión de Jesús para reconciliar al mundo

2026-03-17 | Fuente: lacorriente.com/feed/

Desde antes de la fundación del mundo, Dios ya había establecido un plan para restaurar lo que se había perdido. Cuando la humanidad se alejó de su Creador y parte de su creación se rebeló contra Él, el Señor decidió actuar para recuperar lo que estaba bajo la influencia de la rebelión y traerlo nuevamente bajo su autoridad.

Ese plan tuvo un protagonista central: Jesucristo. Dios escogió a su Hijo para conquistar y restaurar aquello que se había apartado de su Reino. La Escritura enseña que Jesús debe reinar hasta que todas las cosas sean puestas debajo de sus pies. Cuando todo esté sometido a Él, el Reino será entregado al Padre, para que Dios sea todo en todos, como expresa el apóstol Pablo en 1 Corintios 15.

La autoridad de Jesús para restaurar el Reino

Después de su resurrección, Jesús declaró a sus discípulos que había recibido toda autoridad en el cielo y en la tierra. Con esa autoridad, les encomendó una misión clara: ir y hacer discípulos en todas las naciones.

Esta declaración, registrada en Mateo 28:18-19, revela que Cristo fue investido con el poder necesario para llevar adelante el plan de Dios: recuperar lo que se había extraviado y devolverlo al Reino del Padre.

Sin embargo, el camino que eligió no fue el de la fuerza ni el castigo. Jesús actuó conforme a su naturaleza: el Rey de Paz. En lugar de imponer su dominio por la violencia, abrió el camino de la reconciliación por medio del amor.

El apóstol Pablo explica este propósito en Colosenses 1:20: Dios quiso reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre de Cristo derramada en la cruz.

El precio de la reconciliación

Para comprender el significado de esa reconciliación, puede imaginarse una situación sencilla: dos personas enfrentadas porque una tiene una deuda que no puede pagar. Si nadie interviene, el conflicto permanece.

Pero si un tercero decide pagar esa deuda, el problema se resuelve y la relación puede restaurarse.

Eso es exactamente lo que hizo Jesús. La humanidad tenía una deuda imposible de pagar delante de Dios, pero Cristo decidió asumir el costo. Con su muerte en la cruz pagó el precio de la reconciliación y abrió el camino para que todo aquel que lo reciba pueda volver al Padre.

Gracias a ese sacrificio, ya no hay condenación para quienes creen en Él. La cruz se convirtió en el punto de encuentro entre el Dios santo y una humanidad que necesitaba ser restaurada.

Vivir en el Reino en medio de un mundo en tinieblas

Aunque quienes creen en Cristo pasan a pertenecer al Reino de Dios, aún viven físicamente en un mundo marcado por el pecado y la rebelión. La Biblia describe esta realidad como el reino de las tinieblas, un sistema influenciado por Satanás.

Esta es la razón por la que el mundo continúa experimentando guerras, injusticias, sufrimiento y catástrofes. No se trata del Reino de Dios manifestado plenamente, sino de un territorio donde la rebelión todavía opera.

Incluso durante la tentación en el desierto, el diablo le mostró a Jesús los reinos de este mundo y afirmó tener autoridad sobre ellos. Cristo rechazó esa oferta porque conocía el camino verdadero: la victoria definitiva vendría por medio de la cruz y la resurrección.

La luz que venció a las tinieblas

A pesar de la oscuridad espiritual que domina al mundo, Dios no dejó a la humanidad sin esperanza. El evangelio de Juan declara que en Jesús estaba la vida, y esa vida era la luz de los hombres. Esa luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no han podido apagarla.

La llegada de Cristo marcó el inicio de una nueva realidad: el Reino de Dios acercándose al mundo. Por eso, el primer mensaje proclamado por Juan el Bautista fue claro: “Arrepiéntanse, porque el Reino de los cielos se ha acercado”.

Ese anuncio trajo esperanza a quienes vivían marginados, oprimidos o alejados de Dios.

Nacer de nuevo: la puerta al Reino de Dios

Entrar al Reino de Dios no ocurre por mérito humano, ni por conocimiento, riqueza o posición social. La única puerta es nacer de nuevo.

Jesús enseñó que una persona no puede formar parte de su Reino simplemente por decisión propia o por herencia cultural. Se necesita una transformación espiritual que solo Dios puede producir.

La muerte y resurrección de Cristo hacen posible ese nuevo nacimiento. Al creer en Él, el creyente muere a su vieja vida y recibe una nueva identidad como hijo de Dios.

Un Reino que comienza en el corazón

Cuando Pilato le preguntó a Jesús si era rey, Él respondió que su Reino no era de este mundo. Esto no significa que no tenga autoridad sobre la creación, sino que su Reino no se establece mediante sistemas políticos o estructuras humanas.

El Reino de Dios comienza en el corazón de quienes reciben a Cristo.

La Biblia afirma que a todos los que lo recibieron les dio el derecho de ser llamados hijos de Dios. En ese momento, Jesús comienza a reinar en la vida de esa persona, aun cuando siga viviendo en un mundo marcado por la oscuridad.

El mensaje central del evangelio sigue siendo el mismo: Dios envió a su Hijo para reconciliar a la humanidad consigo mismo. La cruz pagó el precio y la resurrección abrió el camino a una nueva vida.

Por eso, la invitación permanece abierta: arrepentirse de la rebelión, creer en las buenas noticias y permitir que Jesucristo reine en el corazón. Solo así es posible regresar al verdadero Rey.

Título: Él nos dio su corazón

Autor: Juan Carlos Ortiz
Año: 2023
Páginas: 156

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